Mis recuerdos de lo que sucedió forman varias cordilleras de penachos y cascotes que se extienden por la vasta meseta de mi imaginación, y en otras palabras y para que seas capaz de imaginarlo tu también, la cosa sería de esta manera: como si un horrible terremoto hubiese acabado con las viñetas de Miguel Angel amontonadas o esparcidas en el suelo de mármol, formando un puzzle multicolor sobre el que flotaría una nube de polvo gris aciago, para que rápidamente, un monaguillo con el rostro y el culo de Joseph Merrick acudiese a pies de la catástrofe arrastrando una boa constrictor entre las piernas, un bicho curioso de carácter templado que mea cola de contacto para unir los murales formando un nuevo techo, una reliquia mutada, un cocktail venerable o la revelación de un nuevo lenguaje, todo ello unido con prisas existencialistas para evitar que los turistas que se amontonan tras la cinta amarilla de la policía papal, profanen la capilla en busca de divinos fragmento de roca para colocar sobre el televisor, como aguanta libros, o quizás bajo la pata rota de a mesa del mueble comedor.
Y de entre la polvareda y el olor a esperma pegajoso, Tobi T emerge con la cara arrugada y las yemas de los dedos en relieve por la marea de agua cristalina y tramposa del lago de Montpelsec, y el pelo cubierto de algas dulces y una estrella marina de lago clavada en la sien. De la misma manera apareces Tobi T, como en aquella postal efímera del medio día caluroso del verano de 1986 en el que decidiste beberte tú solito toda el agua de Montpelsec con un trago desesperado, como si el camping de las moscas del valle de Adán no ofreciera las suficientes distracciones.
Y recuerdo también que semanas después de tu huida al país de la muerte, la clase al completo presenció con tontería solemne tu nicho, en el piso tres de una colección de nichos del cementerio de San Argel, con aquel pedrusco tapando la salida al exterior de tu fantasma en el que se podía leer la leyenda“aquí yace un tonto del culo, 1974-1986, tus adorable padres no te olvidan”. Y al salir por la puerta del cementerio guiados por el séquito de borrachuzos pedófilos compuesto por el gordo castrati maestro de ciencias y el andoba de educación física, un inepto que ya podría haber impartido clases de esgrima, de cocina, de cartografía o de números primos, que siempre lo haría con un ojo puesto en los brotes imberbes que nos crecían en la entrepierna, al salir digo, todos los chicos y chicas de la clase comenzamos a vitorear al muerto y a descojonarnos de risa de los peatones, y de los coches que circulaban por allí, ¿y por qué?, y a tocar a los timbres de de los edificios colindantes a nuestro desfile, ¿y por qué?, y a cruzar las calles sin importar los semáforos, ni las señales, ni las rayas en el suelo, ni los agentes de tráfico, ni la posición del sol ni los engreídos anónimos que se atrevían a recriminarnos nuestra actitud y a señalarnos con el dedo, ¿y por qué? Todo ello teniendo en cuenta que nuestra temeridad, podíamos acabar cualquiera de nosotros en uno de aquellos agujeros excavados en la piedra junto a Tobi Tobias y su aburrida lápida, ¿y por qué? Simplemente por que habíamos pasado el mejor verano de nuestras vidas en el camping de las moscas y ninguno de nosotros sentía atracción alguna por volver a sentar el culo para recibir seis, siete u ocho horas de clase diaria durante los siguientes tres años. Así que nos trajimos la algarabía, la cornucopia, la hidrofagia, la sinestesia, la cefalopia y la ingeniería escondida en los bolsillos, en los calcetines, o bajo las uñas de los pies, y luchamos en vano por estirar el verano hasta que el mundo entero lanzase montañas de confeti desde los edificios altos en señal de alegría, reconocimiento y admiración, sobre las cabezas de nuestra comparsa de vital comunión con la vida. Y aunque nosotros solo éramos una colección de disfuncionales mocosos y ellos un ejército de gigantes armados con pantalones de pinzas y reglas de plástico, conseguimos plantarles cara dignamente y con algunas batallas realmente notables. Con batidas, escaramuzas, atentados, guerrillas, granadas, flechas, piedras, aguijones, pedos y escupitajos, y de todo aquello este es el resumen, la historia del camping de las moscas, Tobi Tobías y el verano del 86.
continuará...

4 comentarios:
mola!
mmm...
veranos..
pff...
coles..
Tobi Tobías ...
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