lunes 14 de febrero de 2011

Poema de San Valentín.

San Valentín apesta cuando notas que dentro de ella la picha empieza a comportarse con flojera.
Cuando a uno de los dos el aliento le provoca náuseas y escarcha en el cerebro.
Cuando todo parece indicar los síntomas de un cáncer coronando cimas de piel para dentro.
Hoy el páncreas, mañana el hueso.
Cuando la cuenta corriente mengua a ritmo sensacional y la basura que se acumula en casa devalúa, huele y tiñe la pared.
Cuando los coños frescos, nuevos, cargados de flujo rosa, culos arriba, cavernas oscuras, bocas flamantes, labios rojos y brillantes, barbilla salpicada de semen, gotas en la mejilla, saliva por todas partes, caminan sueltos por las calles, inundando con su aroma de hierro aceras peatonales, las esquinas de las fábricas, las bibliotecas y los parques.
Cuando lo más emocionante e hilarante es convencer a los sesos para que salten sobre el papel desgarrado de la pared de alquiler.
San Valentín apesta cuando el coche no arranca.
Cuando te suelta aquello de hasta aquí hemos llegado, o cuando decide empotrarse contra un tanque y largarte confuso o tambaleante.
En el fondo que más dará, pues San Valentín apestará igual.
Colas de supermercado donde la gente muere empujando un carrito de alimentos congelados.
Televisiones atómicas jugando a ser Dios en el salón de casa.
Sonido vibrante ¡UUUUUU!, pantalla de plasma ¡AAAAAA!, trescientos canales ¡OOOOOOO!. Castigando a los desgraciados sentados a ambos lados. Haciéndole competencia desleal a los cuatro jinetes. Al menos estos prometían espectáculo de verdad, variedad y puede que algo de saca-mete.
San Valentín apesta en los anuncios publicitarios, en las vallas petrificadas con sonrisas falsas y arreglos fotográficos. En las bocas mezquinas de los políticos de tres al cuarto. Cuerpos de pota, manos diarréticas, ojos de ciénaga, mierda de la buena. Tomad mis votos. Sois más listos que todos nosotros. Mi polla se cae a trozos y no podré agenciarme una nueva con el dinero del contribuyente. Esa hormiga gris y fea a la que poco importa pisar o untarla con algo de brea.
Apesta en el móvil. Corrompiendo tu alma con un mensaje de veinte caracteres. Una mentira de quince céntimos. Dos renglones en una factura de papel. Un árbol muerto para decir te quiero. Un planeta desierto para que sepas lo mucho que te amo.
A pesar de todo quizás aparezca un gusano en algún lado y le dé gas a toda la chifladura de nuevo. Un constante y enérgico proceso evolutivo para acabar en la cola de un estanco y comprar una tarjeta con el corazón mutilado. Confeccionada por los dedos ancianos de un niñito indio o africano, a los que un número no inferior a diez soldados deben de haber violado desde año nuevo. Una nube rota en los albores del mes del amor. Ese rumor, como Jesús, un cuento mal contado o la broma de algún antepasado con los cables cruzados. Un tipo traumado al que la casa de barro se le vino abajo, y necesitó de alguna mentira patógena para explicar su desgracia y escribió un libro entero.
Yo también se hacerlo; Judías en lata, dientes podridos, chaleco de explosivos, dedos de alquitrán, jaqueca, dolor de oídos, síndrome del teniente Dan: "¿Por qué no me dejaste en la selva soldado? Morir con dignidad en el estómago de una anaconda. Furia sincera. Jugos gástricos en la piel. Y al otro lado, la eternidad que me espera"
San Valentín apesta pero ¿quién era en realidad? Un agente comercial de Cristo, el casero de Adán, vendedor de estampitas en el circo romano, ejecutado en los setenta después de devolverle la vista a una niña ciega. ¿Follaría con ella?
La historia te lo cuenta a su manera y yo me lo invento después. Y si no te gusta ¡LÁNZALA A LA PAPELERA!