domingo 25 de octubre de 2009

UN EXITO INESPERADO


Después de probar mi tos y dejar parte del estómago en el suelo, podía decirse que ya estaba despierto. Eso solía ocurrir pasado el mediodía. Entonces trataba de quedarme lo bastante quieto y silencioso para no despertar al hambre.

El hambre y yo compartíamos apartamento. Una caja de zapatos jubilada a la que un tipo le había puesto una ventana y un cerrojo. Al atardecer le echaba un vistazo a la nevera. Metía dentro la nariz, aspiraba un poco de aire fresco y me preparaba un viaje.

Ya de noche agarraba mi sombrero y salía por la puerta con Daisy bajo el brazo. Hora y pico más tarde llegaba al club. El pico dependía de los problemas del camino. A veces los problemas me sacudían en un callejón. En ocasiones lo hacían en un coche patrulla. Pero de una manera u otra me dejaban lo bastante entero para el señor Weinstein. Luego me sentaba junto a los chicos de la banda y pegaba los labios a Daisy. Y así cuatro noches por semana.

Antes de cerrar el club el señor Weinstein colocaba un sobre junto al estuche de mi trompeta. Ella pagaba las facturas, así que por mi estaba bien. No esperaba ninguna palmada en la espalda. Eso me habría tumbado.

Cuatro noches por semana volvía a la caja de zapatos con un sobre delgado y Daisy bajo el brazo. Las lágrimas trataban de asomar la cabeza de vez en cuando, pero afortunadamente para mí, nunca había nadie mirando.

Una noche de vuelta a casa, alguien dispuso una lluvia de estrellas sobre mi cabeza. Me quité el sombrero y contemplé el espectáculo. Era la primera vez que las veía moverse tan rápido, pensé. Cerré los ojos y murmuré un deseo.

Y entonces, sucedió.

Cuando desperté, Rosemary, que así se llamaba mi enfermera, estaba colocando un ramo de orquídeas en un jarrón con agua. Había flores por todas partes. Imaginaba que había muerto e interrogué a la chica. De eso nada señor Shapiro, dijo. Esta usted en el hospital St Vincent. ¿Y quién paga las facturas?, pregunté. No es algo de lo que deba preocuparse, contesto la enfermera tras correr las cortinas. ¿Y las flores? Deben de ser de su ángel de la guarda, soltó antes de cerrar la puerta. Después el sol quemó la habitación y volví a quedarme dormido.

De vuelta a mi apartamento con Daisy bajo el brazo, al casero casi le da un infarto cuando subió as escaleras a toda prisa para decirme que tenía una llamada. ¿Una llamada? Es su agente creo. Creí que había muerto, o cambiado de oficio. Bajé las escaleras de una zancada y agarré el auricular. Howard al aparato.

Uno de mis temas iba a ser incluido en una película. Hollywood, ahí es nada. Tenía que moverme a Los Ángeles y firmar un contrato. De paso tocaría en algunos garitos y repasaría el tema femenino en la costa oeste. La suerte me sonreía por una vez. Que había hecho para merecerla me traía sin cuidado. Antes de partir hablé con mi médico. Me firmó algunas recetas y tuvo esa clase de charla conmigo. Asentí, estreché su mano y tomé un tren.

California era luz y estrellas las 24 horas del día 365 días al año. Pasé los siguientes seis meses recorriendo cada club, cada fiesta y cada cama que me encontraba por el camino. Incluso aparecí en la escena de una película junto al actor Randolph Scott. Se rumoreaba que al tipo le atraían las pollas, pero conmigo fue más que correcto. O puede que simplemente no le gustasen los negros. De todas maneras aquello me abrió las puertas del cine. Con él llegaron más fiestas, más camas y otras puertas. Y entonces alguien me habló de Europa.

París era una fiesta, una fiesta que no parecía querer acabar nunca. Y en aquella perpetua celebración conocí a la que sería mi esposa durante mi año francés, Sofía. Una belleza italiana a la que le encantaba el jazz, el champán y la piel de cobre, sin importar el orden de todo aquello. Gracias a ella Daisy pisó el escenario de la ópera de París. Una noche recibí una ovación de más de treinta minutos. No pude evitar bostezar.

Sabía que estaba en lo más alto, pero ignoraba que una vez arriba cualquier descuido me llevaría rodando de nuevo al callejón. Esa sensación no paraba de rondarme la cabeza.

De vez en cuando recordaba los viejos tiempos y la miseria. Tenía postales de la amargura colgadas en la pared. A mi mente volvían las palabras del doctor; si, aquella charla.

Un día unos tipos echaron abajo la puerta de mi camerino en un teatro de Madrid. Yo estaba tirado en el suelo, nadando en un charco de porquería. Recuerdo a Sofía acompañarme hasta el asiento del avión, y después de eso, tan solo las nubes primero, y las estrellas horas más tarde. Moviéndose rápido, como nunca las había visto salvo aquella noche.

Semanas después recibía una carta de mi princesa italiana. Problemas con el visado le impedían venir a verme a Nueva York. Finalmente la burocracia mató nuestro matrimonio con un sello y una carta certificada. Mientras firmaba los papeles subieron gritos de la calle. La guerra había estallado. Supuse que eso acabaría echando tierra sobre el ataúd, y así fue.

Mientras tanto, y durante algún tiempo, pude seguir tocando en el local del señor Weinstein. Los soldados iban y venían; escuchaban algunas de mis canciones tristes, y se embarcaban hacia Europa. La mayoría iba a perderlo todo, así que sabían de que les hablaba.

Finalmente un día recogí mi sobre delgado y eché un vistazo al club por última vez. De camino a mi apartamento un tipo de uniforme me entregó una octavilla. Leí aquella hoja mientras acababa con las provisiones de mi nevera.

Mirando las olas desde el barco pensé en Daisy olvidada en el escaparate de una casa de empeños. Le dí un último beso a través del Atlántico y volví al catre. La armónica de un muchacho de Louisiana resonó en el camarote durante todo el viaje.

Tras dos semanas mareado desembarcamos. La guerra nos recibió con los brazos abiertos. Para un yonqui no había nada como la alta mar para olvidar el hábito. Aún así, sabía que el hábito no iba a darme la espalda tan fácilmente.

Los dos primeros meses en el frente me bastaron para convencerme de que Dios debía de haberse tomado un montón de días libres. Me dediqué a sobrevivir. Para mi sorpresa se me dio de perlas. Suerte supongo.

Un día frente a la costa francesa me pareció ver de nuevo aquella lluvia de estrellas, pero al amanecer, la única lluvia que vi era de proyectiles, y esa no concedía ningún deseo, a menos que tu deseo fuese acabar muerto.

Y después de todo aquello quién me iba a decir a mi que París seguiría de fiesta. A los alemanes les importaban más las piedras que las personas, y la ciudad todavía lucía como ninguna otra.

Tan pronto como limpiamos la ciudad, alguien me reconoció y no tardó en ponerme una trompeta entre las manos. Aquel instrumento no tenía nombre, aun así cerré los ojos y fingí que se trataba de Daisy.

Esa misma noche hubo mujeres, vino y una fiesta. Alguien me contó las aventuras de Sofía con un sargento alemán. También me explicaron cual era la inscripción de su lápida, y lo que significaba. Al hacerlo brindaron. Había tanto por celebrar. Pero aquello me entristeció, aunque cuando las lágrimas asomaron la cabeza no había nadie mirando.

La noche avanzaba y yo sabía que mi viejo amigo se hallaba cerca, así que cuando una muchacha colocó aquella goma en mi brazo, dejé que el émbolo me empujase hasta lanzarme de nuevo al callejón.