En pocas semanas había arrastrado la polla de la fotocopiadora a la imprenta, buscando el sentido de la vida bajo la bata de la mujer de la limpieza o a horcajadas sobre las tetas de la primera responsable de ventas, eyaculando encima de sus falsas gafas graduadas y aclarando sus visión de las relaciones laborales. Fijando mi comisión de jodienda en aquella empresa informativa que no era menos que una broma en las manos de unos exaltados miembros del Opus. Unos tipos blanquecinos y de peinado noble acostumbrados a recibir al tanto que admiraban la cruz en todo lo alto mientras detrás un dildo o un crucifijo embadurnado, de plástico o cuero duro, hacía el trabajo sucio en sus benditos traseros.
Puede que fuese el abrirse a pollazos o el producto de la ambición o ambas cosas a la vez, pero el caso es que fui escalando puestos en el diario apocalíptico a medida en que disminuía el número de agujeros en los que hube clavado la bandera, arrasado sus tierras y firmado la rendición sin condiciones.
con la nueva representante El director de la pantomima informativa, un adversario ridículo para cualquiera con una pizca de gusto a la hora de vestir o habitar en el planeta, coronado con un flequillo que parecía una fregona deshilachada escondida décadas atrás en las profundidades de un wáter de carretera, me había encomendado, seguramente tras consultas con algún afeminado armado con una sotana o un cuervo come bebés del partido, sendas entrevistas con las dos principales propuestas hembras para tirar del país hacía aguas menos fecales y turbulentas, aún desconocidas para el tonto pueblerino que arrimaba la papeleta a la urna por la sangre derramada del abuelo en la cuneta y porque la mañana de domingo no parecía ofrecerle otra alternativa aparte de esa, la del balón y la de echarle un manguerazo al coche familiar en plena calle. Se trataba de parlotear con las dos candidatas de los dos únicos partidos con posibilidades de victoria. Primero habría de camelar a la cabecilla roja de la oposición para más tarde contrastar la alquimia de su teatrilloderechona adoctrinada para substituir al administrador de los bienes del populacho. Un tipo simpaticote y llano del que se comentaba en las esferas cercanas al barbudo, lo mucho que le gustaba jugar con muñecas y con las niñitas que jugaban con muñecas en la intimidad de su despacho presidencial.
La socialista, bienpensante a la par que altiva, me acogió parapetada por asesores y gente de la seguridad en la terraza de un céntrico café de opulencia meridiana a la sociedad esa de la que tanto hablaba y a la que juraba protección tras una substanciosa avalancha masiva de votos con su nombre compuesto y extenso. Nombre de familia poderosa y adinerada claro, acostumbrada a dar cobijo a los pobretones a cambio de un salario excelso si de masticar arena uno aspiraba a vivir. Puta total, había dejado al bisturí del doctor de las estrellas maniobrar por encima de sus curvas, que si antes eran demasiado pronunciadas y con sobresaltos imprevistos, ahora invitaban a recorrerla de saliva y tejerle con esperma las iniciales D. C. A. en su piel tuneada de uva.
La candidata de derechas era tan puta como la de izquierdas. Afincada en su despacho le estreché la mano aunque hubiera preferido agarrarle un pecho o pellizcarle el coño. Su gente parecía haber germinado de la misma cópula de chupapollas sin escrúpulos que se amasaban dinero encima de las esperanzas de los ciudadanos. Como la aspirante roja, se había dejado coser hasta parecer la ama de casa porno del anuncio de detergentes.
Frente a ambas era imposible darle impulso a aquél artículo. Mi erección tomaba las riendas y comenzaba a causar alerta entre los hombres de negro de uno y otro bando. Y finalmente ocurrió lo inevitable cuando la erótica del poder, arrastrándome cremalleras abajo, me llevó a profundizar en el programa electoral a través de gargantas profundas y culos en alto, para asombro de los presentes, que poco a poco eran invitados a perder el tiempo en otro lugar mientras saboreaba las mieles del éxito directamente de aquellas vaginas de mediana edad.
Puede que fuese el abrirse a pollazos o el producto de la ambición o ambas cosas a la vez, pero el caso es que fui escalando puestos en el diario apocalíptico a medida en que disminuía el número de agujeros en los que hube clavado la bandera, arrasado sus tierras y firmado la rendición sin condiciones.
con la nueva representante El director de la pantomima informativa, un adversario ridículo para cualquiera con una pizca de gusto a la hora de vestir o habitar en el planeta, coronado con un flequillo que parecía una fregona deshilachada escondida décadas atrás en las profundidades de un wáter de carretera, me había encomendado, seguramente tras consultas con algún afeminado armado con una sotana o un cuervo come bebés del partido, sendas entrevistas con las dos principales propuestas hembras para tirar del país hacía aguas menos fecales y turbulentas, aún desconocidas para el tonto pueblerino que arrimaba la papeleta a la urna por la sangre derramada del abuelo en la cuneta y porque la mañana de domingo no parecía ofrecerle otra alternativa aparte de esa, la del balón y la de echarle un manguerazo al coche familiar en plena calle. Se trataba de parlotear con las dos candidatas de los dos únicos partidos con posibilidades de victoria. Primero habría de camelar a la cabecilla roja de la oposición para más tarde contrastar la alquimia de su teatrilloderechona adoctrinada para substituir al administrador de los bienes del populacho. Un tipo simpaticote y llano del que se comentaba en las esferas cercanas al barbudo, lo mucho que le gustaba jugar con muñecas y con las niñitas que jugaban con muñecas en la intimidad de su despacho presidencial.
La socialista, bienpensante a la par que altiva, me acogió parapetada por asesores y gente de la seguridad en la terraza de un céntrico café de opulencia meridiana a la sociedad esa de la que tanto hablaba y a la que juraba protección tras una substanciosa avalancha masiva de votos con su nombre compuesto y extenso. Nombre de familia poderosa y adinerada claro, acostumbrada a dar cobijo a los pobretones a cambio de un salario excelso si de masticar arena uno aspiraba a vivir. Puta total, había dejado al bisturí del doctor de las estrellas maniobrar por encima de sus curvas, que si antes eran demasiado pronunciadas y con sobresaltos imprevistos, ahora invitaban a recorrerla de saliva y tejerle con esperma las iniciales D. C. A. en su piel tuneada de uva.
La candidata de derechas era tan puta como la de izquierdas. Afincada en su despacho le estreché la mano aunque hubiera preferido agarrarle un pecho o pellizcarle el coño. Su gente parecía haber germinado de la misma cópula de chupapollas sin escrúpulos que se amasaban dinero encima de las esperanzas de los ciudadanos. Como la aspirante roja, se había dejado coser hasta parecer la ama de casa porno del anuncio de detergentes.
Frente a ambas era imposible darle impulso a aquél artículo. Mi erección tomaba las riendas y comenzaba a causar alerta entre los hombres de negro de uno y otro bando. Y finalmente ocurrió lo inevitable cuando la erótica del poder, arrastrándome cremalleras abajo, me llevó a profundizar en el programa electoral a través de gargantas profundas y culos en alto, para asombro de los presentes, que poco a poco eran invitados a perder el tiempo en otro lugar mientras saboreaba las mieles del éxito directamente de aquellas vaginas de mediana edad.
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