jueves 23 de julio de 2009

AMARGURA

Antes de nada lector, querido, espero que comprendas que he tratado de atrapar todas la palabras. Aparecieron de repente, aporreando la puerta. Como todos los problemas del mundo.

Fue decirle que no y al poco rato ya la tenía llorando. Sus lágrimas se mezclaban con las del telediario, las explosiones, los niños famélicos y la crisis de la banca.

Ya estamos pensé, y me largué a la habitación, que como el resto de la casa se arrastraba por el suelo. Me tumbé en la cama.

Quería ahorrarme la descorazonadora visión de mi barriga y abrí un libro. No quería nada más, solo tapar aquello. Cinco minutos y descansaba sobre mi, subiendo y bajando, abierto por una página cualquiera. Al ritmo de mis pesadillas.

Era domingo y yo me había negado a llevarla a la playa. Nada más. Allí me sentía como una hormiga, recogiendo pedazos de sol para el invierno. Rodeado por la tribu dominguera y sus piruetas. Toallas, sombrillas, pelotas, rastrillos, gafas de sol y cáncer de piel. Yo no quería ser uno de ellos. No quería ser uno de NADIE.


    • Es mi único día libre. Nunca vamos a ningún sitio.

    • Esta llena de gente, le dije. Tengo que conducir. No me apetece ni lo uno ni lo otro.

    • ¿Qué clase de vida es esta?

    • Podemos ir cualquier otro día, donde esta el problema. ¿Por qué pelear por medio metro de arena?

    • ¿Cuándo has peleado tú por cualquier cosa?

    • Discutimos ayer, discutiremos mañana y puede que también al siguiente. ¿No es suficiente pelea?

    • Vete a la mierda, me dijo.


Y me metí en la habitación.

Cuando desperté el corazón me palpitaba como el tambor de una banda de música. En el sueño me atacaban un montón de ratas surgidas de las entrañas de la tierra. No sabía que podía haberlas cabreado de aquella manera, pero ahí estaban. Y parecían organizadas. Las ratas de laboratorio permanecían en la retaguardia esperando las medallas. Las ratas de cloaca mordían como cabronas y eran la primera linea de ataque, pero estaban abocadas a una muerte segura. Yo me defendía prendiéndoles el culo con un lanzallamas. Ni idea de donde salió el arma, ni de como habría aprendido a utilizarla.

Aún así disparaba llamaradas de cinco metros a diestro y siniestro contras aquellas bestias. Las ratas emitían un chillido agudo y después se quedaban panza arriba con las entrañas alborotadas. El olor era insoportable, pero no podía disparar y taparme la nariz al mismo tiempo.

En algún momento la llama perdía fuerza y me veía cubierto por cientos, miles de ratas hambrientas. No había duda, las relaciones entre el escribe y su subconsciente no atravesaban por su mejor momento lector, querido.

Me desperté sacudiéndome, no fuera que una sola de aquellas bestias me hubiese acompañado en mi viaje de vuelta.

Ratas.

Parecía que el volumen de la tele se había estropeado al llegar al diez, y no había quien le bajase los humos. Ahora el sonido del melodrama de la tarde televisiva ahogaba el sonido del melodrama de la tarde del domingo en el planeta tierra, concretamente en nuestra casa.

Salí de la habitación y busqué mis pantalones y un cigarrillo. No me gustaba caminar por la casa en calzoncillos después de una pelea. De hecho me hubiera quedado en la cama hasta el anochecer, pero quería un cigarrillo y acabar con aquel estruendo.

Recogí mis pantalones de encima de la mesa, justo al lado del cadáver de un plato de arroz. Miré en los bolsillos, pero el tabaco había desaparecido. Juraría que había un cigarro de la noche anterior.

Miré en la cocina.

Ella estaba preparando pastelillos de chocolate en ropa interior. Manejaba una sartén con una mano y con la otra sostenía un porro. Había empleado mi último cigarrillo en aquel canuto. Sentí una rata subiéndome por la pierna. Deseé estar en la playa cociéndome vivo.

Con el paso de los años acudir a orillas del mar me llenaba de amargura. La mayoría de los tipos habían sidos esculpidos con un cincel y horneados a conciencia. Debería importarme poco menos que una mierda, pero aquello me corroía. Todo músculo y corte de pelo marcial. Quizás no sirviesen ni para levantar una carretilla, pero el mundo les señalaba con un dedo triunfante. El resto solo servíamos para cargar con las culpas y temer al infierno. Ellas, mientras tanto, se pavoneaban con sus pezones desaliñados y sus tres agujeros bañados en sudor y agua salada. Quien las pillara parecían pensar algunos. Yo solo quería apartarlas de mi vista.

Después de un desfile de modelines playeros sentía nauseas al palparme la barriga en cuarto creciente. Me habían enseñado a menospreciar la carne fofa. Ahora tocaba dispararle al espejo.

Si comparaba el mercado de la carne femenina con mi mujer, me sentía inmundo. Mi polla ni podía engañar a nadie. El deseo se había ido por el desagüe, junto a la tierra mojada.

Prefería visitar las olas en invierno. Era más saludable. Sobretodo con un anillo.

Volviendo al cigarrillo, nadie le quita el último pitillo a un hombre. Es una de las normas. Y aunque no estén escritas en ninguna parte todo el mundo debería conocerlas. Eso pensé lector, querido.

Salí de casa. Los chinos se habían hecho con todos los bares de la manzana, que no cerraban a no ser que un meteoro les hundiese el negocio. Compré tabaco nada más cruzar la calle; vacía, con el sol dibujando oleadas de bruma mareada en el asfalto. De vuelta a casa me tope con el vecino de la puerta de al lado. Un abuelo que vivía con su hija divorciada y tres críos de ojos saltones y cabeza torcida. La semana anterior a ella la habían llevado a casa en una silla de ruedas con un bote de suero conectado al brazo. Al parecer se había caído dentro de un bote de píldoras y tubo que tragarlas todas para salir a la superficie.


    • El lunes hay una reunión de propietarios, me dijo. Deberías venir. Es a las ocho de la tarde, en el portal. Tenemos que elegir un nuevo presidente para la escalera.

    • Lo siento, le dije. Vivimos de alquiler.

    • Quería comentarte...Algunos se han quejado de los ruidos y de las, ejem...de las voces y las peleas.

    • De verás. Trataré de no pegar a mi mujer después de las diez.

    • ¿Cómo?

    • Es por culpa de nuestro hijo retrasado. Lo escondemos en el armario y le damos un cubo con cabezas de pez. Creo que se ha cansado del pescado. Menuda ruina.

    • Vaya...

    • Podrías transmitírselo al resto de vecinos, con mis disculpas. Muchas gracias.


Subí las escaleras y abrí la puerta. Seguía en la cocina. La ventana abierta. El extractor de humos a plena potencia. Al menos la tele se había ahogada en su propio grito.

La ropa interior había desaparecido.

Al verme colocó un plato de pastelillos bajo mis narices. Me senté en una silla y engullí para matar la amargura. Pero solo conseguí enterrarla un poco bajo una capa dulce de huevos, harina, leche y cacao.

Ella ya había hecho desaparecer parte de la suya, como un fiambre que molesta, y cuando acabé me acompañó de la mano al sofá. Ibamos a tomarnos un respiro, como Dios.

Noté un bulto en los calzoncillos. Después una mano, y durante los anuncios a la mano le salieron dientes y una lengua. Una mamada precoz.

A los seis minutos celebramos su funeral. Todo el mundo habló bien del muerto, y los que no tenían nada que decir mantuvieron la boca cerrada.



1 comentarios:

yo! dijo...

maravilloso...escrito querido.(^_^)