LA VERDAD SOBRE LOS DÍAS FINALES DE RICHARD Y RACHEL
Rick Deckard despertó a media tarde. Había pasado las últimas horas tendido en el sofá del salón. No recordaba como había llegado allí, y ni por asomo era capaz de dilucidar la pertenencia de aquel salón. Para colmo sus ropas habían desaparecido. Miró bajo los cojines en busca de su arma pero no encontró rastro de ella. Un fuerte dolor de cabeza le sobrevino en medio de tanto ajetreo. Rick se desplazó por el salón dirigiéndose por un pequeño pasillo en busca de la cocina. Abrió un grifo, juntó ambas manos bajo el chorro y se las llevó al rostro tratando de despertar su memoria con el frescor del agua fría. Mientras sus ojos recuperaban la definición dio media vuelta y creyó ver un imponente figura de cabellos plateados y mirada de hielo observándole bajo la peana de la puerta. La figura sonreía satisfecha, y parecía estar dispuesta a lanzarse de un momento a otro sobre él. Rick Deckard volcó una mesa y se ocultó tras ella amenazando a la visión con lanzarle una naranja que rodó por el suelo hasta llegar a sus pies. Finalmente lanzó la naranja y algunas otras piezas de fruta hasta que una voz femenina le rogó que parase de hacer aquello.
Cuando Deckard asomó la cabeza vio como aquella mujer trataba de poner orden en medio de todo aquel estropicio, acercándose al agente sin manifestar miedo alguno.
_ Ya está bien Rick. Solo soy yo, Rachael ¡Deja de lanzar la comida por los aires!
Sin perder de vista los movimientos de Rachael, Deckard se puso en pie. Olvidó que estaba completamente desnudo, y a los pocos segundos de recordar su circunstancia se llevó la mano a la entrepierna y avergonzado se excusó.
_ Lo siento – exclamó entre balbuceos. No tengo ni idea de cómo he venido a parar aquí ni de dónde esta mi ropa.
Rachael ajena a la presencia de aquel hombre desnudo en su cocina abrió uno de los armarios, sacó un bote de café y se dispuso a preparar una cafetera. Señaló con el pulgar de la mano izquierda a su espalda, sin torcer el cuello y como si de una rutina se tratase recitó:
_ Al fondo del pasillo a la izquierda, junto a la figura del unicornio. El código de la taquilla es 1, 9, 8, 2. Tus ropas están dentro. Tus botas en el lavabo, al lado de la cesta de mimbre. El baño esta justo en frente de la taquilla. Quería lustrarte las botas y lo hice en el cuarto de baño.
Rick Deckard dio un salto sobre la mesa volcada de la cocina y correteó con sus pelotas colgando por pasillo, siguiendo las instrucciones de Rachel. En efecto, junto a la figura de un unicornio se hallaba una taquilla, y sobre ella un marcador electrónico. Se tomó unos instantes antes de marcar el código. No podía apartar la vista de aquella figura. Había algo familiar y desconcertante en ella. Algunas imágenes tomaron vida en su cabeza. Se imaginó a si mismo conduciendo entre las copas de árboles enormes, viendo a aquel animal cruzarse frente a sus narices. La mujer de la cocina que decía llamarse Rachel estaba a su lado. Vestía una abrigo de pieles sintéticas. Sin razón aparente aquella palabra se repitió en su cabeza con una timbre metálico. Sintético, sintético. Rick Deckard tuvo la impresión de estar hecho de plástico, con un montón de circuitos eléctricos ocupando el lugar que debían ocupar su corazón y sus pulmones.
Volvió en si y marcó el código en el marcador electrónico de la taquilla. 1, 9, 8, 2.
Ya vestido entró en el cuarto de baño en busca de sus botas. Se encontraban en el lugar descrito por Rachael.
Volvió a la cocina en busca de respuestas. Aquella mujer tenía mucho que contar. Se lamentó por la ausencia de su arma, pero tuvo la impresión de que no habría de temer nada en presencia de Rachael.
_ Ya te has vestido – dijo ella.
_ Estaba todo donde dijo que estaría – le contestó Deckard.
_ Tómate esto, te despejará la cabeza.
Deckard agarró la taza humeante que le ofreció Rachael y humedeció los labios en ella sin poder apartar la vista los ojos de la mujer. Rachael, que tampoco era capaz de separarse de los ojos de Deckard apuró su taza y esperó pacientemente a que él acabase su café.
_ Esta bueno, gracias – dijo él.
_ ¿Te gusta? – preguntó Rachael.
_ Es justo lo que necesitaba – contestó Deckard con una sonrisa de agradecimiento.
_ Supongo que se hará algunas preguntas, ¿cierto señor Deckard?
_ Tengo algo más que preguntas señorita…
_ Señora…
_ ¿Señora?
_ Pero puedes llamarme simplemente Rachael.
_ Perdone. Estoy confuso, ¿hay algún hombre a punto de entrar por esa puerta? Lo pregunto porque estoy seguro de que deseará escuchar alguna explicación racional al hecho de que un tipo se halle sin saber muy bien por qué en el domicilio de…
_ Schhhs calla – exclamó Rachael acercándose al cuerpo de Deckard.
_ Estoy seguro de que en las próximas horas todas su preguntas tendrán respuesta agente Deckard – añadió a continuación.
_ Sabe que soy un agente. Sabe que soy un cazador, Sabe que soy un Blade Ru…
Rachael se apresuró a colocar dos dedos sobre los labios de Rick Deckard haciéndole callar
_ No pronuncies esas palabras. No las digas Rick. No lo entiendes aún. Pero ya no es necesario que te refieras a ti de esa manera. No hay por lo que preocuparse ahora. No queda ya nadie a quien cazar.
Rachael permaneció frente a Rick, con su mirada fija en el impulso eléctrico que le recorría los párpados. Cada vez que Rachael se acercaba al cuerpo de Rick el manifestaba la misma alteración. Al principio bromeaban con ello y lo atribuían a alguna anomalía en el diseño. Algo que los científicos de la Tyrell Corporation pasaron por alto, o simplemente un capricho en los planos del doctor Eldon Tyrell. Hasta que solo Rachael fue capaz de entender la broma continuaron riéndose de ello cada una de las mañanas.
Rick asistió atónito al abrazo de aquella mujer del que era imposible zafarse. El agente Deckard le correspondió rodeándola poco a poco hasta que sus manos le recorrieron la espalda una y otra vez. Hasta que el pecho de Rachel quedó aplastado sobre la chaqueta del agente y juntos se fundieron en un interminable abrazo en aquella cocina en la que Rick Deckard juraría no haber estado jamás.
Algo más tarde Rick deambulaba por las habitaciones de aquella casa pintada con sombras, con la única compañía del sonido del agua de la ducha, moviéndose junto al agente y variando de intensidad en la medida de sus pasos. Tenía la sensación de que el espacio no formaba parte de ningún edificio. Debíamos estar anclados en algún lugar apartado pensó. Algún lugar a las afueras de Los Angeles. Cada minuto transcurrido no hacía sino que confirmar aquella sensación de aislamiento.
La penumbra cubría cada esquina, como un precipitado manto otoñal, esa fue la idea que acudió a la mente de Deckard. Tratando de recordar la sensación de un otoño, el olor del aire, la temperatura perdiendo fracciones de calor en los albores de octubre, Rick obtuvo imágenes desconcertantes, más parecidas a postales de agencias de viajes, sin vida, congeladas, que a recuerdos en movimiento vibrando en su memoria. De nuevo sonó aquella palabra; sintético, sintético.
Las pocas luces encendidas que escondía el hogar de Rachael despedían un torpe halo tembloroso, apenas suficiente para dibujar las siluetas del mobiliario, o para revelar las identidades de las imágenes que ocupaban al azar rectángulos de tamaños diversos colgados en la pared. Cada interruptor pulsado por Deckard iniciaba un llanto de míseras lágrimas lumínicas, flotando en el aire, dirigidas en lenta peregrinación a una inevitable muerte en el océano de sombras del hogar de Rachael.
Lo que parecía una gran ventana ocupaba la casi totalidad de una de las paredes del salón, pero esta permanecía cerrada privando al agente del salto al exterior. Le llamó la atención la presencia de un piano en el que se apilaban algunas fotografías desgastadas y un libro de partituras abierto en el atril con una melodía sin final garabateado en sus páginas.
Rick tomó asiento en el taburete frente al piano y colocó sus manos frente a las teclas. Contempló las notas creyendo leer un lenguaje de símbolos indescifrables hasta que el impulso eléctrico dio a luz una torpe melodía.
Rachael contemplaba la escena envuelta en un albornoz, cruzada de brazos con la rigidez estudiada de la que le era tan difícil separarse. Las manos de Deckard adquirían precisión y agilidad a medida que cada nota iba desprendiéndose de la partitura. Rachael sintió un escalofrío cuando la música quebró con una pieza blanca hundida en el teclado. Rick se mantuvo quieto, expectante, tratando de encontrar sentido al final inesperado de aquella ilusión. Cuando volvió en sí dio media vuelta y miró a la mujer. Las gotas escaparon de su rostro arrastradas por una toalla cuando el agente Deckard abandonó su asiento.
_ Hay una tecla hundida. No puedo seguir.
_ Hay una docena de cosas que no hemos podido arreglar aún. Entre el piano – contestó Rachael.
_ ¿Podemos? ¿Quiénes? ¿Usted y yo? No la conozco Rachael. No conozco este lugar.
_ Tampoco reconoce ese piano.
_ Tampoco reconozco ese piano.
_ Ni sabes leer música ¿verdad Rick.?
_ Por lo visto ciertos talentos ocultos están saliendo a la luz – contestó Deckard con cierto nerviosismo.
_ Sea buena Rachael y ayúdeme a aclarar todo este embrollo. Y cuando eso suceda me verá salir por esa puerta para no volver a verme jamás.
_ No hay puertas en esta casa Rick. No las necesitamos. No hay nada fuera de aquí para nosotros. Déjame que te lo muestre.
Rachael avanzó hacia el agente; agarró un mando expuesto sobre una hilera de libros tambaleantes de aspecto desgastado que cambiaban de orden junto al piano y apuntó hacia el exterior. Poco a poco una luz rojiza comenzó un lento ascenso desde el suelo hasta el techo, cubriéndolos a ambos mientras Deckard se adelantaba unos pasos, dejándose llevar por la cadena de imágenes confusas reflejadas en su retina. La intensidad de las líneas en el horizonte estaba ya a punto de cegarlos cuando Rachael volvió a apuntar al exterior y la luz trazó su camino de vuelta hasta desaparecer en el suelo de nuevo.
Deckard se revolvió fuera de sí. Agarró a la mujer de los hombros y la empujó contra una pared. Algunos marcos se desprendieron del techo cayendo al suelo. Rachael sonrió y dijo:
_ Quité el cristal de las fotografías cuando me cansé de barrer los pedazos del suelo. Tu reacción siempre ha sido la misma. Como aquella primera vez en tu apartamento, cuando me besaste ¿recuerdas?
_ ¿Qué era eso de ahí fuera? ¿Qué le ha pasado al mundo?
_ El mundo somos tú y yo Rick. Solos, tú y yo. No queda nada más.
_ Y una mierda – exclamó Deckard al hacer estallar su puño en la pared, a pocos centímetros de Rachael.
Ella cerró los ojos. Los golpes eran cada vez más cercanos. Había señales de aquellos golpes en diferentes puntos del salón. Rachael no sabía si al día siguiente Deckard erraría la trayectoria.
_ Recuerda ya Rick por favor.
_ ¿Que diablos quieres que recuerde? ¿Qué le ha pasado al mundo?
_ Lo que le ha pasado al mundo es lo que los hombres han dejado que sucediese. Lo que le ha pasado al mundo es que el mundo se ha cansado de los hombres.
_ Mientes. Mientes. Vuelve a abrir esa ventana maldita seas. Vuelve a abrirla.
_ No puedo hacerlo Rick. Las placas solares del techo están cada vez más dañadas. No podemos forzar la suerte. Oh Rick, no lo entiendes todavía. Estas más confuso que las otras veces. Te lo he mostrado porque estas tardando más de la cuenta en recordar. El proceso es cada vez más lento.
Deckard agarró a Rachael del cuello. Ella abrazó con sus dedos la mano rígida de Deckard. El rostro de la mujer comenzó a enrojecerse bajo la presión de la mano del Blade Runner. Pero no había temor alguno en los ojos de Rachael. La lividez de su cuerpo hizo que el albornoz dejase al descubierto su piel desnuda.
A continuación, con la voz entrecortada por la mano del agente alrededor de su garganta dijo:
_ Solos tu y yo Rick. No queda nada más.
Poco a poco la furia fue abandonando el cuerpo del cazador. Deckard retiró su mano y acarició el rostro de la mujer. Aún con las marcas enrojecidas en su cuello Rachael sonrió; había aprendido a hacerlo mucho tiempo atrás. Deckard usaba su sonrisa, a ella habían olvidado darle ese toque casi humano, así que Rachael hubo de emplear décadas en aquel pequeño detalle. Sonrió dejando caer el albornoz sobre sus tobillos. Guiando la mano libre de Rick hasta a sus labios. Besando las cicatrices aún visibles tras el abismo del tiempo en la palma de la mano. Recordando la historia del Blade Runner, semanas después de convertir aquella casa en un hogar para ambos, de cómo transcurrieron aquellos últimos instantes junto Roy. La penúltima misión a la que Deckard se debía. Bajo una lluvia torrencial en la cornisa del edificio Bradbury. Cuando la muerte programada redujo al replicante a una cáscara vacía. Un alma sintética sin un lugar a donde ir. No hay ningún lugar al que ir cuando todo acabe le reveló Deckard. Estatuas de plástico de la Tyrell Corporation a merced de los elementos. Ellos, los humanos, tienen su cielo. El cielo en llamas que ahora envuelve su hogar.
La memoria de Rick Deckard inició su arranque de nuevo. El agente se encontró con Rachael por primera vez. Desnuda entre sus brazos.
Hicieron el amor en el sofá del salón. Bajo la mirada de papel de las personas anónimas desdibujadas en las fotografías de la pared. Los únicos espectadores y vecinos mudos durante cuatrocientos treinta y tres años. Los únicos testigos a los que el departamento de policía de Los Angeles no incluyó en su investigación. Antes de que la investigación, el LAPD y la ciudad al completo sucumbieran bajo la esfera rojiza que se traga el espacio y la tierra. Rayos C que brillan en la oscuridad de la puerta de Tannhäuser.
Ahora todo eso anda por aquí. El detective se corrió dentro de Rachael y los circuitos mandaron una lágrima cristalina al ojo izquierdo de la androide.
Cuando Rachael acompañó al detective a la habitación este le confesó sentirse como si hubiese transcurrido más de un siglo entre esa y la última vez que recordaba haberse estirado sobre aquel colchón.
Rachael colocó una sábana sobre el cuerpo desnudo de Deckard. Le dijo al detective espérame aquí y abandonó la habitación. Quería echarle un último vistazo a la casa y despedirse de las sombras. Entablar un diálogo silencioso con los recuerdos y la historia.
No llevaría a cabo en aquella ocasión el ritual de esconder las ropas del Blade Runner, en el armario, junto al unicornio. Dejaría todo tal como estaba y correría junto a Deckard para disfrutar de aquel último sueño junto a su detective.
Un solo objeto rompería el tradicional equilibrio cuando la mujer se coló de nuevo en la habitación cerrando la puerta tras de si. El arma del detective se hallaba en la cocina, junto a la fuente con falsas naranjas y frutas de mentira. Con dos balas explosivas en su interior.
¿Cuál sería su decisión? Se preguntaba la mujer. Llegados a aquel punto Rachael sabía que no había manera alguna de escapar de su destino. Todo acabaría con la primera de aquellas balas estallando en su pecho. Conocía el interior del agente. Durante décadas trató de hacer desaparecer el impulso eléctrico, la orden de terminar. El programa que la policía de Los Angeles decidió reactivar en el corazón del Blade Runner desde el más allá, cuando el calor ya había matado las ciudades y se extendía por el planeta con la misma cólera que hasta el momento había respetado la vida sintética del pequeño refugio. Aquel espacio para amantes al que Deckard la trajo tantos años atrás.
Rachael no podía dejar de llorar, tumbada junto al cuerpo dormido del agente, sorprendida por la eficacia a la hora de imitar las emociones humanas de la máquina más perfecta jamás creada por Eldon Tyrell. Hemos conseguido sobrevivir, hemos logrado no envejecer, se decía. No necesitábamos alimentarnos. Tan solo ese líquido que sabe a café y que hace que nuestra máquina mantenga su elasticidad. Como el aceite circulando entre los engranajes de un motor. Lo teníamos todo, pero no fue suficiente.
Nunca supe como repararte.
El agente Deckard despertó horas más tarde, en aquella cama a la que no recordaba como había llegado, junto a aquella mujer que no conocía. Le pareció hermosa. Una gran paz dibujaba su rostro entre la penumbra.
Deckard saltó de la cama sin hacer demasiado ruido. Salió de la habitación cerrando la puerta con cuidado y buscó sus ropas.
Las encontró tiradas en el suelo del salón. Toda la estancia estaba casi a oscuras cuando algunas lámparas comenzaron a ofrecer una tenue iluminaria descubriendo las imágenes descoloridas por el paso del tiempo que se extendían por las paredes.
Una vez vestido el agente comenzó a caminar de puntillas por la casa. Temía despertar a la mujer sin haber recordado aún su nombre. No debería haberse calzado las botas.
Al llegar a la cocina abrió uno de los grifos y dejó que el agua borrase las tinieblas que todavía permanecían en sus ojos, tratando de hacer espabilar a su memoria con el frescor del agua fría.
El agente buscó algo con lo que secarse la cara cuando la sensación de estar siendo observado le hizo girarse de súbito. La figura inmortal de Roy Batty permanecía en la puerta.
Asustado Deckard saltó sobre la mesa de la cocina volcándola y escondiéndose tras ella. Una naranja fue rodando hasta sus pies. Deckard descubrió entonces su arma tendida en el suelo. Tenía una nueva oportunidad de volver a matar al Nexus 6. Se incorporó y disparó contra Ray. La bala atravesó la pared del pasillo y colisionó en una habitación contigua. La sonrisa de Roy Batty desapareció como si nunca hubiera estado allí.
Al escuchar la explosión Rachael abrió los ojos.
Rik echó un vistazo a ambos lados del pasillo y después asomó la cabeza a través del agujero de la pared. No había ni rastro de Roy. Con el cañón del arma humeante se dirigió a la habitación de la mujer. Abrió la puerta de una patada y levantó su arma.
Durante algunos segundos antes del disparo Deckard creyó recordar algunas cosas de la figura que permanecía inmóvil sobre la cama.
Aún seguía pareciéndole hermosa cuando apretó el gatillo y el pecho de la mujer estalló salpicando el rostro del agente con su sangre oscura. Deckard bajó el arma entonces y abandonó la habitación.
Pasó algunos instantes inmóvil. De pie. En el salón de aquella casa. Había matado un replicante. Una mujer.
Un mando a distancia le llamó la atención. Lo sostuvo en todas direcciones hasta que finalmente aquello para lo que estaba destinado se accionó. La luz del exterior comenzó a penetrar en la casa tiñendo de rojo cada uno de los rincones del salón. El agente tuvo que dar media vuelta y protegerse del fulgor tapándose los ojos. Después trató de volver a accionar el mecanismo sin suerte. Algo importante, unas palabras acerca de unos paneles solares en el techo de la casa se repetían en su cabeza. Deckard trató de mirar de nuevo al exterior pero la luz era tan intensa que acabó cegándole.
A tientas consiguió guiarse de nuevo a la habitación de la mujer dejándose caer sobre la pared hasta quedar sentado en el suelo.
El agente Rik Deckard, que había pertenecido al departamento de policía de Los Angeles; que había cazado replicantes en la calles de aquella ciudad; que había cumplido órdenes que le hacían dudar de su propia existencia, con el humo colándose bajo la puerta, sentía ahora el calor quebrando hasta la último centímetro de aquel refugio.
Richard se preguntaría más tarde, aferrado al cuerpo sin vida de Rachael, dónde irían los androides al terminar.
Fin.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada