miércoles 13 de mayo de 2009

MEMORIAS DE COÑOS DE PLASTICO, CUARTA PARTE Y FIN

Había llegado demasiado lejos con el flujo sanguíneo hinchando y reflotando mi pene a la menor oportunidad. Jodía ahora con las ideologías de una gran parte del país. Yo estaba seguro de que el par de prima donnas cazapapeletas estaban muy lejos de las ideas que tanto una como a otra depositaban en las bocas abiertas del populacho. Ávidas de pan, de vino, de lácteos, de patatas fritas, de huevos duros y ocasionalmente de helado y tarta de whiskey, pero que en vez de eso recibían como una bendición papal toneladas de excrementos y mierda diluida que viajaba en primera clase al corazón y al cerebro sin sobresaltos.
El redactor jefe del diario no recibió un artículo, sino un manual detallado de sexo cerdo que cobraba vida a medida que arrastraba sus ojillos de cordero enmudecido por encima de cada una de las dos mil palabras que deposité sobre la mesa de su despacho. Entre líneas aquella insensatez de ser humano podía aspirar el aroma del culo de ambas candidatas, el aroma del antes y del después. La satisfacción inicial y desorbitada que sin duda debió de experimentar el redactor, acabó dejando paso a una alerta de primer orden. El texto fue desmenuzado, destruido y relegado a cenizas. Fui despedido sin contemplaciones y más tarde, desheredado de la profesión periodística con docenas de patadas en el culo. Cada una impulsada con más intensidad que la anterior, hasta que llegó el momento en que hube de hacerme acopio de toda una armada de cojines para poder sentarme y meditar en la pobretona habitación en la que acabé recluido. Alejado de las llamadas telefónicas en las que nadie hablaba desde el otro lado, de los desperfectos en el coche, del que finalmente tuve que deshacerme. De una bala furtiva que pasó rozándome el cráneo despedida desde la intimidad del interior de un un Audi negro que escapó a toda velocidad.
Tenía que acabar con el frenesí, hayar una manera para tratar de asimilar las formas de mis semejantes y convertirme en un tipo vulgar con aproximaciones a la experiencia vulgares y un vulgar modus operanti para dormir las horas adecuadas y vivir las horas necesarias para equilibrar la balanza con e sueño.
Como muchos otros a los que se les ayudaba a salir de una adicción, o a los que simplemente se les expulsaba de ella, acabé por buscar consuelo en las palabras del libro viejo. También visité las instalaciones de los católicos y observé sus ritos. Y he de decir que en un primer momento creí que las palabras de dios, unas palabras que por otra parte nadie parecía haber escuchado, una voz que nadie acertaba a describirme o a señalarme como la voz del divino, ni un siseo, ni un bostezo, ni un silbido, ni una tos.
Cierto tarde nubosa de noviembre acabé arrodillado en una iglesia cualquiera, una de las habitaciones de la casa del señor que había distribuidas a lo largo y ancho del tonto mundo. Una hermana se hallaba situada un par de metros a mi derecha, con las manos cruzadas y la nariz apoyada en el medio. De una de ellas colgaban las cuentas de un escapulario que se balanceaba de un lado a otro con la figura del hijo crucificado meciéndose en el aire. Durante un rato me limité a observarla. No podía ver su rostro, sus habitos la ocultaban del mundo y la ocultaban entre las sombras. Me levanté de donde estaba y planté las rodillas a su izquierda. Su discurso era tenue y casi imperceptible. Hablaba con Dios, de eso no había duda, pero tendría que levantar la voz si quería llegar a oídos del altísimo. Acerqué mi cabeza a la suya y lo dejé caer. La hermana asintió con la cabeza a la vez que apretó su pequeño juguete divino más fuerza, asiéndolo de tal manera que dejó de oscilar para quedar atrapado en sus labios mientras buscaba la goma de sus bragas bajo el manto de negro. Una vez dentro la bombeé hasta creerme poseído por el espíritu de la paloma. La fecundé con un hálito de tristeza escapándose de mi boca. Al acabar miramos arriba y vimos la figura crucificada inmóvil y sufriendo en su eternidad solitaria. Orinamos en el suelo sagrado y una luz blanca nos envolvió, dentro de ella permanecímos inmóviles esperando un castigo, una revelación o una palmada en el hombre. Y fue esto último lo que nos devolvió a la tierra. La mano del hombre. La mano de un tipo que pasaba por allí.

domingo 3 de mayo de 2009

MEMORIAS DE COÑOS DE PLASTICO, TERCERA PARTE

En pocas semanas había arrastrado la polla de la fotocopiadora a la imprenta, buscando el sentido de la vida bajo la bata de la mujer de la limpieza o a horcajadas sobre las tetas de la primera responsable de ventas, eyaculando encima de sus falsas gafas graduadas y aclarando sus visión de las relaciones laborales. Fijando mi comisión de jodienda en aquella empresa informativa que no era menos que una broma en las manos de unos exaltados miembros del Opus. Unos tipos blanquecinos y de peinado noble acostumbrados a recibir al tanto que admiraban la cruz en todo lo alto mientras detrás un dildo o un crucifijo embadurnado, de plástico o cuero duro, hacía el trabajo sucio en sus benditos traseros.
Puede que fuese el abrirse a pollazos o el producto de la ambición o ambas cosas a la vez, pero el caso es que fui escalando puestos en el diario apocalíptico a medida en que disminuía el número de agujeros en los que hube clavado la bandera, arrasado sus tierras y firmado la rendición sin condiciones.
con la nueva representante El director de la pantomima informativa, un adversario ridículo para cualquiera con una pizca de gusto a la hora de vestir o habitar en el planeta, coronado con un flequillo que parecía una fregona deshilachada escondida décadas atrás en las profundidades de un wáter de carretera, me había encomendado, seguramente tras consultas con algún afeminado armado con una sotana o un cuervo come bebés del partido, sendas entrevistas con las dos principales propuestas hembras para tirar del país hacía aguas menos fecales y turbulentas, aún desconocidas para el tonto pueblerino que arrimaba la papeleta a la urna por la sangre derramada del abuelo en la cuneta y porque la mañana de domingo no parecía ofrecerle otra alternativa aparte de esa, la del balón y la de echarle un manguerazo al coche familiar en plena calle. Se trataba de parlotear con las dos candidatas de los dos únicos partidos con posibilidades de victoria. Primero habría de camelar a la cabecilla roja de la oposición para más tarde contrastar la alquimia de su teatrilloderechona adoctrinada para substituir al administrador de los bienes del populacho. Un tipo simpaticote y llano del que se comentaba en las esferas cercanas al barbudo, lo mucho que le gustaba jugar con muñecas y con las niñitas que jugaban con muñecas en la intimidad de su despacho presidencial.
La socialista, bienpensante a la par que altiva, me acogió parapetada por asesores y gente de la seguridad en la terraza de un céntrico café de opulencia meridiana a la sociedad esa de la que tanto hablaba y a la que juraba protección tras una substanciosa avalancha masiva de votos con su nombre compuesto y extenso. Nombre de familia poderosa y adinerada claro, acostumbrada a dar cobijo a los pobretones a cambio de un salario excelso si de masticar arena uno aspiraba a vivir. Puta total, había dejado al bisturí del doctor de las estrellas maniobrar por encima de sus curvas, que si antes eran demasiado pronunciadas y con sobresaltos imprevistos, ahora invitaban a recorrerla de saliva y tejerle con esperma las iniciales D. C. A. en su piel tuneada de uva.
La candidata de derechas era tan puta como la de izquierdas. Afincada en su despacho le estreché la mano aunque hubiera preferido agarrarle un pecho o pellizcarle el coño. Su gente parecía haber germinado de la misma cópula de chupapollas sin escrúpulos que se amasaban dinero encima de las esperanzas de los ciudadanos. Como la aspirante roja, se había dejado coser hasta parecer la ama de casa porno del anuncio de detergentes.
Frente a ambas era imposible darle impulso a aquél artículo. Mi erección tomaba las riendas y comenzaba a causar alerta entre los hombres de negro de uno y otro bando. Y finalmente ocurrió lo inevitable cuando la erótica del poder, arrastrándome cremalleras abajo, me llevó a profundizar en el programa electoral a través de gargantas profundas y culos en alto, para asombro de los presentes, que poco a poco eran invitados a perder el tiempo en otro lugar mientras saboreaba las mieles del éxito directamente de aquellas vaginas de mediana edad.