miércoles 17 de junio de 2009

UN CAMPING LLENO DE MOSCAS

A toda velocidad nuestro autocar fue sumergiéndose en una arboleda angosta que se extendía a ambos lados de una carretera jamás asfaltada. Los temerosos baches y badenes amenazaban con atraparnos dentro o escopetearnos sin una dirección definida. Yo tenía la impresión de viajar a bordo del estómago de una ballena, atravesando un bosque ondulante de abetos centenarios desde donde las ardillas sin duda nos observarían con profunda preocupación.

El conductor tenía prisa por dejarnos en tierra y alejarse lo más pronto de nosotros. Ya había perdido los estribos cuando apenas llevábamos cubiertos tres cuartos de hora de nuestra ruta, y un anónimo y grasiento sandwich de atún colisionaba contra su coronilla, provocando que la cola de la ballena diese un bandazo que a punto estuvo de hacernos volver a casa en una caja de pino pegada a una cruz. Eran las nueve de la mañana entonces, y cuando poco después de las dos el autocar contratado por la escuela frenaba en seco al llegar al párking de tierra de Montpelsec. El tipo abrió la compuerta del portaequipajes y a toda prisa comenzó a lanzar fuera nuestras bolsas de deporte y mochilas, y también las maletas de Abraham, que al caer al suelo levantaron una terrible polvareda. Parecía exhausto aquél gordinflón haragán. Las destilerías ocultas en los subterráneos de su orondo cuerpo de bebedor licenciado le hacían sudar a borbotones. Si te descuidabas los chorreones podrían arrastrarte hasta la reja de una alcantarilla. Igualmente, si afinabas el oído y te colocabas lo bastante cerca podías oírle mascullar entre dientes, malditos críos hijosdeputa, malditos sean.

Cuando el leviatán había expulsado el último bulto de nuestro equipaje, el conductor le entregó una especie de albarán a uno de los encargados del camping que había salido a recibirnos. Dsùes de aquello, recuerdo verle después salir disparado con el autocar echando humo y pararse unos metros más adelante. Lo veo como si estuviera ocurriendo en este preciso instante. Tobi Tobias baja del autocar en marcha por la compuerta lateral de la izquierda mientras se abrocha los pantalones y acude al trote hacia nosotros. Nada más verlo Percebal agarra su bolsa de canicas y escoge diez bolas de color azul y de mala gana las deposita en las manos de los hermanos Petroveitz. Los Petroveitz vuelven a contarlas y se miran entusiasmados. Mientras, el gordo borrachín reanuda su camino y abandona Montpelsec con dos enormes y humeantes zurullos color chocolate negro ocupando uno de los asientos de ventanilla de la cola de la ballena.

Tras aquella exhibición de Tobi T, dos monitores de dispusieron a recibirnos con los brazos abiertos. Eran todo buenos días, saludos afables y sonrisas de cara cortada. Aquél par de gaitas se nos presentaron como Javier y Julian, pero no tardamos en bautizarlos como los jota. Estábamos tan alegres y divertidos con la conducta de ese dúo tan dinámico que todos nosotros acudimos en masa para entrechocar nuestras manos con las suyas, como niños hambrientos a la caza de una golosina. Pero conforme nuestro abrazo se hacía más cerrado, los jota recularon algo recelosos de nuestra espontánea efusividad, y nos sugirieron formar un par de filas de estilo marcial allí mismo, en el aparcamiento. Ya no volvieron a saludarnos con la mano, algo que de todas maneras estaba fuera de lugar; en alguna ocasión los muy vainas insistían en tratarnos de usted, como a empresarios o a la poli. Creo que estaban conmovidos y algo sorprendidos por un no se qué de corriente eléctrica que emanaba de cada uno de nosotros, estoy seguro de ello.

Iniciamos la representación pronunciando nuestro nombres en voz alta seguidos por el apodo de todo aquél que uno poseía. Los alias equivalían al rango dentro del cuerpo de exploradores chalados de la politécnica escuela privada, y los jota lo encontraban algo divertido y novedoso. Uno de ellos fue tachando nombres a medida que nuestra presencia era confirmada con un vozarrón. Al llegarle el turno a Renée, tomamos aire y entonamos un caustico MARICA semejante al sonido de un graznido a través de una tubería de acero. Renée no pudo hacer otra cosa salvo enrojecerse como el corazón de una sandía. Para los jota aquél fue el momento en el que advirtieron lo que se les venía encima.

Sucedió entonces que un furioso criajo franchute la tomó con Juan Carlos, el imbécil absoluto y al que todos los niños debían pegar con cierta asiduidad, incluso Renée, que al tenerlo más cerca que a cualquier otro, no tuvo un instante de duda, y tras soltarle un guantazo de aquí te espero siguió castigándole las costillas a puntapiés cuando Juan Carlos cayó desorientado al suelo.

Percebal, el único de nosotros que no había llamado marica a nadie y que aún no tenía su bolsa de canicas a buen recaudo, comenzó a balancearla como si de una pequeña cachiporra se tratase, y tras golpear con acierto la nuca del mayor de los Petroveitz, y con el chaval judío tratando de zafarse de una segunda ostia, dio el pistoletazo de salida para que una pequeña batalla campal sirviese de bienvenida sin saberlo, a un segundo autocar, que ajeno a todo, disminuía de velocidad sigilosamente al acercarse a Montpelsec, y desde el cual, docenas de niñas contemplaban atónitas a los chavales de sexto curso luchando entre ellos como aprendices de taberneros, y de entre ellos, a un un desatado gigante africano apodado el Negro, que alzaba por los aires a cuantos chavales encontraba a su paso hasta que fue derribado por el gordito Jorge, quien tras tomar carrerilla desde muy atrás y desplazar sus lorzas con una furia simiesca, se convirtió en un ariete capaz de agujerear una montaña.

continuará...




3 comentarios:

vio dijo...

Leviatán...qué palabra...

DAVIDSARA. dijo...

Si. Como constrictor,

vio! dijo...

Licántropo!