jueves 26 de marzo de 2009

MEMORIAS DE COÑOS DE PLASTICO

Al primero de todos ellos lo palpé con repugnancia y terror. Era una caverna mojada apartada de la luz, repleta de polvo, arañas y otras bestias. Mi miedo era tal que lo único que conseguí introducir fue el dedo gordo del pie derecho, aunque poco importaba. Estábamos rodeados de agua y de allí dentro no salía otra cosa. Ninguno se corrió claro y yo aguanté una erección dos días escondida bajo mi cara roja de vergüenza. Días más tarde la vi fuera del agua, pero ya no era lo mismo. Sus proporciones no eran las adecuadas, en realidad parecía demasiado pequeña. De haber ido más allá hubiera tenido que firmar una declaración y hacerme la cama en un correccional todas las mañanas de mi adolescencia.
Después hubo un gran vació, de meses, años quizás. Hasta que los depósitos de leche amenazaron con romper los tabiques de mis pelotas. Solo entonces me decidí a salir de pesca. Eran días de primavera y ella una pelirroja con dientes separados y pelo rojo en el coño y en los sobacos. Se me antojó hechicera, y no había nada capaz de sacarme esa idea de mi cabeza. Había superado el asco y jugueteé con su coño, como las manos de un ciego lo harían sobre la tierra seca. Entré y salí varias veces, solo con los dedos, pues ella no ocultaba un pánico desmedido a quedarse preñada o algo peor. Teníamos gomas a raudales, sabíamos como usarlas, pero debía de tener el residuo de alguna mierda cristiana metida en la cabeza y más allá de masturbarla con la mano no se dejaba hacer. Probé a meterle la lengua dentro. Quería probar el sabor de aquella cosa, lo que volvía locos a los hombres desde tiempos ancestrales, pero ella se mostró ofendida y más aún cuando quise meterle la polla en la boca. Entonces nuestra relación se consumió con una torta. No volví a verla. Tiempo más tarde reparé en que su futuro no estaba en el gato negro y en la escoba, pero sí entre las pichas de los clérigos, las sotanas y las ostias.
Me preparé para el torrente. Había estado cerca y el olor me impregnó para siempre. Era un cautivo y mi polla tenía el síndrome de Estocolmo. Salí de caza, una vez uno en el saco los demás caerían por gracia divina supuse, y si no era así saldría a buscarlos, aunque tuviera que mendigarlos a ras de suelo.
Comencé a verme con una niña bien, una estudiante de primera. Cargué con sus libros, la cortejé a todas horas y al final follamos sobre la cama dura de sus viejos. El hombre tenía problemas de espalda me decía. Yo no entendía porque me hablaba de sus padres mientras le conquistaba la matriz. Empecé a imaginar que el tipo se jodía a la chiquilla y no tuve más remedio que descargar antes de tiempo. Por suerte el plástico contuvo la avalancha. Volvimos a la carga cuando pasaron cinco minutos, cosas de los quince y su impertérrita polla dura. Noté que la nena sabía lo que hacía y dominaba la situación en todo momento. Entonces yo ya no albergaba ninguna duda, pero que podía hacer sino quitarle un poco de trabajo al viejo. Pensé en sus problemas de espalda y me la follé durante una temporada. Después di el paso lógico y empecé a acostarme con su amiga. Eso suponía un placer añadido, y la chica tratando siempre de superarse frente al coño de su adversaria y ahora rival, fue un poco más allá y me dio coño, culo y boca a partes iguales. Yo no podía estar más feliz y contento, y repartí toneladas de leche hasta que bajo la piel comenzaron a asomarme los huesos y hube de tomarme un descanso. La dejé con descaro pero antes eché un polvo de despedida con mi niña buena. Me costó convencerla. Ella decía preferir ahora un hombre más adulto, alguien más serio y menos descontrolado. Me la follé contra la pared de la cocina acabando dentro de su agujero más oscuro. Has llegado a la edad adulta ahora le dije, y tras eso cerré la puerta con suavidad y no volví a verla.
Entre tanto debía estudiar y formarme para el mañana. Durante un tiempo me oculté en los libros y solo observé a las mujeres y al mundo a través de una pantalla. Pero no aguanté demasiado y acabé liado con una morenaza que se las daba de poeta, sabelotodo, mujer bandera y de cualquier cosa que tuviera un carné o un diploma en la pared. En esta ocasión era ella la que me follaba, aunque solo parecía interesada en mi polla e ignoraba tácitamente el resto de mi. Hubiera dado igual si jodíamos a través de un muro con un agujero en el medio. Un día se me meo encima. No hubo proposición ni planteamiento ni apuesta, simplemente dejó caer un chorro de orina y se disculpó con una sonrisa. Me levanté con un sobresalto. Evidentemente su meada olía a pis, sabía a pis y salpicaba como el pis. Le dí una bofetada y la loca pareció alegrarse. Que coño pensé, la mee de arriba a abajo, y con el tiempo ella empezó a interesarse afectada por lo que comía o bebía. Jodimos hasta el punto en el que comenzó a hablar de agujas y mierda. La dejé oculta en su guarida lista para el siguiente desgraciado, y me busqué una tía más corriente, de las de andar por la orilla de la playa y mirar juntos una película...
...continuará.

1 comentarios:

henry! dijo...

"Hay conchas que ríen y conchas que hablan; hay conchas locas, histéricas, en forma de ocarinas y conchas lujuriantes, sismográficas, que registran la subida y la bajada de la savia; hay conchas caníbales que se abren de par en par como las mandíbulas de una ballena y te tragan vivo; hay también conchas masoquistas que se cierran como las ostras, con una perla o dos dentro; hay conchas ditirámbicas que se ponen a bailar en cuanto se acerca el pene y se empapan de éxtasis; hay conchas puercoespines que sueltan sus púas y agitan banderitas en Navidad; hay conchas telegráficas que practican el código Morse y dejan la mente llena de puntos y rayas; hay conchas políticas que están saturadas de ideología y que niegan hasta la menopausia; hay conchas vegetativas que no dan respuesta, a no ser que las extirpes de raíz; hay conchas adventistas que huelen como los adventistas del Séptimo Día y están llenos de abalorios, gusanos, conchas de almeja, excrementos de oveja y de vez en cuando migas de pan; hay conchas mamíferas que están forradas con piel de nutria e hibernan durante el largo invierno; hay conchas navegantes equipadas como yates, buenas para solitarios y epilépticos; hay conchas glaciales en los que puedes dejar caer estrellas fugaces sin causar el menor temblor; hay conchas diversas que se resisten a cualquier clasificación y descripción, con las que te tropiezas una vez en la vida y que te dejan mustio y marcado; hay conchas hechas de pura alegría que no tienen nombre ni antecedente y estas son las mejores de todos, pero ¿a dónde han ido a parar?"