Los tipos del piso de al lado comenzaron a aporrear la pared. El brazo me colgaba del sofá como una planta seca. Levanté la mano y miré la hora. Todavía me quedaban diez minutos de sueño, quince si no me molestaba en aparecer a tiempo. Maldije sus vidas y traté de cerrar los ojos, pero los golpes no cesaban. Me levanté y preparé un poco de café. Abrí la puerta del armario y los golpes aumentaron de intensidad. El tarro del azúcar daba saltitos a cada estruendo. La vajilla se estremecía. Las luces comenzaron a parpadear. Maldita sea pensé o eso creo, pues apenas podía escuchar mis pensamientos. Olvidé el café, cogí mi chaqueta, las llaves y bajé las escaleras. En la misma puerta de casa un obrero le daba por el culo al suelo con un taladro. El animal llevaba un casco en la cabeza y unos auriculares refugiándole las orejas. Maltrataba la acera a pesar que cualquiera sabía que a la calle no le pasaba NADA. Seguí caminando y enfilé una cuesta sin estar demasiado convencido de por qué lo hacía. A una tipa le humeaba el coche. Le gritaba a otro tipo a través del auricular de un teléfono móvil. En el otro lado el gruista se desgañitaba con la señora. Podía oír sus gritos, todos podíamos, así era. Detrás del automóvil de la mujer se habían formado una hilera ensordecedora. Nadie podía seguir con su camino. Todos aquellos desafortunados tenían un claxon y sabían como usarlo sin romperlo. De repente los pájaros comenzaron a estrellarse contra el suelo. Los huevos en los nidos quebraron y los mismos nidos se deshicieron después en pequeñas ramitas y chapas de de refrescos, cayendo al suelo también, al lado de los cadáveres de los ruiseñores, los jilgueros y las cigüeñas. Me cerraron el paso. Unos latinos tatuados maldecían a otros latinos sin tatuar. Una nena abrió la boca y se llevó un guantazo. Era la Eva del asunto. Segundos después los latinos se enzarzaron en una pelea. Los tatuajes iban pasando de unos a otros y ocasionalmente y en medio de la nube de lucha surgía un brazo moreno que volvía a abofetear a la nena. Todos gritaban y los abuelos que por allí pasaban comenzaron a caer como moscas. Fallo cardíaco decían, como si hubiera ora cosa. Me quedaban diez minutos para atravesar un par de calles y llegar hasta la oficina. A un niño gordo le dió por chillarle a su madre. La señora vivía en un quinto piso. Sacó un megáfono por la ventana. ¡HUEVOS, LECHE, EL CARTÓN DE VINO DE TU PADRE! El chaval era joven, no necesitaba de la ciencia todavía. Tomó aire y le gritó a la señora, ¡ME HE DEJADO EL DINERO ENCIMA DE LA MESA! El sonido subió hasta el quinto piso, algunos cristales bajaron hechos añicos, la estructura cedió. En pocos minutos la nube de polvo saldría en las noticias. Seguí mi camino y un avión surcó los cielos precedido de un aullido infernal. El aparato parecía salido de las últimas páginas de la biblia. Más allá los currantes habían montado una movida. Llevaban pancartas, pegatinas, gorras, botellas con pañuelos empapados, e improvisaban cualquier himno como quien no quiere la cosa. Los antidisturbios andaban cerca. Podías oír las sirenas aproximarse. Cuando llegaron no hizo falta establecer acuerdo alguno, y todos a una acabaron rodando por el suelo. Quizás aquella gente nunca habría estado más de acuerdo. Dejé atrás la zona de guerra. Tan solo me quedaba una esquina por cruzar. Dos chicas discutían detrás de ella. Al parecer una chingaba con el hombre de la otra, y esta a su vez jodía con el viejo de la primera. Los hijos de aquellas dos iban a nacer con un AK47 bajo el brazo. Ellas también acabaron en el suelo, y solitas se bastaban para superar los decibelios del barrio entero. Lo único bueno era que en medio de la refriega las ropas las abandonaban, y cuando no asomaba una teta era un palmo de culo el que lo hacía. Por fin llegué a la puerta. Levanté la persiana y encendí las luces. Aquí también había un vecino inquieto que maltrataba el muro. El teléfono chillaba y las ratas del techo eran legión. Pensé en clavarme un lápiz afilado en cada oído, echar gasolina dentro y prender una cerilla. En estas que entró una vieja y chilló los buenos días. Antes de llegar a la S la punta del boli le había descargado un chorro de tinta en las cuerdas vocales. Yo no quería, los malnacidos me habían empujado a hacerlo, ellos y su jaleo. Mientras el charco de sangre se extendía por las baldosas de mi oficina recordé mi siesta. Apreté los ojos y cerré los puños con fuerza. Al instante aparecí de nuevo estirado sobre el sofá del comedor. La tetera pitaba. Mire el reloj, pasaban diez minutos de las cuatro. Tarde otra vez, no había manera. Me serví una taza de café y miré por la ventana. Una hilera de coches detrás de una tipa al teléfono, en el cielo un avión con diarrea.
1 comentarios:
Molt bé Deivit, I like it!
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