Y disfrazado de pavo desplumado inicié una relación con una bella tontita a la que le chiflaban el esquí, la moto acuática y cualquier deporte para tarjetas de crédito. Con ella aguanté unos meses, hasta que un día sugirió el tema de la familia como quien escupe una flema negra y endiablada en el centro de una fuente mágica. Volví atrás sobre mis pies y recordé la estela de vaginas a mis espaldas, y claro, a pesar del aliciente de la pasta y de su entusiasta ramalazo de zorra en el catre, la mandé a hacer puñetas, a ella, su yate, su padre médico y su madre cuarentona y estirada, a la que mil veces me hubiese trincado delante de sus bocas abiertas y perfectas. No había cumplido ni los veinte y ya me querían esposar, mostrarme diez cucharas diferentes para la sopa y otros tantos cubiertos desesperantes para comer el pescado.
Una vez me deshice del lastre continúe mis estudios. La carrera periodística tiraba de mi. La oportunidad de viajar con gastos pagados y juerga asegurada en ambos océanos y sus continentes adyacentes. Meter mi polla en el ártico, en Australia, en Buenos Aires, en Senegal, buenos quizás no en Senegal, pero si en Marruecos, donde a pesar de las palizas y del rey Hassan, las mujeres sanas parecían más que dispuestas para atrapar al cipote occidental entre la espesura de sus selvas de tinieblas.
En la universidad las competiciones de zorras se multiplicaban por doquier. Cada asignatura o especialidad tenía su gran puterío expectante para la hora en la que los estudiantes dejaban a un lado los libros y sacaban sus cuerpos a tomar el aire, a sabiendas de que no había nada de lo que preocuparse mientras papa y mama pagasen la carrera. Y todos y todas felices a ningunear a los papis mientras la polla aprendía termodinámica y el coño números primos en cualquier pasillo con un rincón para el follaje. No conocí sociedad más dispuesta para la autoexploración, el asedio, que la protegida por la docencia.
Con tanto coño alborotador y de ideas liberales no había demasiado tiempo para labrar un futuro. Uno solo quería mordisquear culos y pasear la lengua por cuantos más lugares húmedos mejor. Aun así trabajé duro y empalmé lecturas, corridas, vomitonas, frenesí y tortas hasta dejar atrás el campus, y no volver más que ocasionalmente, solo para declarar zona catastrófica el ano y la boca de una estupenda profesora de literatura inglesa de la que aprendí disciplina, seguridad y coraje, todo ello combinado para retrasar el orgasmo hasta un límite insospechado.
Con la veintena y un buen traje salí en busca de trabajo. Tan importante era el salario y el medio, como quien trabajase a mi lado si se me antojaba levantar un falda e introducir el periscopio para avistar al enemigo y lanzarle sendos torpedos, uno por cada agujero. Me incluyeron en la plantilla de un medio afín al gobierno, y me mantuvieron en el puesto cuando el pueblo condenó al jefe de la nación al ostracismo por desequilibrado. La verdad es que la fisonomía de aquel diario no se ajustaba a mi modo de vida, pero pronto me dí cuenta de que quien allí trabajaba, o se drogaba o bebía, o follaba hasta desfallecer, y hasta ecos me llegaron de uno que coló una bala en la jeta de sus esposa tras descubrirla cocinando un rabo negro en el más absoluto de los silencios. Sea como fuere yo me dediqué a lo mío. Aparqué el análisis de la actualidad tanto como pude, y me inmiscuí en los asuntos fogosos de una reportera cocainómana, que parecía incluir siempre en el saludo más cotidiano, un primer plano de si misma abierta de piernas, dispuesta a todos y todo pues la droga le mantenía en un estado cerebral de euforia infinita y amor desbocado, y bien igual le daba ser violada por la redacción al completo que penetrada de uno en uno o con cupones de descuento. Con ella jodí intranquilo, hasta prácticamente hacer trizas el único pene que Dios había dispuesto para mi, y una vez la hube mandado al carajo como al resto, visité rápido la consulta de un médico y me encomendé a algunas vírgenes presa del miedo, por lo que aquel coño al que habría de recluir en una celda de aislamiento, pudo haberle pegado a mi vara de medir el impulso de la vida, y que ahora, cabeceaba confusa y dolorida, y con varias hinchazones por sombrero que me hicieron temerme lo peor y lamentarme como nunca antes lo había hecho por mi ausencia de freno...
...continuará.
Una vez me deshice del lastre continúe mis estudios. La carrera periodística tiraba de mi. La oportunidad de viajar con gastos pagados y juerga asegurada en ambos océanos y sus continentes adyacentes. Meter mi polla en el ártico, en Australia, en Buenos Aires, en Senegal, buenos quizás no en Senegal, pero si en Marruecos, donde a pesar de las palizas y del rey Hassan, las mujeres sanas parecían más que dispuestas para atrapar al cipote occidental entre la espesura de sus selvas de tinieblas.
En la universidad las competiciones de zorras se multiplicaban por doquier. Cada asignatura o especialidad tenía su gran puterío expectante para la hora en la que los estudiantes dejaban a un lado los libros y sacaban sus cuerpos a tomar el aire, a sabiendas de que no había nada de lo que preocuparse mientras papa y mama pagasen la carrera. Y todos y todas felices a ningunear a los papis mientras la polla aprendía termodinámica y el coño números primos en cualquier pasillo con un rincón para el follaje. No conocí sociedad más dispuesta para la autoexploración, el asedio, que la protegida por la docencia.
Con tanto coño alborotador y de ideas liberales no había demasiado tiempo para labrar un futuro. Uno solo quería mordisquear culos y pasear la lengua por cuantos más lugares húmedos mejor. Aun así trabajé duro y empalmé lecturas, corridas, vomitonas, frenesí y tortas hasta dejar atrás el campus, y no volver más que ocasionalmente, solo para declarar zona catastrófica el ano y la boca de una estupenda profesora de literatura inglesa de la que aprendí disciplina, seguridad y coraje, todo ello combinado para retrasar el orgasmo hasta un límite insospechado.
Con la veintena y un buen traje salí en busca de trabajo. Tan importante era el salario y el medio, como quien trabajase a mi lado si se me antojaba levantar un falda e introducir el periscopio para avistar al enemigo y lanzarle sendos torpedos, uno por cada agujero. Me incluyeron en la plantilla de un medio afín al gobierno, y me mantuvieron en el puesto cuando el pueblo condenó al jefe de la nación al ostracismo por desequilibrado. La verdad es que la fisonomía de aquel diario no se ajustaba a mi modo de vida, pero pronto me dí cuenta de que quien allí trabajaba, o se drogaba o bebía, o follaba hasta desfallecer, y hasta ecos me llegaron de uno que coló una bala en la jeta de sus esposa tras descubrirla cocinando un rabo negro en el más absoluto de los silencios. Sea como fuere yo me dediqué a lo mío. Aparqué el análisis de la actualidad tanto como pude, y me inmiscuí en los asuntos fogosos de una reportera cocainómana, que parecía incluir siempre en el saludo más cotidiano, un primer plano de si misma abierta de piernas, dispuesta a todos y todo pues la droga le mantenía en un estado cerebral de euforia infinita y amor desbocado, y bien igual le daba ser violada por la redacción al completo que penetrada de uno en uno o con cupones de descuento. Con ella jodí intranquilo, hasta prácticamente hacer trizas el único pene que Dios había dispuesto para mi, y una vez la hube mandado al carajo como al resto, visité rápido la consulta de un médico y me encomendé a algunas vírgenes presa del miedo, por lo que aquel coño al que habría de recluir en una celda de aislamiento, pudo haberle pegado a mi vara de medir el impulso de la vida, y que ahora, cabeceaba confusa y dolorida, y con varias hinchazones por sombrero que me hicieron temerme lo peor y lamentarme como nunca antes lo había hecho por mi ausencia de freno...
...continuará.
1 comentarios:
Rockeros incestuosos primera parte.
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