jueves 26 de marzo de 2009

MEMORIAS DE COÑOS DE PLASTICO, SEGUNDA PARTE

Y disfrazado de pavo desplumado inicié una relación con una bella tontita a la que le chiflaban el esquí, la moto acuática y cualquier deporte para tarjetas de crédito. Con ella aguanté unos meses, hasta que un día sugirió el tema de la familia como quien escupe una flema negra y endiablada en el centro de una fuente mágica. Volví atrás sobre mis pies y recordé la estela de vaginas a mis espaldas, y claro, a pesar del aliciente de la pasta y de su entusiasta ramalazo de zorra en el catre, la mandé a hacer puñetas, a ella, su yate, su padre médico y su madre cuarentona y estirada, a la que mil veces me hubiese trincado delante de sus bocas abiertas y perfectas. No había cumplido ni los veinte y ya me querían esposar, mostrarme diez cucharas diferentes para la sopa y otros tantos cubiertos desesperantes para comer el pescado.
Una vez me deshice del lastre continúe mis estudios. La carrera periodística tiraba de mi. La oportunidad de viajar con gastos pagados y juerga asegurada en ambos océanos y sus continentes adyacentes. Meter mi polla en el ártico, en Australia, en Buenos Aires, en Senegal, buenos quizás no en Senegal, pero si en Marruecos, donde a pesar de las palizas y del rey Hassan, las mujeres sanas parecían más que dispuestas para atrapar al cipote occidental entre la espesura de sus selvas de tinieblas.
En la universidad las competiciones de zorras se multiplicaban por doquier. Cada asignatura o especialidad tenía su gran puterío expectante para la hora en la que los estudiantes dejaban a un lado los libros y sacaban sus cuerpos a tomar el aire, a sabiendas de que no había nada de lo que preocuparse mientras papa y mama pagasen la carrera. Y todos y todas felices a ningunear a los papis mientras la polla aprendía termodinámica y el coño números primos en cualquier pasillo con un rincón para el follaje. No conocí sociedad más dispuesta para la autoexploración, el asedio, que la protegida por la docencia.
Con tanto coño alborotador y de ideas liberales no había demasiado tiempo para labrar un futuro. Uno solo quería mordisquear culos y pasear la lengua por cuantos más lugares húmedos mejor. Aun así trabajé duro y empalmé lecturas, corridas, vomitonas, frenesí y tortas hasta dejar atrás el campus, y no volver más que ocasionalmente, solo para declarar zona catastrófica el ano y la boca de una estupenda profesora de literatura inglesa de la que aprendí disciplina, seguridad y coraje, todo ello combinado para retrasar el orgasmo hasta un límite insospechado.
Con la veintena y un buen traje salí en busca de trabajo. Tan importante era el salario y el medio, como quien trabajase a mi lado si se me antojaba levantar un falda e introducir el periscopio para avistar al enemigo y lanzarle sendos torpedos, uno por cada agujero. Me incluyeron en la plantilla de un medio afín al gobierno, y me mantuvieron en el puesto cuando el pueblo condenó al jefe de la nación al ostracismo por desequilibrado. La verdad es que la fisonomía de aquel diario no se ajustaba a mi modo de vida, pero pronto me dí cuenta de que quien allí trabajaba, o se drogaba o bebía, o follaba hasta desfallecer, y hasta ecos me llegaron de uno que coló una bala en la jeta de sus esposa tras descubrirla cocinando un rabo negro en el más absoluto de los silencios. Sea como fuere yo me dediqué a lo mío. Aparqué el análisis de la actualidad tanto como pude, y me inmiscuí en los asuntos fogosos de una reportera cocainómana, que parecía incluir siempre en el saludo más cotidiano, un primer plano de si misma abierta de piernas, dispuesta a todos y todo pues la droga le mantenía en un estado cerebral de euforia infinita y amor desbocado, y bien igual le daba ser violada por la redacción al completo que penetrada de uno en uno o con cupones de descuento. Con ella jodí intranquilo, hasta prácticamente hacer trizas el único pene que Dios había dispuesto para mi, y una vez la hube mandado al carajo como al resto, visité rápido la consulta de un médico y me encomendé a algunas vírgenes presa del miedo, por lo que aquel coño al que habría de recluir en una celda de aislamiento, pudo haberle pegado a mi vara de medir el impulso de la vida, y que ahora, cabeceaba confusa y dolorida, y con varias hinchazones por sombrero que me hicieron temerme lo peor y lamentarme como nunca antes lo había hecho por mi ausencia de freno...
...continuará.

MEMORIAS DE COÑOS DE PLASTICO

Al primero de todos ellos lo palpé con repugnancia y terror. Era una caverna mojada apartada de la luz, repleta de polvo, arañas y otras bestias. Mi miedo era tal que lo único que conseguí introducir fue el dedo gordo del pie derecho, aunque poco importaba. Estábamos rodeados de agua y de allí dentro no salía otra cosa. Ninguno se corrió claro y yo aguanté una erección dos días escondida bajo mi cara roja de vergüenza. Días más tarde la vi fuera del agua, pero ya no era lo mismo. Sus proporciones no eran las adecuadas, en realidad parecía demasiado pequeña. De haber ido más allá hubiera tenido que firmar una declaración y hacerme la cama en un correccional todas las mañanas de mi adolescencia.
Después hubo un gran vació, de meses, años quizás. Hasta que los depósitos de leche amenazaron con romper los tabiques de mis pelotas. Solo entonces me decidí a salir de pesca. Eran días de primavera y ella una pelirroja con dientes separados y pelo rojo en el coño y en los sobacos. Se me antojó hechicera, y no había nada capaz de sacarme esa idea de mi cabeza. Había superado el asco y jugueteé con su coño, como las manos de un ciego lo harían sobre la tierra seca. Entré y salí varias veces, solo con los dedos, pues ella no ocultaba un pánico desmedido a quedarse preñada o algo peor. Teníamos gomas a raudales, sabíamos como usarlas, pero debía de tener el residuo de alguna mierda cristiana metida en la cabeza y más allá de masturbarla con la mano no se dejaba hacer. Probé a meterle la lengua dentro. Quería probar el sabor de aquella cosa, lo que volvía locos a los hombres desde tiempos ancestrales, pero ella se mostró ofendida y más aún cuando quise meterle la polla en la boca. Entonces nuestra relación se consumió con una torta. No volví a verla. Tiempo más tarde reparé en que su futuro no estaba en el gato negro y en la escoba, pero sí entre las pichas de los clérigos, las sotanas y las ostias.
Me preparé para el torrente. Había estado cerca y el olor me impregnó para siempre. Era un cautivo y mi polla tenía el síndrome de Estocolmo. Salí de caza, una vez uno en el saco los demás caerían por gracia divina supuse, y si no era así saldría a buscarlos, aunque tuviera que mendigarlos a ras de suelo.
Comencé a verme con una niña bien, una estudiante de primera. Cargué con sus libros, la cortejé a todas horas y al final follamos sobre la cama dura de sus viejos. El hombre tenía problemas de espalda me decía. Yo no entendía porque me hablaba de sus padres mientras le conquistaba la matriz. Empecé a imaginar que el tipo se jodía a la chiquilla y no tuve más remedio que descargar antes de tiempo. Por suerte el plástico contuvo la avalancha. Volvimos a la carga cuando pasaron cinco minutos, cosas de los quince y su impertérrita polla dura. Noté que la nena sabía lo que hacía y dominaba la situación en todo momento. Entonces yo ya no albergaba ninguna duda, pero que podía hacer sino quitarle un poco de trabajo al viejo. Pensé en sus problemas de espalda y me la follé durante una temporada. Después di el paso lógico y empecé a acostarme con su amiga. Eso suponía un placer añadido, y la chica tratando siempre de superarse frente al coño de su adversaria y ahora rival, fue un poco más allá y me dio coño, culo y boca a partes iguales. Yo no podía estar más feliz y contento, y repartí toneladas de leche hasta que bajo la piel comenzaron a asomarme los huesos y hube de tomarme un descanso. La dejé con descaro pero antes eché un polvo de despedida con mi niña buena. Me costó convencerla. Ella decía preferir ahora un hombre más adulto, alguien más serio y menos descontrolado. Me la follé contra la pared de la cocina acabando dentro de su agujero más oscuro. Has llegado a la edad adulta ahora le dije, y tras eso cerré la puerta con suavidad y no volví a verla.
Entre tanto debía estudiar y formarme para el mañana. Durante un tiempo me oculté en los libros y solo observé a las mujeres y al mundo a través de una pantalla. Pero no aguanté demasiado y acabé liado con una morenaza que se las daba de poeta, sabelotodo, mujer bandera y de cualquier cosa que tuviera un carné o un diploma en la pared. En esta ocasión era ella la que me follaba, aunque solo parecía interesada en mi polla e ignoraba tácitamente el resto de mi. Hubiera dado igual si jodíamos a través de un muro con un agujero en el medio. Un día se me meo encima. No hubo proposición ni planteamiento ni apuesta, simplemente dejó caer un chorro de orina y se disculpó con una sonrisa. Me levanté con un sobresalto. Evidentemente su meada olía a pis, sabía a pis y salpicaba como el pis. Le dí una bofetada y la loca pareció alegrarse. Que coño pensé, la mee de arriba a abajo, y con el tiempo ella empezó a interesarse afectada por lo que comía o bebía. Jodimos hasta el punto en el que comenzó a hablar de agujas y mierda. La dejé oculta en su guarida lista para el siguiente desgraciado, y me busqué una tía más corriente, de las de andar por la orilla de la playa y mirar juntos una película...
...continuará.

martes 24 de marzo de 2009

LA SIESTA, MI SIESTA.

Los tipos del piso de al lado comenzaron a aporrear la pared. El brazo me colgaba del sofá como una planta seca. Levanté la mano y miré la hora. Todavía me quedaban diez minutos de sueño, quince si no me molestaba en aparecer a tiempo. Maldije sus vidas y traté de cerrar los ojos, pero los golpes no cesaban. Me levanté y preparé un poco de café. Abrí la puerta del armario y los golpes aumentaron de intensidad. El tarro del azúcar daba saltitos a cada estruendo. La vajilla se estremecía. Las luces comenzaron a parpadear. Maldita sea pensé o eso creo, pues apenas podía escuchar mis pensamientos. Olvidé el café, cogí mi chaqueta, las llaves y bajé las escaleras. En la misma puerta de casa un obrero le daba por el culo al suelo con un taladro. El animal llevaba un casco en la cabeza y unos auriculares refugiándole las orejas. Maltrataba la acera a pesar que cualquiera sabía que a la calle no le pasaba NADA. Seguí caminando y enfilé una cuesta sin estar demasiado convencido de por qué lo hacía. A una tipa le humeaba el coche. Le gritaba a otro tipo a través del auricular de un teléfono móvil. En el otro lado el gruista se desgañitaba con la señora. Podía oír sus gritos, todos podíamos, así era. Detrás del automóvil de la mujer se habían formado una hilera ensordecedora. Nadie podía seguir con su camino. Todos aquellos desafortunados tenían un claxon y sabían como usarlo sin romperlo. De repente los pájaros comenzaron a estrellarse contra el suelo. Los huevos en los nidos quebraron y los mismos nidos se deshicieron después en pequeñas ramitas y chapas de de refrescos, cayendo al suelo también, al lado de los cadáveres de los ruiseñores, los jilgueros y las cigüeñas. Me cerraron el paso. Unos latinos tatuados maldecían a otros latinos sin tatuar. Una nena abrió la boca y se llevó un guantazo. Era la Eva del asunto. Segundos después los latinos se enzarzaron en una pelea. Los tatuajes iban pasando de unos a otros y ocasionalmente y en medio de la nube de lucha surgía un brazo moreno que volvía a abofetear a la nena. Todos gritaban y los abuelos que por allí pasaban comenzaron a caer como moscas. Fallo cardíaco decían, como si hubiera ora cosa. Me quedaban diez minutos para atravesar un par de calles y llegar hasta la oficina. A un niño gordo le dió por chillarle a su madre. La señora vivía en un quinto piso. Sacó un megáfono por la ventana. ¡HUEVOS, LECHE, EL CARTÓN DE VINO DE TU PADRE! El chaval era joven, no necesitaba de la ciencia todavía. Tomó aire y le gritó a la señora, ¡ME HE DEJADO EL DINERO ENCIMA DE LA MESA! El sonido subió hasta el quinto piso, algunos cristales bajaron hechos añicos, la estructura cedió. En pocos minutos la nube de polvo saldría en las noticias. Seguí mi camino y un avión surcó los cielos precedido de un aullido infernal. El aparato parecía salido de las últimas páginas de la biblia. Más allá los currantes habían montado una movida. Llevaban pancartas, pegatinas, gorras, botellas con pañuelos empapados, e improvisaban cualquier himno como quien no quiere la cosa. Los antidisturbios andaban cerca. Podías oír las sirenas aproximarse. Cuando llegaron no hizo falta establecer acuerdo alguno, y todos a una acabaron rodando por el suelo. Quizás aquella gente nunca habría estado más de acuerdo. Dejé atrás la zona de guerra. Tan solo me quedaba una esquina por cruzar. Dos chicas discutían detrás de ella. Al parecer una chingaba con el hombre de la otra, y esta a su vez jodía con el viejo de la primera. Los hijos de aquellas dos iban a nacer con un AK47 bajo el brazo. Ellas también acabaron en el suelo, y solitas se bastaban para superar los decibelios del barrio entero. Lo único bueno era que en medio de la refriega las ropas las abandonaban, y cuando no asomaba una teta era un palmo de culo el que lo hacía. Por fin llegué a la puerta. Levanté la persiana y encendí las luces. Aquí también había un vecino inquieto que maltrataba el muro. El teléfono chillaba y las ratas del techo eran legión. Pensé en clavarme un lápiz afilado en cada oído, echar gasolina dentro y prender una cerilla. En estas que entró una vieja y chilló los buenos días. Antes de llegar a la S la punta del boli le había descargado un chorro de tinta en las cuerdas vocales. Yo no quería, los malnacidos me habían empujado a hacerlo, ellos y su jaleo. Mientras el charco de sangre se extendía por las baldosas de mi oficina recordé mi siesta. Apreté los ojos y cerré los puños con fuerza. Al instante aparecí de nuevo estirado sobre el sofá del comedor. La tetera pitaba. Mire el reloj, pasaban diez minutos de las cuatro. Tarde otra vez, no había manera. Me serví una taza de café y miré por la ventana. Una hilera de coches detrás de una tipa al teléfono, en el cielo un avión con diarrea.

jueves 19 de marzo de 2009

LA FABRICA DE GRIFOS

A las siete de la mañana llegué al lugar. Había una verja oxidada en la entrada. Estaba entreabierta. Un poco más allá una puerta gris con un gozne marrón a la altura de una inexistente mirilla. En la pared de mi izquierda un timbre amarillento conectado a un cable que se perdía dentro de la fábrica de grifos. El día anterior había firmado un contrato de obra y servicio por el que me vinculaban al mundo de los grifos por un periodo de entre tres y cuatro semanas. Llamé al timbre y esperé. Nadie abrió. Acerqué el oído a la puerta y pulsé de nuevo. No parecía que acudieran a recibirme y tampoco escuchaba ningún timbre, ni fuera, donde estaba, ni al otro lado. Probé con el gozne. Golpeé una, dos y tres veces, pero nada. Eché un vistazo a ambos lado de la calle a la espera de que algún paisano comenzase su turno de ocho horas en el mismo agujero, pero no vi a nadie por allí. Después me metí la mano en el bolsillo y saqué el papel con la dirección. Me acerqué a una placa en la esquina y comprobé el lugar. Era el punto exacto. Volví a la puerta y golpeé de nuevo. Nada. Me encendí un cigarrillo y me senté en suelo.
A las siete y diez de la mañana frente a una fábrica cualquiera y en ayunas.
La desesperación flotaba en el aire, penetraba por mi nariz y me retorcía las tripas. Las horas tempranas parecen un error. Una confusión a la salida del sueño. Tenía ganas de cagar y nadie acudía a abrirme la maldita puerta.

Cuando pasaron quince minutos de las siete un tipo salió de dentro vestido con un mono azul.

_ ¿Eres Daniel?-preguntó.
_ Soy Daniel-contesté.
_ Pues nene, llegas quince minutos tarde. ¿A qué esperabas para llamar al timbre?

Aquel tipo se llamaba Julián. Era mucho más joven que yo y parecía ser el encargado de todo aquello, lo cual significaba que probaba el agujero del culo antes que nadie. Julián tenía cara de retrasado, y probablemente lo fuese. Cualquier jefe con dos dedos de frente colocaba a un idiota un peldaño por debajo de su cargo. De esa manera uno siempre se aseguraba de que el pobre hombre no tenía nada que hacer para quitarle el puesto.

Tras examinarme me acompañó a su despacho y llamó a un currante por megafonía. Firmé una hoja de asistencia y después un veterano me condujo por un pasillo hasta llegar a los vestuarios. En aquel túnel las luces parpadeaban y tan pronto oscurecía como una luz moribunda inundaba el pasillo. Observé al tipo que me acompañaba. Entre apagón y destello parecía envejecer un poco más. En el vestuario había tres hileras de taquillas. Todas estaban abiertas y la ropa colgaba hacia fuera. Los zapatos de los obreros formaban una fila de pobres. El olor a pies se elevaba desde el suelo hasta golpearte en la nariz. Un banco de madera dividía la estancia en dos. Le faltaba un pedazo en el medio. Un tipo gordo podía acabar encajado allí dentro.

Si sus compañeros no reparaban en él, en pocos minutos el olor a pies le mandaría al otro barrio.

Después me mostraron el lavabo y las duchas. Mi acompañante no decía ni pío. Se limitaba a cogerme del brazo y conducirme por la fábrica como el lazarillo a un ciego, y una vez llegaba al lugar indicado, me señalaba cada punto de interés con el dedo. En el lavabo no había taza, así que había que cagar de pie. Tampoco vi ni un solo rollo de papel higiénico. Tendría que esperar a llegar a casa para deshacerme de los dos cagarros que guardaba dentro. Una mosca asomó la cabeza desde uno de los agujeros de la letrina. Seguí a la mosca y su vuelo me llevó hasta las duchas. El lazarillo seguía a mi lado. Señalé la única ducha de la fábrica y el hombre asintió. Salimos de allí. Tan solo nos quedaba por visitar la zona del comedor. Cruzamos el pasillo, ahora en dirección contraria. Los flashes continuaban. El hombre abrió una puerta y sorprendimos a un operario estirado en una silla y fumando un cigarrillo al lado de una taza de café. El tipo sonreía. Llevaba tantos aparatos en los dientes que supuse que el acero habría sustituido al resto de tejidos hacia dentro. Dio un sorbo a su taza de café y el líquido marrón le empapó el metal. Cerramos la puerta y salimos de allí.

_ Esta es la zona de comidas. Solo se permite permanecer dentro durante la hora del almuerzo. Tienes quince minutos. Un segundo después de esos quince minutos debes de volver a tu puesto. El primer día de trabajo no hay pausa para el almuerzo. ¿Tienes alguna pregunta?-El lazarillo había hablado.

_ ¿Quién era ese?- pregunté.

_ Eso no es asunto tuyo- contestó.

La visita concluyó en la línea de montaje número 17. Mi trabajo era sencillo. Unos tipos del almacén me proporcionaban cajas y más cajas de madera con decenas de grifos sin pulir. Tenía que verter el contenido de esas cajas en una especie de hormigonera que giraba a toda velocidad bañando los grifos en una capa de de un líquido antioxidante. Cada vez que lo hacía una espesa nube de vapor surgía por una chimenea en la parte alta de la máquina. Allí dentro cabían unas treinta cajas. El agujero por el que tenía que lanzar los grifos quedaba a la altura de mi cabeza. Tenía que echar dentro el contenido de las treinta cajas, unos treinta quilos por caja, en un espacio inferior a siete minutos, darle a un botón y aguantar el ruido del metal dando vueltas y vueltas durante diez minutos. Mientras tanto iba amontonando las cajas vacías para volver a llenarlas de grifos cuando la máquina dejase de girar. Había grifos de diferentes diseños pero similares en tamaño. Grifos para cocinas, para cuartos de baño, grifos para escuelas, grifos para hospitales, para el ejército, para el Papa, grifos para laboratorios, grifos para la estación espacial, grifos para la guerra. Un montón de grifos.

Calculé el tiempo. Me sobraban unos tres minutos para permanecer de brazos cruzados observando lo que ocurría a mi alrededor. Había cuatro tipos más conmigo, bajitos y de piel morena, cada uno en una máquina similar. Llevaban gafas de protección, auriculares y mascarillas de papel. De vez en cuando me dirigían la vista y asentían. Yo les devolvía el saludo. Me hubiera gustado tener unos auriculares en mis orejas como el resto. Solo así iba a poder seguir el hilo de mis pensamientos. Me encendí un cigarrillo. Había una señal de prohibido fumar colgada en la pared, pero estaba cubierta por una capa de mierda tan espesa que uno podía interpretarla a su manera. Finalmente los grifos pararon de dar vueltas y procedía a sacarlos de allí. Al coger el primero lancé un alarido y una maldición. El condenado estaba ardiendo. Creí haber perdido mis huellas dactilares para siempre. Me di media vuelta y busqué con la vista al encargado.

_ ¿ALGUIEN PUEDE PRESTARME UNOS GUANTES?

Tras un par de minutos apareció el guía de la fábrica y me lanzó una bolsa a los pies. Abrí la bolsa. Dentro había un fabuloso par de guantes de protección ambos de la mano izquierda. Abandoné mi puesto tratando de cazar al tipo, y en la carrera me dí de bruces con boca de alambre, el hombre del comedor. Su boca se abrió como la entrada al túnel del miedo. Pude ver entre los hierros más de lo que hubiera deseado.

_ ¿Dónde te crees que vas?-preguntó.

_ Verás amigo, aquel hombre me ha dado un par de guantes de la misma mano y...

_ No puedes abandonar tu puesto hasta que suene el silbato.

_ Si, si, eso ya lo sé, pero es que...

_ Dame eso.

Boca de alambre debía de medir casi un par de metros. Agarró mi par de guantes de la misma mano y los levantó por encima de mi cabeza. Se quedó mirándolos durante algunos segundos. El resto de currantes nos observaban sin dejar de manejar cajas y grifos. Boca de alambre lanzó uno de los guantes a un contenedor y me entregó el otro.

_ Problema solucionado. Ahora vuelve a tu puesto.

Volví a la línea 17 con la mano izquierda a buen recaudo. Miré el reloj. Las ocho.

A las diez el calor ya había hecho mella en cada uno de nosotros. Cabeceábamos al ritmo de la producción, zozobrando en cualquier dirección. A veces abríamos los ojos segundos antes de acabar en el suelo. La provisión de grifos no menguaba y el mundo de fuera nos había escondido tras un biombo. Quedaban cuatro horas hasta las dos y yo no estaba seguro de poder aguantar ni veinte minutos más ejerciendo de brazo mecánico. Mi cuerpo se rendía, me ardían los pies y mi mano derecha no pasaría un detector de metales. Tenía cortes por todos lados y quemaduras aquí y allá. Algunas virutas de hierro se habían incrustado de tal manera que no había por donde agarrar para extraerlas de mi mano. El traqueteo del acero parecía perseguir cada instante de respiro armado con un bate. Hacia las once sonó el silbato y todos desaparecieron en dirección al comedor. El ruido bajó de intensidad. Miré hacia atrás y allí estaba el chicarrón boca de alambre sujetando su taza de café. Dio un sorbo y me sonrió. Comencé a pensar en arena de playa. En gotas de sudor resbalando piel tostada. En olas rompiendo en la orilla y en una hoguera a medianoche. La mayoría de veces funcionaba y lo hizo. Por lo menos hasta que el silbato volvió a sonar quince minutos más tarde y todos volvieron a sus puestos. Entonces la realidad oxidada y envuelta en el vapor del acero de la fábrica de grifos con su temperatura de treinta y cinco grados no oscilante cayó como una losa sobra las cabezas de los que habían disfrutado de su pausa para almorzar.

A las doce del mediodía me detuve. No moví un solo músculo, o mejor dicho dejé de moverlos todos a una. Boca de alambre se colocó en mi espalda. Parecía estar en todas partes y en ninguna. El hombre era un enemigo declarado de cualquier forma descanso, a excepción del suyo. Su presencia automatizaba el ritmo de los operarios de la fábrica de grifos. Los mantenía ajenos a la pesadez y dando el callo frente a las máquinas grotescas como si de una prueba de fe se tratase. Pero ninguno de ellos iba a tener una revelación al acabar el turno, tan solo les esperaba la visita obligada al vestidor con olor a pies y el cara a cara con el reloj de fichar.

Alguno de ellos torció el cuello. Mi situación no era deseable. Había optado por plantar cara al sistema. Al otro lado y de espaldas a la fábrica de grifos la gente se servía un trago de agua en la comodidad de sus hogares, tan solo girando el grifo, sin más. Ignoraban la parte baja de la cadena, donde estaban los hombres que habían perdido el tren o deseaban colocar el cuello sobre las vías. Y todo ello había sucedido de forma inconsciente. Sin plan, sin premeditación. Simplemente al cuerpo de la traía floja los peligros del mundo moderno en una estructura mecanizada. Cuando los huesos y la carne dijeron basta, el cerebro acató las órdenes y poco importaba quedar al descubierto frente a la mole atemorizante.

¿Qué podía hacer yo? No estábamos en el ejército. Allí no existía nadie con suficiente nombre como para ponerme la mano encima. No podían sacarme al patio entre un par de operarios y asarme a latigazos. Tampoco podía besar sus puños y mucho menos servirles de mujer para un alivio rápido. ¿Qué había que temer entonces?

A boca de alambre no había quién lo moviese del sitio. Podía sentir su mirada agujereándome la nuca como la bala de un terrorista. Su fin era ese. Insuflar terror al que tenía dolor de pies y alma. Y más tarde y de alguna manera, escarbar carne adentro hasta llegar al coraje. Tirar fuerte de los tendones y provocar a la mente débil para que los brazos recojan otros treinta quilos de grifo y alimenten la boca hambrienta de la máquina.

¿Cómo aguantaban los que habían estampado una firma para morir aquí?

La mayoría de ellos tenían familia a dos mil quilómetros al otro lado del océano. Malvivían en cajas de zapatos comiendo alubias en lata, y en la mayoría de casos aceptaban cada vez que el patrón pedía horas extra. La vida fuera del horario laboral la pasaban durmiendo, lamentando, bebiendo o apalizando una mujer, todo aquél que la tuviera cerca. Aquello no era vida, pero era la vida que les esperaba a la mayoría. Aquello era como estar muerto sabiendo que en el cielo nadie te quería. El infierno tenía paredes desconchadas y una máquina de café que provocaba diarrea. Para colmo uno tenía que pedirle permiso a boca de alambre para ir a mear. Opté por esto último aunque en realidad lo que necesitaba con urgencia era hacer de vientre.

La menor estancia posible en el wáter sin taza, por el bien de la empresa. Siempre.

_ Creo que tengo que ir al lavabo.

_ Ves al lavabo cuando acabe tu turno chico.

_ Entiendo. Pero es ahora cuando me meo.

_ Ya me has oído chaval. Aquí ningún nuevo se la menea hasta que no suena el silbato.

_ Verás, no creo que pueda levantar otra caja sino descargo antes, no sé si me entiendes.

_ No estoy aquí para solucionar tus problemas. Estoy aquí para que cargues grifos en esa máquina.

_ Pero...

_ Ni peros ni ostias. Como se te ocurra moverte del sitio te vas a la calle sin cobrar.

Y claro, como cualquiera, yo también quería el dinero.

Boca de alambre ni siquiera parecía enfadado. Disfrutaba con calma y saboreaba su interpretación. Los muchachos cargaban. La fábrica seguía respirando sin tener en cuenta mi orina y menos aún el traqueteo en mis intestinos.

Quedaban algo menos de dos horas para ver de nuevo el sol. Fuera de allí el verano existía, y uno podía deslizarse entre las olas dejando un rastro de meada imperceptible. Era una ironía sin embargo disfrutar de un calor tan extenuante. Recuerdo muy bien inviernos pasados. Había recorrido la enfermedad del frío por fábricas de pintura y fábricas de cables. El azar quiso que mi entrada en el gremio coincidiese con la ausencia absoluta de calefacción y calderas. Nadie se quejaba, y quien lo hacía acababa en la calle hacinado bajo un abrigo viejo. Y ahora el calor. Pensar en aire acondicionado era utópico y cerca de la hora de la salida parecía el síntoma de una alucinación por la falta de agua.

Durante el resto del día cargué mis quilos con movimientos robóticos. A excepción de parte del equipo de protección (seguía con mi mismo guante de la mano izquierda), me había transformado en uno más de la fábrica. Al parecer había superado todas las pruebas. Tenía establecidos vínculos con el suelo y pensé que si nadie me daba un empujón quedaría plantado en el cemento a espensas de los pedidos de fuera.

Cuando ocurrió, apenas fui consciente del silbato que anunciaba la salida.

El lazarillo vino a mi y me acompañó hasta el cuartucho del encargado. Recorrimos el camino a la inversa. Me fijé de soslayo en las caras de mis compañeros y sus cuerpos desnudos apilándose a orillas de la ducha. Había ojos y boca tras aquellas máscaras de tela. Puede que también ganas de conversar, aunque más allá de un murmullo desvalido no pude apreciar nada audible. Los tipos habían perdido la humanidad y parte del instinto animal. Con el tiempo acabarían transformándose en autómatas revestidos de tejido vivo. En el mejor de los casos solo daban muestras de reflejos al sonido del silbato.

No era una buena vida no, ni siquiera lo parecía.

Firmé el parte de asistencia. Boca de alambre permanecía al lado de Julián revolviendo papeles en un archivo. Ya no me prestaba atención y yo apenas sentía desasosiego en su presencia.

Cuando salí a la calle me senté en el suelo apoyado en una farola y encendí un cigarrillo. Metí la nariz debajo de mi camiseta y olfateé lo que subía. No sabría como explicar algo así en casa, pensé.

Caminé unos seis quilómetros y llamé al timbre. Por suerte gran parte de la mierda había ido cayendo por el camino. Nadie contestó así que abrí la puerta y subí las escaleras. Asomé la cabeza en casa y allí había nadie. Una vez en el lavabo me deshice de los calzoncillos, del pantalón, la camiseta y los calcetines. Lo metí todo en una bolsa de basura y me dí una ducha. Parecía estar borrando las huellas de un crimen.

Cuando llegaron mis padre me preguntaron por mi primer día de trabajo. Había un brillo de orgullo en los ojos de papá. Aquella luz me cegaba. Mamá había preparado unos sandwiches y me acercó una cerveza helada.

No había nada que contar excepto la verdad, y al caer la noche me dejé caer sobre la cama e intenté descifrar las luces del techo.

martes 17 de marzo de 2009

CORRE

Parar era inútil.
Corría y corría a través de las callejuelas serpenteantes del barrio antiguo. Corría y corría y jadeaba sudando bajo un montón de ropa gruesa que se empapaba y me hacía pesar el doble. Atrás el gentío acortaba distancias. Cada vez que echaba una rápida mirada por encima del hombro podía ver las bocas abiertas, los brazos en alto y el polvo de la estampida.
Las fauces desencajadas de la ciudad.
Yo seguía hacia delante esquivando a todos los que me encontraba por el camino o tropezando directamente con piernas, niños, bolsas, macetas, borrachos, bicicletas y bebés. Más tarde se levantarían como los demás. Los vería muy por encima del hombro.
Agitándose.
Confundiéndose unos con otros.
Dando a luz a la histeria colectiva que habría de arrasar con todo lo que estaba mal.
Era fantástico.
Era superlativo y era la ostia.
Era tan bueno que cuando llegamos aquí ya nadie sabía por que corría.

lunes 16 de marzo de 2009

LA BARBA SE QUEDA

El jefe se acercó y me dijo que estaba hecho un asco. Era una mañana de lunes y la primavera se colaba por las rendijas del aire. En el espacio los astronautas flotaban a la deriva, y más arriba Dios miraba bajo las sábanas y exclamaba: Cielo santo, me dijiste diecinueve. Nadie sabía que se cocía en el infierno, pero pensar con claridad no era nuestro fuerte. Era una mañana de lunes y con eso ya era suficiente.
El tipo me miró fijamente y me obsequió con unas horas libres, sin paga, sin café o limonada. Me dijo: Vete a casa y tu mismo te obsequias con una suculenta afeitada. El negocio va mal cantó, y sólo me faltaban esas barbas espantándome a los clientes añadió. Menuda lumbrera pensé. El jefe lee los periódicos y mira el telediario. Después ensaya discursos frente al espejo del baño. Se rasca el culo y aparece un lunes frente a mis narices como un doberman extraviado.
Me sinceré con el hombre, al fin y al cabo él firmaba los cheques. Yo me limitaba a aparecer a la hora convenida y largarme más tarde sin hacer demasiado ruido.
Es cosa de mi chica le expliqué. A Roberta no le gustan los culos de bebé, y a la hora de la joda quiere un matorral fuerte que le marque el labio. Así que la barba se queda traté de explicarme encogiéndome de hombros.
El hombre arrancó la placa identificativa de la solapa de mi uniforme, con tal fuerza que hizo saltar algunos botones. Los mordiscos en el cuello se asomaron a la luz la luz del día y algo de carmín se desprendió del cuello de mi camisa.Estás jodido puntualizó.
Y que lo diga jefe. La barba se queda, finalicé.

jueves 12 de marzo de 2009

DAR POR EL CULO

Ella dijo:
_Odio tener que decirte esto, pero no es demasiado grande.
Y yo le pregunté:
_ ¿Por qué tienes que de decirme semejante cosa? Quizás lo tuyo sea demasiado profundo. He olvidado mi brújula y mi navaja de supervivencia. Necesitaré un equipo completo para llegar hasta el otro lado: gasas, comida enlatada, pilas y mi cuchillo.
Ella se dio media vuelta y jugó a hacerse la dormida.
_Ya estamos- pensé.

Eché un vistazo al sur. Estaba oscuro pero podía intuir algo si abría bien los ojos.
No le daría más rodeos al asunto. Lo solté a bocajarro.
Siempre habría estrellas en el cielo.
_Quizás parezca más grande ahí detrás. Ya sabes...
Giró la cabeza. Ahí estaba la mirada del KGB y mis delirios oscuros nadando en un mar de aceite.
Estiró la mano y agarró una botella de cerveza en la que todavía quedaba un colín de birra. Echó un sorbete rápido y volvió a dejarla sobre la mesita. No mucho más tarde se rasco el trasero, y después acercó aquella, mi cosa pequeña a aquél, su pequeño agujero.
_Esta bien. Déjala cerca y quédate quieto.
Agarré mi pequeño cohete y preparé el despegue hacia lo desconocido. Sin embargo aquella puerta debía de tener unos quince cerrojos y un doberman agarrado con una cadena. Puede que allí dentro me encontrase con trampas en el suelo, y más allá, los huesos de los que antes pasaron por ahí.
A ella le dio un respingo. Un "no se qué" que la recorrió de la cabeza a los pies. Energía en estado puro para mantener París alumbrada durante algunos segundos. Después comenzó el tembleque. Era San Francisco, era México, era Japón, o todos ellos juntos segundos antes del gran terremoto.
_ Oh cariño. No sé. Pero puede que todo parezca más grande cuando entra o sale por ese lado, ¿no?. Sigue por Dios.
_ ¡Seguiré por mi cuenta!
¡Antes decías que no era muy grande! ¡Aclárate de una vez mujer! ¿Es grande o pequeña? ¿Es una de las buenas?
Sin darle tiempo a contestar salí de las trincheras y entré a trompicones hasta que desaparecí en aquél agujero negro. ¡Mi madre! Dios debía de haber hecho horas extras y darnos una herramienta doble por cabeza, por lo menos a los chicos blancos.
Ella amagó un gritito y yo me llevé un mordisco en la palma de la mano. Mi mujer querría una explicación, pero yo solo tenía la verdad. En los últimos años se acumulaban tantas escenas con caídas, ataques de perros y gatos, golpes fortuitos contra la mesa del televisor…Había excedentes para escribir un manual para la secreta búsqueda de la jodienda, y material para un borrador con la segunda parte.
Mantuvimos el ritmo; la bombeaba con fuerza, ella jadeaba pensando en quien sabe quién, los muelles crujían como grillos despiadados, las patas de la cama levitaban sobre el suelo, el sudor me resbalaba por la espalda, la humedad relativa me importaba una mierda, y en algún lugar alguien preparaba el pan hasta el amanecer.
Comenzó a llover y se inundaron los bajos con una espesa capa de lodo marrón.
Más tarde me tumbé exhausto, sonriéndole al techo y agarrando una colilla.
_Pásame una vela anda. Una grande, le dije. Sobre su mesita se amontonaban algunas velas encendidas, algunas botellas vacías y la foto de un paisano puesta del revés. Agarró una vela enorme y roja y con ella quemé la punta del cigarrillo echando el humo hacia un lado. Continué con los ojos clavados en el techo. Las malas noticias llegarían en cualquier momento, siempre lo hacían. Tenía un pase de temporada para las malas noticias. Tan solo había que sentarse en una esquina y agarrar el aire con una mano.
_Las hay más grandes-dijo.
Observé mis pies durante un rato. Los diez dedos, las uñas y la pelusa. Calzaban un cuarenta y cuatro pero no parecían tan grandes en perspectiva. Me acabé el humo y tosí.

miércoles 11 de marzo de 2009

BOMBAS

A Sara, me la estaba follando en la tercera planta subterránea del centro comercial cuando la explosión nos sepultó.
Diez años más tarde tropecé con su silla de ruedas mientras me deslizaba con torpeza a través los fastos de aquel tonto aniversario. Nos recorrimos tan solo unos segundos, y a pesar de las prótesis, el metal y las ruedas, tuvimos unas ganas locas de volver a joder allí mismo, entre los políticos sonrientes, los flases, y las lágrimas de los supervivientes.
Aquello era algo que los suicidas no iban a conseguir arrebatarnos jamás, las putas ganas de follar.

lunes 9 de marzo de 2009

ROBIN HOOD EN LA CIUDAD

El tráfico se detuvo.
Robin Hood miraba a ambos lados desde el centro de la calle. Una rata asomaba la cabeza desde una alcantarilla.
¿De dónde había salido?
La ciudad patética palidecía. Hood vestía todos los tonos del bosque. Chaqueta verde, chaleco marrón, camisa mostaza y pantalones rojo teja.
Había venido para robar y lo primero que hizo fue hacerse con todos los colores.

Dió un paso decidido. A los pocos segundo la gente por decenas se le pegó a la curva del culo. El tipo tenía estilo. Como un actor inglés rudo y con barba de varios días.
Todos querían alguna cosa de Robin de los Bosques.

Las respuestas y el dinero.
Robin echó la vista atrás y orgulloso observó la muchedumbre.

Esta boquiabierta estudió cada paso.
El tipo se acomodó las mangas de su chaqueta, liberó el cuello de la camisa y lanzó algunas flechas. La masa continuaba entusiamada. Siguieron las puntas hasta verlas desaparecer tras el horizonte de edificios.
Al recobrar el aliento Hood se había largado.

No había ni respuestas ni dinero, tan solo talento en el justiciero.
Todos siguieron a lo suyo.
Unos chicos comenzaron a bailar como robots y un chaval garabateó en su trasero.


sábado 7 de marzo de 2009

EL ULTIMO CIGARRILLO EN LA TIERRA

Corre el año 2072. Eran muchos los que creían que al llegar al 2012 un meteorito del tamaño de Texas aparcaría el culo en medio del Pacífico. Una ola gigantesca arrasaría entonces las costas oeste y este respectivamente de las dos Américas y Asia aniquilando el 80 por ciento de la vida en el planeta. Los había que iban un poquito más allá e insinuaban que en el momento en el que diesen comienzo las tareas de reconstrucción, un segundo meteoro, esta vez del tamaño de Irán, caería sobre el Atlántico fulminando un diez por ciento más de humanos, animales y plantas. Mismo modus operanti: ola gigante y no hay salvavidas para todos.
Finalmente el diez por ciento restante, los afortunados supervivientes de las dos tragedias, acabarían luchando unos contra otros por el control de los alimentos. Obvia decir que según los futurólogos a partir de la última quincena del siglo no habría más carne comestible que la que había sobrevivido a las dos mareas.
Los agoreros se equivocaban.
Meteoros y cometas pasaron de largo. De haber un cerebro dirigiendo sus trayectorias pensaría que no valía la pena vérselas con alguien tan insignificante y optaron por lanzarse contra un planeta de mayor categoría.
Durante el siglo XXI los habitantes de la tierra han demostrado ser poseedores de un enorme abanico de posibilidades para aniquilarse sin necesidad de ingerencias externas. Desde la voladura controlada de aquellos edificios de la extinta ciudad de Nueva York, pasando por las guerras del gas a las hambrunas de América de Sur o las pandemias experimentales en el continente negro. Sin olvidarse claro de las actos terroristas de las decenas de grupos armados surgidos en Europa durante la primera mitad de siglo, puede afirmarse sin problemas que cuando se trata de rellenar fosas anónimas o poner a tipos encorbatados dentro de un ataúd los humanos caminan erguidos y con la frente muy alta. Eins, zwei, drei, vier...
Se recuerda al año 2067 como el año de la mosca rubia, conocida coloquialmente como "la tampa". Un insecto de apariencia inofensiva tras el que muchos han creído ver la mano del hombre. En concreto una mano amarilla con unos ojos rasgados observándola desde arriba. La tampa, un bichejo ávidamente fornicador y ponedor de huevos, con capacidad para sobrevivir a todo tipo de pesticidas y temperaturas extremas, ha sido la causante de la terrible devastación de bosques y cultivos de final de siglo. Dos de las pocas cosas que daban color al planeta cuando uno lo observaba desde el espacio. Los extensos maizales de la recompuesta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y la salvaje vegetación que trepaba por las ruinas de Canadá, granero y pulmón de la Tierra respectivamente, ahora aparecen como sendas manchas grisáceas absolutas cuando las contemplas aburrido desde cualquier punto de la estación aerospacial militar de Nueva Jerusalem mientras tomas uno trago. Para la mosca rubia solo fueron necesarios unos escasos veinte meses para comérselo todo y llenar de larvas lo que quedaba. No está mal.
La tecnología ha sido capaz de recrear tomates, lechugas y patatas. Sin duda que este va a ser una paso de gigante para la humanidad, acostumbrada a escarbar en la basura, puro instinto de supervivencia. Pero cuando ya no hay nada que rebuscar uno se pregunta si por fin hemos llegado a nuestro límite. Si la línea de meta es esta y si al otro lado se haya el precipicio más oscuro e inacabable que puedas imaginar.
Las últimas provisiones despegaron desde Tenerife hace tan solo seis horas. El vuelo se retrasó cuando las rumores acerca de su carga se expandieron por toda terranet. Dos intentos frustados de sabotaje, y una novedosa forma de viruela causando estragos en la población de la isla. De los doce miembros del comité de naciones unidas, siete ya han manifestado su disconformidad más rotunda y amenazan con tomar "todas las medidas que sean necesarias" para evitar que los últimos cigarrillos de la tierra acaben en manos de los miembros de la tripulación de Nueva Jerusalem. China aún permanece en silencio.
Tabaco, alcohol, alimentos, café y agua viajan a bordo del Arca. Su sistema de defensa es limitado y poco eficiente, tratándose de un carguero de ayuda humanitaria. Sabemos que poco antes de salir de la atmósfera terrestre varias Cazadoras han alzado el vuelo y se disponen a hacer regresar al Arca o a acabar con ella cueste lo que cueste.
Mis hombres y yo estamos listos y preparados para entrar en combate en cualquier momento. Quedan algo menos de cuarenta y cinco minutos para que el Arca llegue al punto de no retorno, y cualquiera con dos dedos de frente sabe que más allá de ese punto solo hay oraciones y cuerpos flotando más allá de toda la eternidad.
Quizás las predicciones sean ciertas y nosotros seamos el meteorito.
Que se jodan, nos quedamos con los cigarrillos.

viernes 6 de marzo de 2009

DEPORTES DE MOTOR

No entiendo los deportes de motor. Los tipos dan vueltas y vueltas a un circuito como si fueran una valla publicitaria con ruedas. Después uno gana o no, y medio país se vuelca con vendedores o vencidos según el resultado, ideología política o el tono de la piel. Incluso algunos aficionados se visten con las ropas de los pilotos y continúan publicitando los mismos productos que sus héroes allá donde van. Tras la carrera el vencedor abre una botella de champán gigante y moja al resto, el segundo y el tercero, y de paso a unas cuantas azafatas a cual más tonta que aguantan el tipo cosidas con bisturí o como bien pueden.
A mi juicio lo único aprovechable de las competiciones de coches o motos son los accidentes. De hecho creo que unos y otros deberían colisionar instantes después de la salida, provocando incendios, esguinces y alguna baja entre el público. Al menos así las carreras durarían lo justo, una bajada de bandera, y no estarían hasta seis horas en la pantalla de la tele.
Quizás sea un rollo zen eso de quedarse mirando la pantalla hasta que todo acaba, no lo sé. Trabajo delante de una rotonda, y muchos de los vehículos que circulan por aquí se portan como auténticos pilotos de fórmula uno. Os invito a todos a que vengáis con vuestras neveras y vuestras sillas de playa y toméis posiciones en la acera. Cada cinco o seis días suele haber alguna colisión, y con frecuencia la gente llega a las manos, o sea que la diversión esta asegurada, aunque de alcanzar el nirvana, nada de nada.
Desde aquí algunos consejos para animar este deporte.
Los coches deberían tener tres ruedas en vez de cuatro, una sola si se trata de una moto. Camiones y motos podrían competir a la vez y unos y otros tendrían licencia para pasar por encima de su contrincante.
Los vehículos podrían estar conducidos por pacientes de un sanatorio mental, por ciegos, por monjas, por presidiarios, por políticos o por robots con cuerpo de japonesas.
Los participantes tendrían que repostar robando el combustible al resto de conductores con un tubo de goma.
Cada cinco minutos se permitiría la invasión de la pista por parte de los espectadores, y a los supervivientes de les regalaría una camiseta conmemorativa y unas gafas 3D.
En la torre más alta del circuito se colocaría un francotirador que dispararía eventualmente según los bostezos del público.
Al ganador de la carrera se la otorgaría una pastilla de jabón que tendría que ingerir en menos de tres minutos (sólo entonces acabaría realmente la carrera).
En sucesivas ediciones la toma de la pastilla se sustituiría por la de un calcetín repleto de tuercas, el cable de un teléfono, el cepillo de una escoba o un barco pirata de corcho. Una vez haya finalizado todo, pilotos, espectadores, organizadores de la carrera, jueces y el francotirador, volverían a casa y se coserían los genitales al mando de la tele con una bobina de hilo de pesca.