viernes 13 de mayo de 2011

OFERTA TEMPORAL DE EMPLEO BASURA


(fragmento de la novela inacabada e inédita "Nos esforzamos") 
No habían transcurrido ni quince días cuando hube de meter de nuevo el pie en el infecto pozo de desgracia y orín que era la oficina de trabajo temporal, la e te te. Me presenté en las puertas de la gélida oficina sujetando bajo el sobaco el impreso que daba fe de mi expulsión de la fábrica de grifos y me puse a la cola con la intención de conseguir un contrato express de cuarenta y ocho horas con el que reunir lo suficiente para vagabundear como un lord durante el fin de semana. Estábamos a martes de un verano fatal. El aire acondicionado echaba chispas y los catarros se sucedían a ritmo industrial.
La oficina estaba bastante concurrida y en ella reinaba el mismo ambiente que en una lonja de pescado. La inmensa mayoría de los que por allí aparecían no querían trabajar demasiado tiempo. Conocían las reglas y el sistema métrico y de alguna manera se las ingeniaban para una y otra vez saltar de un agujero al otro según el salario y la porquería acumulada bajo las uñas. Manos a la obra en el agujero y a preparar de nuevo el terreno para llegar de un bote a la siguiente oferta temporal de trabajo basura. Siempre con la sonrisa agradecida de un niño que agarra el caramelo de las manos de un extraño. Yo no era ninguna excepción, al contrario, podía despedirme con una cabriola para volver algunos dias después con la misma sonrisa boba y la picha balanceándose feliz entre las piernas. Tan solo tenía que marcar el teléfono de la oficina, o mejor aún, personarme allí mismo y lloriquearle a cualquiera de las chicas que aguardaban al otro lado de la mesa para conseguir un empleo.
Todas ellas, las oficinistas, la parte contratante, estaban entrenadas para contratar y despedir sin la menor dilación basándose sin más en los esquemas de colores que aparecían cada mañana en las pantallas de sus computadoras, o en las llamadas imprevistas del jefe de personal angustiado por que el último tipo que les llegó se había pillado un dedo en una prensa, o había aparecido dormido y borracho en el aparcamiento, todavía con el motor del coche en marcha, o porque la mujer cuarentona no pelaba cable lo suficientemenete deprisa, o porque al rufíán que recogía virutas de hierro le olían los pies, los sobacos y el aliento, o porque la muchacha designada para ocupar la vacante en la centralita, pues resulta que la muy mezquina estaba preñada de doce semanas, no gorda barrilete como al principio parecía, sino embarazada tal cual como lo estaba la chica que ocupaba la silla hasta la semana pasada, a la que tengo que seguir pagando mientras amamanta en la comodidad de su casa, etc...
Cada vez que hablaba con algunas de esas celebridades contratistas notaba su complejo maternal salir despedido desde las prospecciones en las cavernas de su estómago hasta la aletilla de mi nariz para derribarme con un tufo teatral de primera categoría. Los curreles las amaban en la medida que el dinero cambiaba de manos; después de eso puede que alguno intimase demasiado y vendiese su alma a cambio de un sofa, una tele grande, un crio al que pasear los domingos y un lecho en el que dormitar un par de veces a la semana durante los primeros meses. Ellas examinaban los niveles de producción y el grado de eficiencia requerida, y acto seguido mandaban un pájaro con el mono azul y el logo de la ett impreso en la espalda al quinto pino con un contrato de obra y servicio. Las había que mostraban un complejo de maternidad alarmante y manejaban los enlaces burocráticos como si de fluidos corporales se tratase. Otras en cambio, no hubieran dudado en atropellar a la cola de parados con el coche tras una dura jornada en la oficina. También ellas habían firmado la línea de puntos para zamparse ocho o diez horas diarias y mantener la nevera hasta los topes.
Mi periodo de prueba con los grifos se prolongó durante los quince días de rigor. Transcurrido ese tiempo fuí expulsado con las extandares  extandar y el proceso mecánico bien ejecutado. El muchacho se ausentaba demasiado decían, su vejiga era un problema, su músculos puro fracaso, los grifos no estaban donde debieran, cajas rotas en el suelo, los clientes no estaban satisfechos, la curva de calidad se había desplomado, no le caía bien a nadie, ni siquiera se gustaba a si mismo. Con el muchacho perdemos dinero, pagarle es una ironía fatal.
El último día lo pasé agarrado a una escoba y recorriendo cada centímetro de la fábrica de grifos bajo las miradas inexpresivas de mis compañeros de línea que ya sabían que el que acababa barriendo en el periodo de prueba era acompañado a abandonar el edificio con una patada en el culo y el honor envuelto en una bolsa de plástico. Era una tarea para la que daba el pego sin problemas, la de barrer el polvo, pero que no conseguía sin embargo que los ojos del encargado levantasen el vuelo de mis hombros, siempre atento a señalarme este o aquel montón de porquería que debía amontonarse y lanzar a un cubo. Tenía veinte años entonces e ignoraba que siempre escogían muchachos jóvenes para las misiones más audaces, del tipo de cortar alambre, remover sacos, masticar bombillas, balancear un soplete o chapotear en vinagre. Nadie con la edad o la experiencia firmaría para tareas tan ingratas, y de hacerlo se aseguraría la provisión de algunos tragos antes de ponerse manos a la obra. Solo un criajo empalmado y con granos espeluznantes acepta unos pavos por tragar serrín o masticar unas tenazas.