Era una mañana bastante formal del mes de noviembre. El frió asomaba la cabeza con la certeza de estar en el lugar y a la hora exacta, pero supongo que hasta para él era demasiado temprano para dedicarse a lo suyo. Así que el sol lucía esbelto ahí arriba, regalando un poco de tibia calma a todos los que paseaban debajo. Yo había salido de casa harto de gritos, lágrimas y berrinches.
Hasta un hombre malo merecía un descanso pensé.
Traté de recordar qué era del estanco más cercano y en cinco minutos ya humeaba como una vieja locomotora. Opté por ignorar todos los bares del lugar y sus máquinas de tabaco. Con frecuencia uno había de levantarle la voz al tipo que engordaba tras la barra y este con desgana buscaba el mando a distancia de la máquina como quién busca una moneda para un mendigo pesado. Esa mañana solo estaba dispuesto a levantar la voz de nuevo para gritar ¡eureka! o ¡shazan! Y sin motivo para ello prefería mantenerme en silencio y disfrutar del tiempo. Recorrí la calle principal acompañando mi reflejo en las cristaleras de las tienda de ropa y de zapatos. Diez minutos después giré en una esquina en la que había una pequeña heladería y subí una cuesta hasta llegar al parque. Eché un vistazo pero solo había ancianos mirando el suelo con melancolía, como si aquél suelo arenoso hubiera pasado tiempos mejores. Me largué y continué mi paseo hasta detenerme frente al escaparate de un todo a cien chino. Tras el cristal se amontonaban decenas de pequeñas y grandes cosas que parecían destinadas a resquebrajarse de un momento a otro. Así que había que disfrutarlas mientras siguiesen de una pieza. Entré. Un chino majo me sujetó la puerta. Comencé a rebuscar en los pasillos. Una chinita de tetas pequeñas y culo prieto me observó discretamente durante todo el tiempo. Había cámaras de seguridad y espejos cóncavos en cada esquina o punto ciego. Además debían de haber decenas de orientales ocultos tras las cajas de papel higiénico, dispuestos a llenarme el cuerpo de agujas si cometía la imprudencia de robar un tenedor, una linterna o una baraja española. Creo que pasarían más de un millón de años y yo seguiría siendo el demonio blanco para esta gente y no les culpo por ello. Los míos habían hecho toda clase de diabluras últimamente y no veía signos que me llevasen a pensar que en el futuro iban a cambiar las cosas. Incluso daba por hecho que las cosas iban cada vez a peor. Me sorprendía levantarme por la mañana y comprobar que el sol continuaba en su sitio y la luna se había pasado toda la noche llenando de sueños las cabezas de los hombres. De haber ocupado yo el lugar de cualquiera de esos dos ya habría mandado a todos los tipos blancos de la tierra a tomar por el culo hace tiempo.
Cogí mi baraja y se la mostré a la chica. Ella me respondió con su reverencia de los domingos y con un signo de aprobación tan estudiado como satisfactorio. Me dirigí hasta llegar al chino de la caja registradora y dejé dos monedas en aquella mano pequeña y suave. Al rozar la piel del chino tuve la certeza de que con toda seguridad esta gente procedía de otro planeta. Uno mejor que este. Habrían abierto decenas de locales como aquél por todo el globo hasta reunir el suficiente dinero para poder construir un cohete que les devolviese en un periquete a su tierra natal antes de que la vieja Tierra se convirtiese en un feo balón de trapo a merced de las patadas de los críos del universo.
Los chinos tenían un plan.
El mío era seguir caminando hasta tener la certeza de que el huracán de casa de disipaba. Debía además recobrar fuerzas para la reconstrucción y aliento para enfrentarme a la montaña de escombros.
Salí de aquél lugar con mi nueva bajara española en el bolsillo, prometiendo volver para colaborar con la causa del sol naciente. Allí había cientos de cosas que no necesitaba para nada y con la edad había llegado a un punto en el que comenzaba a odiar los lugares con cosas útiles. Las cosas útiles con frecuencia eran caras y hacían que te arrepintieses al poco tiempo de haberlas comprado. Uno siempre podía apañárselas de otra manera. En cambio hacerte con el llavero de gnomo o con un taco de folios de colores, podía convertir tu día en un cumpleaños feliz en la cama con la feliz navidad.
Quise perderme en una angosta calle peatonal donde se amontonaban repartidores de carne e indocumentados con sacas repletas de publicidad. Llegué hasta una fuente y bebí un poco de agua. Reprendí la marcha y encendí un nuevo pito.
Las tripas volvían a su sitio, el hígado se arreglaba el nudo de la corbata y el páncreas colocaba de nuevo los pies sobre la mesa vigilando que todo fuese bien.
Un barrendero que arrastraba una bolsa naranja llena de desperdicios se acercó a pedirme fuego.
-Aquí tienes. Le dije, y le presté un encendedor negro que había pispado en el todo a cien chino.
El tipo protegió la punta del cigarro y la llama con las manos. Encendió el pitillo y me echó una mirada de soslayo mientras vigilaba su saco de mierda.
-Gracias colega. Me espetó el hombre de la basura.
-De nada hombre. Le dije.
-¿Puedo preguntarte algo? El basurilla era un tipo curioso y yo tenía ganas de cháchara con cualquier semejante no sospechoso de lanzarme un jarrón directo al coco. Asentí y correspondí con una sonrisa.
-¿Qué necesidad tenías de robarle un mechero a los chinos?
El hombre de la basura me sorprendió. Diré que me pilló con la guardia baja y que a un paso estuvo de hacerme caer de culo al suelo. Aquella voz… Sus ojos eran dos pozos azules a punto de desbordarse…
-Es la porquería que habéis dejado en el aire. No logro acostumbrarme y me lloran los ojos.
Su cabeza se estaba convirtiendo en una montaña pelada…
-Siempre que bajo aquí voy perdiendo el pelo por el camino. Debe de ser una broma de papá.
Las manos eran agrietadas y de color del cobre…
-Ya sabes. Demasiadas horas moldeando barro. Colocando palmeras aquí y allá. Y no eres muy listo si piensas que este es el único planeta en el que echo horas Deivid.
-”Y su voz era como la del lobo segundos antes de joderse a la caperuza” ¿Te he quitado la palabra de la boca? Menuda frase. Siempre pensando en joder y en jodienda. Siempre tan jodido. Te hubieras jodido a la chinita si no fuera por las cámaras…
-Todavía me queda algo de…-Le interrumpí.
-¿Todavía te queda algo de humanidad? Acabó mi frase y sonrió.
Dios se miró la palma de la mano. Señaló datos inexistentes en aquella palma como si estuviese leyendo una libreta repleta de notas desordenadas. Miré aquella sonrisa burlona y sopesé la idea de esparcir algunos de los dientes en la tierra del señor. Aunque por otra parte, ¿de qué hubiera servido? Antes tan siquiera de levantar la mano ya me habría fulminado un rayo o una plaga de mangostas se hubiera zampado hasta el último milímetro de mi carne. Me tragué el orgullo y seguí escuchando a aquél majadero. Iba a hacerlo de todas formas quisiera o no.
-Diez días. Te quedan diez días-dijo levantando la vista de la palma de su mano y sentenciándome allí mismo.
De repente el cielo comenzó a oscurecer y una tenue luz grisácea convirtió a toda la calle en una secuencia de blanco y negro. Un olor a tierra húmeda se esparció por todas partes y una ventisca apareció de la nada importunando a todos los que por allí paseaban.
Una mañana bastante formal del mes de noviembre. De no ser por esto.
-¿Qué te parece el numerito? No te veía muy convencido hace un rato. Pero estoy seguro de que ahora sabes de qué va todo esto.
-Pensé que tenías a una chica para ocuparse de estas cosas.
-¿Te refieres a la muerte? Si. En efecto. Pero le he dado unas pequeñas vacaciones. En unos meses le espera un trabajo duro en Asia y he pensado que sería un buen momento para tomarse unos días libres. ¿No crees?
-Si claro.
-Además…-hizo una pausa y miró a un lado. Una anciana que paseaba un perrito cayó al suelo y la palmó mientras el animal salía corriendo ladrando como un loco. El perro cruzó la calle y un ciclomotor le golpeó en la sien.
Dios exclamó “¡Mierda!” visiblemente enfadado.
-Joder. A veces se me va la mano con estas cosas. ¿Puedes creerlo? ¿Has visto como ha salido disparado ese chucho?
-Si que lo he visto. Debía de tener prisa por llegar al cielo de los perros supongo.
-Y que lo digas. Pues acaba de obtener un billete en primera clase.
Dirigí la vista donde la anciana. El alma de la vieja había salido disparada hacia arriba y al rato caía en picado hasta desaparecer bajo el suelo. Un feo asunto con su padre y problemas con el fisco me comentó Dios. Alrededor de la carcasa vacía se arremolinaban curiosos y los chavales de urgencias. Dios se refirió a ellos como unos mocosos entrometidos. Una de los chicos con la cruz en la espalda conectó un aparato a la vieja y al cabo de unos segundos el cuerpo se convulsionó. La abuela con suerte parecía volver en sí. Nadie reparaba en ello, pero una maceta viajaba a toda velocidad en dirección a la crisma del paramédico. Dios disfrazado de basurero reía bajito. A mí se me escapó un ji ji ji y pensé qué demonios.
-Vamos a dar un paseo Deivid-me espetó Dios. Habrá cosas mejores que hacer un martes cualquiera en este lugar.
-No demasiadas. Lo mismo que un miércoles o un jueves. Aunque no lo mismo que un viernes.
-¿Qué pasa los viernes?-preguntó.
-Los viernes pasa que los que tienen más de dos ruedas salen huyendo de este lugar, y los que no se maldicen por tener que quedarse.
-Si bueno. Ya lo sabía, pero te importa que haga como si no lo supiese.
-Tómate tu tiempo-le dije al Señor. Aclimátate. ¿Quieres un pitillo?
-Seguro. No vamos a morir de esto. Por lo menos yo. Y deja de llamarme Dios Deivid. No tienes nada mejor para mí.
-¿Qué tal Frank?
Frank se observó en la cristalera de un locutorio. Una mujer que salía profirió un alarido y echó a correr gritando algunas cosas en bereber. A algunos de mis hijos les hice más receptivos que a otros me confesó Frank. Es por eso que existen los tarotistas, los visionarios y los analistas de bolsa.
Fuimos caminando hacia la nueva estación dejando atrás una estela de humo de cigarrillos y algunos cadáveres. Frank se tomaba muy en serio su trabajo, aunque hacia como si en realidad le importase un pimiento. Nos acercamos a unos bancos de piedra y tomamos asiento. Una hilera de chavales haciendo novillos pasó delante de nosotros y se perdió en el interior de la estación. Frank los siguió con los ojos pero no se cargó a nadie. Aquella debía de ser la hora del almuerzo. Estiramos los pies y empezamos a parlotear.
-No me has preguntado por qué me he tropezado contigo-dijo Frank.
-Pensé que me lo ibas a decir de un momento a otro.
-No adelantes acontecimientos. Aquí el único inmortal soy yo. ¿No te interesa saber qué hacemos aquí sentados?
-Por supuesto Frank. Pero eso debes de saberlo ya.
-Muy listo Deivid. Pero haz como si fueras un poco más tonto.
-Eso está hecho Frank. ¿Frank?
-¿Sí?
-¿Qué leches hacemos aquí sentados?
-¿Te he dicho lo de los diez días verdad?
-Sí. Eso ya lo has dicho al principio de todo este jaleo.
-¿Y no te interesa saber como acabará todo?
-La verdad Frank, es que ya es bastante bueno saber que me quedan diez días. Además si la decisión ya está tomada preferiría llevarme una sorpresa.
-¡Vamos no me jodas! En serio Deivid. No te hagas de rogar conmigo. La cosa funciona al revés.
-¿Qué quieres que te diga? No sé. ¿Qué va a ser? ¿Una bala perdida? ¿Un piano descolgado? ¿Un accidente en el baño? Me da igual Frank. Lo que tenga que ser será. Además de saberlo pasaría el poco tiempo que me queda en este planeta intentando evitar a toda costa que pase lo que haya de pasar. Y a dónde me lleva eso. Yo te lo diré. Dolores de cabeza, discusiones con la parienta, mala digestión y un montón de mediocres historias para mis lectores. ¿Y quién quiere eso? Yo no desde luego. Hay demasiado por hacer todavía. Hay cientos de libros por leer. Miles de pelis que ver. Deben de existir docenas y docenas de canciones capaces de ponerme la piel de gallina. Y nunca he estado en la muralla china. Me gustaría echarle un vistazo antes de que la metan en una nave de vuelta al planeta amarillo. Conozco unos cuantos tipos a los que les encantaría saber como va a ser la gran P. Puedo llamarlos si me prestas tu teléfono móvil y les sueltas a ellos el cuento de la vieja. Me da igual. ¿Un virus africano? ¿La mordedura de una víbora que ha escapado del zoo? ¿Una invasión extraterrestre? Tú lánzame lo que quieras que aquí esta Joe DiMaggio para batear como bien pueda.
-Tú no tienes no idea de quién era Joe DiMaggio.
-Pero se follaba a Marilyn y eso es lo que importa. Lo demás se perderá en el túnel del tiempo.
-Cáncer.
-¿Qué?
-Cáncer.
-¿Qué?
-¡Cáncer! ¡Cáncer! ¡CÁNCER!
-¿Cáncer?
-Sí. Cáncer.
-¿Cáncer de qué?
-Cáncer en el estómago. Tienes cáncer Deivid. Una variedad rara. Una putada. Se siente.
-¿Frank?
-Deivid.
-¿Tienes un sentido del humor de lo más extraño?
-No me río Deivid pero así es como esta escrito y así es como será.
-¿Y quién se encarga de redactar esos informes Frank?
-No puedo responderte a eso. Es materia clasificada. Secreto de estado.
Aunque puedo adelantarte que he movido algunos hilos para que no te duela demasiado. Cuando llegue el momento tan solo tendrás que hacerle frente a un par de horas de angustiosas, descomposición y terribles retortijones. Vas a revolverte en el fango amigo, pero como mucho la cosa durará un par de horas. Quizás tres, no más.
-Gracias supongo.
Allí estaba junto a Frank escuchando el relato de mi muerte salir de la boca de un basurero homicida en una mañana bastante formal del mes de noviembre. Hacía rato que el sol se había escondido tras las nubes grises, a ratos marrones, a ratos rojizas. Paralizadas de repente.