lunes 15 de junio de 2009

UN CAMPING LLENO DE MOSCAS

A grandes rasgos éramos Renée, que cuyos padres eran franceses y le habían convertido en marica desde la matriz, y Diego, un muchacho sanote al que le gustaba encaramarse al árbol más alto y desde allí arriba escupir a los chicos que lo observaban boquiabiertos, y Percebal, que tenía complejo de hombre justo y que solía arrearte con una bolsa repleta de canicas cada vez que su sentido de la justicia le obligaba a ello, y Ronaldo, que era de Puerto Rico, pero que en realidad se consideraba norteamericano y al que todos nosotros solíamos dar de ostias de vez en cuando para devolverle a Puerto Rico, y Oscar Estrada, hijo de agricultores y que soñaba con conducir un tractor y ponerse a plantar hortalizas nada más acabar la escuela, y por supuesto Sánchez, un matón de barrio que años más tarde acabaría en la cárcel tras hundir la cabeza de un martillo en la nuca de un taxista. También formaba parte de aquella sorprendente excursión Iván Petroveitz, el hermano pequeño de Israel Petroveitz, Aurelio, al que todos al principio del curso creíamos tan marica como Renée, pero que en realidad era el único de nosotros que se había acercado lo bastante a un coño de verdad, cosa que en aquel entonces nos bastaba para bajar la mirada y mostrar algo de respeto. Y Juan Carlos Pedrea, que era un auténtico imbécil, y Abraham, el chico más rico de la clase, siempre con las zapatillas de deporte más caras y un reloj de pulsera con calculadora, cronómetro y linterna; sus padres podían ser millonarios pero la dentadura del crío siempre estaba hecha un ruina, podrida como su alma. Daniel el Negro era nuestra nota de color. Un chaval angoleño con una polla que parecía la trompa de un elefante o un pedazo de pitón atado a la cintura. Medía casi metro ochenta y de noche solía asustarnos posicionándose a un lado de la cama, alumbrándote con unos enormes ojos africanos mientras te agarraba una mano y sostenía su desproporcionado monstruo en la otra. Y como no, Israel Petroveitz, el hermano mayor de Iván Petroveitz, del que se rumoreaba que había sido separado al nacer del abdomen de Iván, hasta que una tarde nos mostraron la cicatriz colocándose uno al lado del otro y todos salimos disparados berreando como animales al descubrir aquel capricho de la creación, todos menos Juan Carlos Pedrea, que tras reírse de los hermanos y soltar una desafortunada broma acerca de la mamá de ambos, acabó recibiendo una paliza a cuatro manos hasta que comenzó a vomitarse encima confundido por la inesperada furia judía de los Petroveitz.

Y Tobi Tobias, siempre preparado para hacer lo que hiciera falta y demostrar cualquier cosa que se le pasase por la cabeza. Y Jorge, un chaval con sobrepeso poseído por el espíritu del rey de los gorilas y que amenazaba con acabar con el lago de Montpelsec de una sola zambullida. Y también estaban Sandro, nuestro suministro de cigarrillos, alcohol, tebeos y revistas con mujeres desnudas, y yo, y otros seis o siete chavales cargados de azúcar e ideas novedosas acerca de como debían hacerse las cosas en aquél paraíso natural.

Los recuerdo a todos y a cada uno de ellos desembarcar del autobús como un mal presagio, y a una bandada de pájaros abandonar apresuradamente su oculta presencia en las grandes copas de los árboles, adelantando el proceso migratorio en presencia de aquella panda de rufianes.

continuará...




2 comentarios:

Tobi´s fan ! dijo...

Tobi´s in the house !!

DAVIDSARA. dijo...

The house of rising Tobi.