Robin Hood miraba a ambos lados desde el centro de la calle. Una rata asomaba la cabeza desde una alcantarilla.
¿De dónde había salido?
La ciudad patética palidecía. Hood vestía todos los tonos del bosque. Chaqueta verde, chaleco marrón, camisa mostaza y pantalones rojo teja.
Había venido para robar y lo primero que hizo fue hacerse con todos los colores.
Dió un paso decidido. A los pocos segundo la gente por decenas se le pegó a la curva del culo. El tipo tenía estilo. Como un actor inglés rudo y con barba de varios días.
Todos querían alguna cosa de Robin de los Bosques.
Las respuestas y el dinero.
Robin echó la vista atrás y orgulloso observó la muchedumbre.
Esta boquiabierta estudió cada paso.
El tipo se acomodó las mangas de su chaqueta, liberó el cuello de la camisa y lanzó algunas flechas. La masa continuaba entusiamada. Siguieron las puntas hasta verlas desaparecer tras el horizonte de edificios.
Al recobrar el aliento Hood se había largado.
No había ni respuestas ni dinero, tan solo talento en el justiciero.
Todos siguieron a lo suyo.
Unos chicos comenzaron a bailar como robots y un chaval garabateó en su trasero.
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