domingo 2 de agosto de 2009

A.L.

El actor de las tres estatuillas le dio la bofetada a la debutante tal como estaba escrito en la página número treinta y siete del guión de Sábanas de Terciopelo. El silencio era tan profundo tras la señal de ¡acción!, que el golpe pareció ser más fuerte de lo en fue en realidad. El equipo de rodaje permanecía aún con la boca cerrada segundos después de la señal de corten. Todos esperaban que la actriz reaccionase de alguna manera, pero antes de que eso pudiese ocurrir dos maquilladoras de la productora se encargaron de arrastrar a cada uno a sus respectivos camerinos. El actor de las tres estatuillas se dejó caer sobre un sofá instalado en una espaciosa roulotte blanca, un vehículo de novecientos mil dólares con cristales antibalas y ducha de agua caliente, y la debutante apoyó los brazos sobre una mesa de plástico en su roulotte algo más pequeña y de un color blanco apagado, pero que en realidad era amarillo, algo en lo que ningún miembro del equipo parecía reparar y a lo que nadie prestaba demasiada atención. Bebo se colocó las gafas de sol y suspendió el rodaje hasta el día siguiente.

Sobre la mesa del catering se amontonaban sándwiches vegetales envueltos en pequeñas bolsas de plástico transparente. También había zumo de naranja recién exprimido; eso era lo que decían, pero el zumo llevaba seis horas en el mismo lugar sin que nadie se hubiese atrevido a probarlo, refrescos dietéticos de cola, vasitos de café, los cuales eran repuestos al instante por los tres inquietos muchachos puertorriqueños que se encargaban de que nadie pasase hambre o sueño durante las horas de rodaje (cada vez que un hueco desaparecía de la hilera del café, una nueva dosis ocupaba su lugar y otra comenzaba a humear en la máquina), servilletas, cubiertos, platos y vasos desechables, piezas de fruta; manzanas verdes, kiwis, melocotones, plátanos. Y muchas naranjas, todas apiladas sin orden o lógica alguna...En la esquina derecha se habilitó un pequeño minibar compuesto por una botella de tequila "Los suicidas"; una marca difícil de encontrar, para algunos la mejor marca mescal del mundo, y a la que muchos y por desconocimiento la consideraban un mito. Un mescal fantasma sacado de la conversación entre un borracho y su propia sombra perdida en la tumba de arena de Sonora.

Había también una botella de Four Roses casi vacía, una cubitera, vasos de cristal rojo, un salero, un recipiente con limones y algunas rodajas esparcidas en un plato plano del mismo color que los vasos, y junto a él, un pesado cenicero de cristal grueso también rojo con una marea de colillas dentro. La última de ellas y antes de morir iba quemando los restos de las que ya eran cadáver hasta que uno de los puertorriqueños, un chaval de rictus plano llamado Salvador echó un poco de agua por encima y retiró el cenicero vertiendo su contenido en una bolsa de plástico, reemplazándolo por otro de igual color y peso, pero limpio como las lágrimas de los ángeles (era así como se expresaba Salvador rememorando palabras y gestos de su abuela muerta "limpio como las lágrimas de los ángeles" o "reluciente como las lágrimas de los ángeles" o "sucio como el gargajo del diablo").

Bebo se acercó al minibar, vació la botella de whisky en un vaso, echó dos cubitos, encendió un cigarrillo, sacó uno de los cubitos, lo dejó caer de nuevo en la cubitera, dio un sorbo a la bebida, dio una profunda calada al cigarrillo hasta que sus pulmones encendieron la señal de alarma, después echó el humo y anunció el fin del rodaje hasta el jueves. Eso significaba que todos tendrían que volver a reunirse en el mismo lugar exactamente diez horas a partir de aquel momento. Tal y como lo decía parecía que el jueves quedase muy lejos. Como si cualquiera de los integrantes del rodaje de Sábanas de Terciopelo, pudiera trazar un puente imaginario hasta el jueves y desde su nacimiento, contemplarlo como el camino hacia a un hermoso lugar donde el tiempo se detiene y el aire se vuelve tan respirable que uno cae al suelo embriagado por la placidez del oxígeno puro, pero que sin embargo, no era más que un descanso fugaz para la bocanada, antes de volver a respirar en la atmósfera pesada convertida por los cigarrillos mentolados y el humor raticida de Bebo, director de la adaptación al cine del best seller de la escritora Felicia Conde, y único miembro del equipo a excepción del actor de las tres estatuillas y la debutante que lo hacían en sus respectivas caravanas, autorizado a fumar durante las horas de trabajo. Decisión tomada de mutuo acuerdo consigo mismo y acatada por todos sin rechistar, y a estas alturas, la única relacionada con Sábanas de Terciopelo que no parecía escapar a su control, con las excepciones ya mencionadas del actor de las tres estatuillas y la actriz debutante, la cual, y tras ingerir dos cápsulas de Promenol (un potente analgésico) y unos tragos de vodka, comenzó a desnudarse cuando Bebo inició la señal secreta golpeando la puerta de la roulotte armilla, sosteniendo con una mano la botella de "Los Suicidas", y con la otra un cigarrillo a punto de ahogarse.

Carolina Herralde antes de ser rebautizada en una agencia de abogados de Los Ángeles como Lucía Montana, había llegado a California siguiendo la estela de cuatro generaciones diferentes de aspirantes a actrices. La última de esa generaciones, la número cinco, era ya consciente de la escasa probabilidad de entrar en la galaxia de estrellas hollywoodenses de ascendencia latina que había llegado a lo más alto (el pastel latino en el mundo del cine ya había sido repartido siguiendo las órdenes estrictas de la industria en la sombra, o lo que es lo mismo, ya no cabía ni un solo cholo más), aunque fuese saltando de papel de puta a papel de narcotraficante, y de ahí a torero, o terrorista árabe, o limpiadora del hogar o puta de nuevo. Para ello no había que perder nunca la sonrisa además de no ganar un solo gramo de carne que se saliese del encuadre. Carolina Herrera no había hecho ni una cosa ni la otra. Ni tan siquiera el día de su bautizo en un despacho de abogados de Los Ángeles, rodeada por tres miembros del bufete con los pantalones en los tobillos, dos blancos y un negro, el tercero, con una polla descomunal que parecía la de los dos colegas blancos colocadas una a continuación de la otra, y que le dolió más que nada en el mundo hasta aquel momento. Carolina Herralde solo abandonó la sonrisa cuando salió del edificio en un BMW blanco de alquiler convertida en Lucia Montana, y tan solo por un instante, antes de comenzar a conducir por la soleada California, y antes de bajar la capota del coche, y solo antes de sintonizar en la radio una emisora que emitía corridos las veinticuatro horas del día desde el uno de enero hasta el treinta y uno de diciembre. Al llegar a su nuevo apartamento, Lucía Montana dejó las llaves del BMW en un enorme cenicero de cristal rojo con pequeñas imperfecciones que formaban burbujas que a simple vista costaban de ver, pero que a medida que uno se acercaba poseído por la curiosidad, tenía la impresión de estar descubriendo un nuevo y diminuto universo congelado hace millones de años y conservado incorrupto hasta la fecha. Lucia se dirigió a toda prisa al lavabo y abrió el grifo del agua caliente. In a nick of time ensayaba Lucía, en un instante el vapor comenzó a cerrar las ventanas del espejo y durante unos segundos Carolina Herralde reapareció bañando de lágrimas el rostro desdibujado que se perdía ante sus ojos. Puedo permitírmelo debió de pensar la futura estrella de Hollywood; ahora y durante unos escasos segundos ¿y a quién le importa unas segundos?, puedo permitírmelo, vaya si puedo. Hay quién cree que los cuartos de baño no pertenecen a ninguna nación o país, tan solo son pequeñas embajadas de la tierra en las que uno devuelve al suelo un poco de la vida que este le dio al principio, como quien paga tributo frente a un altar mal iluminado rodeado de silencio. ¿Quién piensa en esas cosas, más importante aún, por qué me vienen a la cabeza? La joven actriz levantó la tapa del retrete y vomitó hasta que no le quedaron fuerzas ni ganas para nada más, y después de tirar de la cadena y vaciar media botella de elixir bucal pasó a otra cosa.

Darleene apagó las luces de su habitación y se metió en la cama escuchando música en el reproductor que le había regalado su hermano hacía tan solo un par de días. Lo ha robado, estaba segura de ello, y si mamá se enterase le iba a caer una buena a su hermano y después ella tendría que conformarse con irse a dormir en silencio, como siempre hasta la fecha. Darleene tenía siete años. Comenzó a buscar una canción de su artista favorito en el reproductor cuando de repente Dod abrió la puerta y asomó la cabeza en la habitación oscura. Darleene le preguntó por qué no había llamado primero y ella le contestó que estaba a punto de dejarse los nudillos aporreando la puerta de su hijita a la que las orejas parecían habérsele dormido antes que el resto del cuerpo. Darleene sonrió y le preguntó a mamá que quería, y Dod, que era el nombre con el que los tres hijos de Dorothy llamaban a su mamá, le dijo que apagase la tele, el pequeño televisor que el hermano de Darleene había puesto sobre su escritorio el pasado verano, del cual Darleene se preguntaba que había pasado con la caja y a lo que su hermano le contestó que no se preocupase, que si el televisor se estropeaba lo tirarían a la basura y le conseguiría otro nuevo en un abrir y cerrar de ojos. También le preguntó acerca de la factura y si había sellado la garantía en la tienda, lo que hizo que el hermano de Darleene se preguntase si no era aquella pequeña hermana suya una de esos niños superdotadas de los concursos de la tele y si eso significaba que tarde o temprano la pequeña Darleene iba a sacar a toda la familia de Compton para instalarla en Hawai o en Cancún. Darleene miró el televisor y después miró a su mamá, y tras meditar la respuesta le explicó a Dod que el televisor estaba apagado. Pero Dod miró el televisor y luego miró a su hija, y tras maravillarse con sus preciosos ojos le dijo que el aparato se había quedado en standby. Eso significaba que la tele no se había apagado del todo, ya que la luz roja del piloto situado en la parte posterior del mismo permanecía encendida por si alguien tenía mucha prisa por ver los dibujos de la mañana. Darleene sacó un brazo de las sábanas y trató de alcanzar la silla de ruedas, pero Dod se anticipó y se abalanzó sobre su hija besándola en el cuello y haciéndole cosquillas. Darleene se echó a reír y le dijo a Dod que era la mujer vampira negra más guapa que había visto nunca, a lo que Dod le preguntó cuantas vampiras negras había visto en su vida a parte de las de la tele. Eso es un secreto pensó Darleene, pero secreto o no recordó que su reproductor seguía sonando bajo las sábanas y que mamá vampira Dod iba descubrir el nuevo regalo de su hermano tarde o temprano, así que era mejor simular que estaba cansada para que Dod se fuese al sofá a fumar sus cigarrillos, y quizás mañana le hablase de los regalos de su hermano y puede que también de las pesadillas que últimamente le habían empezado a perseguir en sus sueños, cada vez más extraños e inquietantes. Unos sueños rodados en su habitación, en los que la niña, ahora sin silla de ruedas, trataba de huir de una sombra que se extendía de la pared al suelo y que luego se alzaba sobre la moqueta hasta convertirse en una persona. Un hombre blanco de casi dos metros y sin rostro definido, capaz de tocar el techo con la punta de su nariz, y que a punto estaba de abalanzarse sobre su cama, cuando Darleene asustada, se disponía a salir corriendo de allí en busca a sus hermanos, hasta que de repente se daba cuenta de dos cosas: de que la mitad de su cuerpo seguía dormido y de que ella había olvidado como había que hacer para despertar a las piernas. Esas dos extremidades flacuchas que se habían quedado quietas para siempre desde que el marido de Dod perdiese el control del coche y ambos, se saliesen de la carretera para acabar estrellándose contra una valla publicitaria y un bloque de hormigón que nadie conseguía explicarse que hacía allí, en medio de la más completa nada. Una lotería nefasta de la que la única que se salvó fue Darleene, al conseguir salir del auto antes de que el Chrysler de Moisés se incendiase con él dentro, atrapado entre el asiento delantero y el motor. Darleene no estaba muy segura del porque de algo así para ella y a su familia. Quizás y según la religión católica, la suya no había sido una familia muy virtuosa, pero apostaría a que ninguno de sus hermanos y ni hablar de Dod, habían violado nunca los diez mandamientos, por lo menos los que más le preocupaban, o sea uno, el de no matar. No pensaba lo mismo de Moisés, pero incluso teniendo la certeza de que era un hombre malo no lo tenía por un asesino. Era consciente que desde que él ya no vivía con su familia se habían acabado las botellas vacías y la basura que crecía a su paso, los gritos, los visitantes extraños y los moratones de mamá, aunque no las montañas de cigarrillos que se acumulaban en el cenicero rojo de la cocina; un mal hábito, no un vicio como lo llamaba Dod, un mal hábito como lo llamaba Darleene, porque los vicios cumplían años durante toda la vida y los malos hábitos, estos sí, tenían fecha de caducidad y un funeral con toda la pompa de los funerales. Y justo eso era lo que padecían las piernas de Darleene, un mal hábito que las enmudeció de manera provisional desde el día del accidente, o mejor dicho desde la mañana en la que despertó en la cama del hospital dos semanas después de salir de la carretera, pues Darleene juraba que había salido de aquél coche en llamas por su propio pie, aunque Dod le corregía y le decía que eso no era posible, que más bien un ángel había viajado desde el cielo a la Tierra al enterarse de que un hombre llamado Moisés se había matado en un accidente de tráfico, pero que al tratarse de un Moisés tan malo decidió llevarse consigo a la hermosa chiquilla que encontró tirada en el asiento de atrás. Pero como los planes de Dios no contemplaban todavía hacerse con una Darleene en su reino, y aquel ángel era un ángel primerizo, sea por torpeza o por descuido, acabó alzando el vuelo con tan solo la mitad de la chiquilla, dejando caer el resto sobre la cuneta, algo por lo que debió de recibir una buena reprimenda en el cielo. Para Darleene era una historia hilarante, y para Dod también, sobretodo cuando se perdía en los detalles; las plumas del ángel, el color de su pelo, el tiempo que hacía aquel día, hasta que despertaba escuchándose a si misma. Pero de todas maneras, y aunque no lo reconociesen una frente a la otra, ambas eran capaces de aceptar las dos verdades como buenas, el cuento del ángel y el relato de cómo Darleene consiguió arrastrarse a través de una ventanilla rota con el Chrysler del revés, unos cincuenta metros hasta que el fuego quedó muy atrás, y Darleene perdía el conocimiento lo suficientemente cerca de la carretera. Aquella sería la primera vez que el gigante blanco aparecía nada más cerrar los ojos cayendo presa del esfuerzo. Un gigante, un hombre blanco, un hombre de dos metros, un hombre sin rostro, una visita sin bastón y sin sombrero. Durante semanas vino y se largó cuando le dio la gana, siempre en los sueños y alguna vez al despertar, como si le costase tratar de volver al sueño una vez que la primera luz del día se colaba por la ventana. Pero últimamente su presencia se hacía cada vez más frecuente, deslizándose de la pared al suelo, y después alzándose hasta casi tocar el techo con la cabeza. Darleene nunca hablaba de ello, pero sabía que aquel hombre no le quitaba los ojos de encima, de la misma manera que sabía que podía tocar el techo con la punta de la nariz, aunque eso en realidad no era tan importante. Si al menos dejases de mirarme aunque solo fuera un segundo.

Esa noche Dod desenchufó el televisor de la red y abandonó la habitación cerrando la puerta al salir para no volverla a abrir hasta el día siguiente, nueve horas más tarde. La luz había entrado por la ventana bañando de claridad toda la estancia. Dod observó hasta el más mínimo detalle antes de salir corriendo fuera de la casa. El grito despertó a un barrio acostumbrado a los gritos pero no a ese. Eso fue lo que le dijo un chico a la poli. Fueron tres gritos, y después un cuarto hasta que la voz de Dod se convirtió en viento.

Gonzalo conocía hasta el más mínimo detalle del despacho del detective Gutierrez Moya. Conocía por ejemplo, cual era la inclinación exacta de los diplomas de la pared, y por qué ciertos recortes de periódicos que colgaban atravesados por una chincheta plateada en una pizarra de corcho se habían amarilleado más que otros. Cada vez que en su presencia sonaba el teléfono, Gonzalo esperaba hasta el cuarto tono de llamada, y entonces sabía que el detective Moya trasnferiría la llamada a otro departamento o que simplemente descolgaría el auricular para inmediatamente volverlo a colgar sin dar ninguna importancia a quién o qué había al otro lado. Gutierrez se ocupaba de los asuntos uno por uno, y si era Gonzalo el que ocupaba uno de los dos sillones de cuero desgastado al otro lado de la mesa del detective, ya había un asunto del que ocuparse.

En los últimos cinco años Gonzalo ya había visitado los despachos de otros miembros del cuerpo de la policía de Los Angeles, y observó que mientras los compañeros de Moya habían adecuado sus lugares de trabajo a los nuevos tiempos y todos poseían ordenadores de última generación y delgados equipos de sonido con altavoces del tamaño de un paquete de cigarrillos, el detective de homicidios Gutierrez Moya aún mantenía la misma computadora desde principios de 1999, con la carcasa cubierta por la neblina amarilla que produce la nicotina, y olvidada al lado de un puñado de libros con informes enterrados, un radio transistor ajeno a la era digital cuya antena se había partido hacia tiempo, aunque esto último no importaba, ya que rara era la vez que una sola nota musical viajaba a través de aquellas cuatro paredes.

En el tercer cajón de la mesa; una mesa sin más detalle que el de aguantar papeles, un monitor, un teclado y algunos estallidos de ira con los puños cerrados, el detective guardaba una botella de tequila Los Suicidas y dos vasos. La botella estaba cubierta por una servilleta roja con las iniciales J y M bordadas en una esquina. Gonzalo no sabía a quién pertenecían aquellas iniciales. Podría tratarse de Jenny McCarthy, o Joan Margaret, o Jackie Marjorie, o Juana María o cualquier otra JM. Gonzalo siempre pensaba que en todo caso las siglas hacían referencia a un nombre de mujer, alguna mujer en la vida del detective Gutierrez Moya, su novia, una amante o su mamá. Estaba seguro no obstante de que no se trataban de las iniciales de la señora del detective Moya, pues en ninguno de los dos anulares del detective había anillo alguno, y conociendo el historial de Gutierrez, era poco probable que una mujer ocupase una parte importante de su vida, le planchase algunas camisas, y le esperase despierta toda una noche.

El detective de homicidios Gutierrez Moya abrió el tercer cajón de la mesa y tras retirar la servilleta roja sacó de allí la botella de tequila Los Suicidas y dos vasos que colocó encima de un ejemplar de la revista Caza y Pesca. Sirvió sendos tequilazos que chupamos como quién se prepara para recibir la bomba de Hiroshima viéndola venir desde el jardín de casa, y volvió a guardar la botella colocando encima a JM.

Antes de ponerse manos a la obra con nuevo caso, el detective Gutierrez Moya leía el expediente y echaba un vistazo a las fotos. Con el tiempo ciertos gestos en los cadáveres habían dejado de desagradarle, pero aún así la actitud de un muerto, así la llamaba él: "la actitud del muerto", había llegado a fascinarle de tal manera que podía pasar horas en silencio observando cada detalle obtenido en la fotografía como si se tratase de los grabados de la capilla Sixtina o de las líneas afiladas de un cuadro expresionista. El detective hablaba de la escena del crimen refiriéndose a ella como la actitud de la escena del crimen. Para él no había otro lugar que no fuese el de la muerte violenta, que crease un puente entre este y el otro mundo. Era por eso que siempre prefería preguntarle al muerto quién le había mandado al otro barrio. Para ello, el detective Gutierrez Moya tomaba posiciones cuidadosamente junto al cadáver tratando de no manchar "la actitud de la escena del crimen" y en cunclillas le decía al muerto, ¿Quién fue?, ¿Quién fue el que te hizo muertita?, sin prestar demasiada atención a sus compañeros que tan convencido le veían que no podían sino tratar de reprimir la risa sin fortuna claro, por aquello que no comprendían o que quizás preferían ignorar. Tras cuchichearle a la oreja quieta del difunto, el detective Gutierrez Moya estudiaba la actitud de la escena del crimen hasta que daba con ese puente hacia el otro lado, y era entonces cuando podía decirse que el caso comenzaba a resolverse, como quien coloca la primera pieza en un enorme puzzle de una foto de la ciudad de Los Angeles vista desde el satélite.

John Santiago apareció de detrás de un biombo tapizado con anagramas de flor de lis remetiendose los faldones de la camisa dentro del pantalón. Sally Lewsky ojeaba el número de primavera de la revista Affair mientras envolvía un cigarrillo de hierba estirada sobre la cama, apoyada de brazos y leyendo por encima un artículo firmado por Celia Duque acerca de las diez cosas "muy" importantes que toda mujer debe saber acerca de la vida secreta de su marido. Sally Lewsky que había dejado de estar casada tiempo atrás con un arrogante ejecutivo de los estudios para semanas después volver a intentarlo con un ex marine metido a productor discográfico, reconocía en el tono del reportaje la pluma de Felicia Conde. El seudónimo le parecía tan poco convincente como el artículo, y mientras saltaba por encima de las palabras cayó en la cuenta de que era mejor no saber nada de la vida secreta de ningún hombre y menos aún de la vida secreta de un marido, no obstante era bueno conocer los secretos de los hombres con las que una compartía un rato agradable de sexo en una perdida habitación de hotel. Sally Lewsky comprendía el alcance de la contradicción, de hecho creía que se trataba de un importante conocimiento transmitido de madres a hijas durante generaciones que se extendían hasta la época de los dinosaurios. Y era tan importante poseerlo como abstenerse de encontrar su verdadero significado. John Santiago se acercó por detrás peleando contra el nudo de la corbata, se sentó a su lado y tras besarla en el hombro e inclinar su cabeza como el niño que pide una disculpa, se levantó, dejó un sobre abierto sobre la mesita de noche y se dirigió hacia la puerta. Sally Lewsky pudo ver el tipo que esperaba fuera al governador, un negro enorme que la observaba tras sus gafas de sol y cuyo rostro no daba señales de vida. John cerró la puerta y ella los escuchó marcharse durante tres pasos, hasta que el grosor de las paredes se llevó el índice a los labios. Tras agarrar el sobre y contar el dinero encendió el cigarrillo de marihuana y se sentó en el retrete junto al teléfono móvil, y esperó.