A las siete de la mañana llegué al lugar. Había una verja oxidada en la entrada. Estaba entreabierta. Un poco más allá una puerta gris con un gozne marrón a la altura de una inexistente mirilla. En la pared de mi izquierda un timbre amarillento conectado a un cable que se perdía dentro de la fábrica de grifos. El día anterior había firmado un contrato de obra y servicio por el que me vinculaban al mundo de los grifos por un periodo de entre tres y cuatro semanas. Llamé al timbre y esperé. Nadie abrió. Acerqué el oído a la puerta y pulsé de nuevo. No parecía que acudieran a recibirme y tampoco escuchaba ningún timbre, ni fuera, donde estaba, ni al otro lado. Probé con el gozne. Golpeé una, dos y tres veces, pero nada. Eché un vistazo a ambos lado de la calle a la espera de que algún paisano comenzase su turno de ocho horas en el mismo agujero, pero no vi a nadie por allí. Después me metí la mano en el bolsillo y saqué el papel con la dirección. Me acerqué a una placa en la esquina y comprobé el lugar. Era el punto exacto. Volví a la puerta y golpeé de nuevo. Nada. Me encendí un cigarrillo y me senté en suelo.
A las siete y diez de la mañana frente a una fábrica cualquiera y en ayunas.
La desesperación flotaba en el aire, penetraba por mi nariz y me retorcía las tripas. Las horas tempranas parecen un error. Una confusión a la salida del sueño. Tenía ganas de cagar y nadie acudía a abrirme la maldita puerta.
Cuando pasaron quince minutos de las siete un tipo salió de dentro vestido con un mono azul.
_ ¿Eres Daniel?-preguntó.
_ Soy Daniel-contesté.
_ Pues nene, llegas quince minutos tarde. ¿A qué esperabas para llamar al timbre?
Aquel tipo se llamaba Julián. Era mucho más joven que yo y parecía ser el encargado de todo aquello, lo cual significaba que probaba el agujero del culo antes que nadie. Julián tenía cara de retrasado, y probablemente lo fuese. Cualquier jefe con dos dedos de frente colocaba a un idiota un peldaño por debajo de su cargo. De esa manera uno siempre se aseguraba de que el pobre hombre no tenía nada que hacer para quitarle el puesto.
Tras examinarme me acompañó a su despacho y llamó a un currante por megafonía. Firmé una hoja de asistencia y después un veterano me condujo por un pasillo hasta llegar a los vestuarios. En aquel túnel las luces parpadeaban y tan pronto oscurecía como una luz moribunda inundaba el pasillo. Observé al tipo que me acompañaba. Entre apagón y destello parecía envejecer un poco más. En el vestuario había tres hileras de taquillas. Todas estaban abiertas y la ropa colgaba hacia fuera. Los zapatos de los obreros formaban una fila de pobres. El olor a pies se elevaba desde el suelo hasta golpearte en la nariz. Un banco de madera dividía la estancia en dos. Le faltaba un pedazo en el medio. Un tipo gordo podía acabar encajado allí dentro.
Cuando pasaron quince minutos de las siete un tipo salió de dentro vestido con un mono azul.
_ ¿Eres Daniel?-preguntó.
_ Soy Daniel-contesté.
_ Pues nene, llegas quince minutos tarde. ¿A qué esperabas para llamar al timbre?
Aquel tipo se llamaba Julián. Era mucho más joven que yo y parecía ser el encargado de todo aquello, lo cual significaba que probaba el agujero del culo antes que nadie. Julián tenía cara de retrasado, y probablemente lo fuese. Cualquier jefe con dos dedos de frente colocaba a un idiota un peldaño por debajo de su cargo. De esa manera uno siempre se aseguraba de que el pobre hombre no tenía nada que hacer para quitarle el puesto.
Tras examinarme me acompañó a su despacho y llamó a un currante por megafonía. Firmé una hoja de asistencia y después un veterano me condujo por un pasillo hasta llegar a los vestuarios. En aquel túnel las luces parpadeaban y tan pronto oscurecía como una luz moribunda inundaba el pasillo. Observé al tipo que me acompañaba. Entre apagón y destello parecía envejecer un poco más. En el vestuario había tres hileras de taquillas. Todas estaban abiertas y la ropa colgaba hacia fuera. Los zapatos de los obreros formaban una fila de pobres. El olor a pies se elevaba desde el suelo hasta golpearte en la nariz. Un banco de madera dividía la estancia en dos. Le faltaba un pedazo en el medio. Un tipo gordo podía acabar encajado allí dentro.
Si sus compañeros no reparaban en él, en pocos minutos el olor a pies le mandaría al otro barrio.
Después me mostraron el lavabo y las duchas. Mi acompañante no decía ni pío. Se limitaba a cogerme del brazo y conducirme por la fábrica como el lazarillo a un ciego, y una vez llegaba al lugar indicado, me señalaba cada punto de interés con el dedo. En el lavabo no había taza, así que había que cagar de pie. Tampoco vi ni un solo rollo de papel higiénico. Tendría que esperar a llegar a casa para deshacerme de los dos cagarros que guardaba dentro. Una mosca asomó la cabeza desde uno de los agujeros de la letrina. Seguí a la mosca y su vuelo me llevó hasta las duchas. El lazarillo seguía a mi lado. Señalé la única ducha de la fábrica y el hombre asintió. Salimos de allí. Tan solo nos quedaba por visitar la zona del comedor. Cruzamos el pasillo, ahora en dirección contraria. Los flashes continuaban. El hombre abrió una puerta y sorprendimos a un operario estirado en una silla y fumando un cigarrillo al lado de una taza de café. El tipo sonreía. Llevaba tantos aparatos en los dientes que supuse que el acero habría sustituido al resto de tejidos hacia dentro. Dio un sorbo a su taza de café y el líquido marrón le empapó el metal. Cerramos la puerta y salimos de allí.
_ Esta es la zona de comidas. Solo se permite permanecer dentro durante la hora del almuerzo. Tienes quince minutos. Un segundo después de esos quince minutos debes de volver a tu puesto. El primer día de trabajo no hay pausa para el almuerzo. ¿Tienes alguna pregunta?-El lazarillo había hablado.
_ ¿Quién era ese?- pregunté.
_ Eso no es asunto tuyo- contestó.
La visita concluyó en la línea de montaje número 17. Mi trabajo era sencillo. Unos tipos del almacén me proporcionaban cajas y más cajas de madera con decenas de grifos sin pulir. Tenía que verter el contenido de esas cajas en una especie de hormigonera que giraba a toda velocidad bañando los grifos en una capa de de un líquido antioxidante. Cada vez que lo hacía una espesa nube de vapor surgía por una chimenea en la parte alta de la máquina. Allí dentro cabían unas treinta cajas. El agujero por el que tenía que lanzar los grifos quedaba a la altura de mi cabeza. Tenía que echar dentro el contenido de las treinta cajas, unos treinta quilos por caja, en un espacio inferior a siete minutos, darle a un botón y aguantar el ruido del metal dando vueltas y vueltas durante diez minutos. Mientras tanto iba amontonando las cajas vacías para volver a llenarlas de grifos cuando la máquina dejase de girar. Había grifos de diferentes diseños pero similares en tamaño. Grifos para cocinas, para cuartos de baño, grifos para escuelas, grifos para hospitales, para el ejército, para el Papa, grifos para laboratorios, grifos para la estación espacial, grifos para la guerra. Un montón de grifos.
Calculé el tiempo. Me sobraban unos tres minutos para permanecer de brazos cruzados observando lo que ocurría a mi alrededor. Había cuatro tipos más conmigo, bajitos y de piel morena, cada uno en una máquina similar. Llevaban gafas de protección, auriculares y mascarillas de papel. De vez en cuando me dirigían la vista y asentían. Yo les devolvía el saludo. Me hubiera gustado tener unos auriculares en mis orejas como el resto. Solo así iba a poder seguir el hilo de mis pensamientos. Me encendí un cigarrillo. Había una señal de prohibido fumar colgada en la pared, pero estaba cubierta por una capa de mierda tan espesa que uno podía interpretarla a su manera. Finalmente los grifos pararon de dar vueltas y procedía a sacarlos de allí. Al coger el primero lancé un alarido y una maldición. El condenado estaba ardiendo. Creí haber perdido mis huellas dactilares para siempre. Me di media vuelta y busqué con la vista al encargado.
_ ¿ALGUIEN PUEDE PRESTARME UNOS GUANTES?
Tras un par de minutos apareció el guía de la fábrica y me lanzó una bolsa a los pies. Abrí la bolsa. Dentro había un fabuloso par de guantes de protección ambos de la mano izquierda. Abandoné mi puesto tratando de cazar al tipo, y en la carrera me dí de bruces con boca de alambre, el hombre del comedor. Su boca se abrió como la entrada al túnel del miedo. Pude ver entre los hierros más de lo que hubiera deseado.
_ ¿Dónde te crees que vas?-preguntó.
_ Verás amigo, aquel hombre me ha dado un par de guantes de la misma mano y...
_ No puedes abandonar tu puesto hasta que suene el silbato.
_ Si, si, eso ya lo sé, pero es que...
_ Dame eso.
Boca de alambre debía de medir casi un par de metros. Agarró mi par de guantes de la misma mano y los levantó por encima de mi cabeza. Se quedó mirándolos durante algunos segundos. El resto de currantes nos observaban sin dejar de manejar cajas y grifos. Boca de alambre lanzó uno de los guantes a un contenedor y me entregó el otro.
_ Problema solucionado. Ahora vuelve a tu puesto.
Volví a la línea 17 con la mano izquierda a buen recaudo. Miré el reloj. Las ocho.
A las diez el calor ya había hecho mella en cada uno de nosotros. Cabeceábamos al ritmo de la producción, zozobrando en cualquier dirección. A veces abríamos los ojos segundos antes de acabar en el suelo. La provisión de grifos no menguaba y el mundo de fuera nos había escondido tras un biombo. Quedaban cuatro horas hasta las dos y yo no estaba seguro de poder aguantar ni veinte minutos más ejerciendo de brazo mecánico. Mi cuerpo se rendía, me ardían los pies y mi mano derecha no pasaría un detector de metales. Tenía cortes por todos lados y quemaduras aquí y allá. Algunas virutas de hierro se habían incrustado de tal manera que no había por donde agarrar para extraerlas de mi mano. El traqueteo del acero parecía perseguir cada instante de respiro armado con un bate. Hacia las once sonó el silbato y todos desaparecieron en dirección al comedor. El ruido bajó de intensidad. Miré hacia atrás y allí estaba el chicarrón boca de alambre sujetando su taza de café. Dio un sorbo y me sonrió. Comencé a pensar en arena de playa. En gotas de sudor resbalando piel tostada. En olas rompiendo en la orilla y en una hoguera a medianoche. La mayoría de veces funcionaba y lo hizo. Por lo menos hasta que el silbato volvió a sonar quince minutos más tarde y todos volvieron a sus puestos. Entonces la realidad oxidada y envuelta en el vapor del acero de la fábrica de grifos con su temperatura de treinta y cinco grados no oscilante cayó como una losa sobra las cabezas de los que habían disfrutado de su pausa para almorzar.
Después me mostraron el lavabo y las duchas. Mi acompañante no decía ni pío. Se limitaba a cogerme del brazo y conducirme por la fábrica como el lazarillo a un ciego, y una vez llegaba al lugar indicado, me señalaba cada punto de interés con el dedo. En el lavabo no había taza, así que había que cagar de pie. Tampoco vi ni un solo rollo de papel higiénico. Tendría que esperar a llegar a casa para deshacerme de los dos cagarros que guardaba dentro. Una mosca asomó la cabeza desde uno de los agujeros de la letrina. Seguí a la mosca y su vuelo me llevó hasta las duchas. El lazarillo seguía a mi lado. Señalé la única ducha de la fábrica y el hombre asintió. Salimos de allí. Tan solo nos quedaba por visitar la zona del comedor. Cruzamos el pasillo, ahora en dirección contraria. Los flashes continuaban. El hombre abrió una puerta y sorprendimos a un operario estirado en una silla y fumando un cigarrillo al lado de una taza de café. El tipo sonreía. Llevaba tantos aparatos en los dientes que supuse que el acero habría sustituido al resto de tejidos hacia dentro. Dio un sorbo a su taza de café y el líquido marrón le empapó el metal. Cerramos la puerta y salimos de allí.
_ Esta es la zona de comidas. Solo se permite permanecer dentro durante la hora del almuerzo. Tienes quince minutos. Un segundo después de esos quince minutos debes de volver a tu puesto. El primer día de trabajo no hay pausa para el almuerzo. ¿Tienes alguna pregunta?-El lazarillo había hablado.
_ ¿Quién era ese?- pregunté.
_ Eso no es asunto tuyo- contestó.
La visita concluyó en la línea de montaje número 17. Mi trabajo era sencillo. Unos tipos del almacén me proporcionaban cajas y más cajas de madera con decenas de grifos sin pulir. Tenía que verter el contenido de esas cajas en una especie de hormigonera que giraba a toda velocidad bañando los grifos en una capa de de un líquido antioxidante. Cada vez que lo hacía una espesa nube de vapor surgía por una chimenea en la parte alta de la máquina. Allí dentro cabían unas treinta cajas. El agujero por el que tenía que lanzar los grifos quedaba a la altura de mi cabeza. Tenía que echar dentro el contenido de las treinta cajas, unos treinta quilos por caja, en un espacio inferior a siete minutos, darle a un botón y aguantar el ruido del metal dando vueltas y vueltas durante diez minutos. Mientras tanto iba amontonando las cajas vacías para volver a llenarlas de grifos cuando la máquina dejase de girar. Había grifos de diferentes diseños pero similares en tamaño. Grifos para cocinas, para cuartos de baño, grifos para escuelas, grifos para hospitales, para el ejército, para el Papa, grifos para laboratorios, grifos para la estación espacial, grifos para la guerra. Un montón de grifos.
Calculé el tiempo. Me sobraban unos tres minutos para permanecer de brazos cruzados observando lo que ocurría a mi alrededor. Había cuatro tipos más conmigo, bajitos y de piel morena, cada uno en una máquina similar. Llevaban gafas de protección, auriculares y mascarillas de papel. De vez en cuando me dirigían la vista y asentían. Yo les devolvía el saludo. Me hubiera gustado tener unos auriculares en mis orejas como el resto. Solo así iba a poder seguir el hilo de mis pensamientos. Me encendí un cigarrillo. Había una señal de prohibido fumar colgada en la pared, pero estaba cubierta por una capa de mierda tan espesa que uno podía interpretarla a su manera. Finalmente los grifos pararon de dar vueltas y procedía a sacarlos de allí. Al coger el primero lancé un alarido y una maldición. El condenado estaba ardiendo. Creí haber perdido mis huellas dactilares para siempre. Me di media vuelta y busqué con la vista al encargado.
_ ¿ALGUIEN PUEDE PRESTARME UNOS GUANTES?
Tras un par de minutos apareció el guía de la fábrica y me lanzó una bolsa a los pies. Abrí la bolsa. Dentro había un fabuloso par de guantes de protección ambos de la mano izquierda. Abandoné mi puesto tratando de cazar al tipo, y en la carrera me dí de bruces con boca de alambre, el hombre del comedor. Su boca se abrió como la entrada al túnel del miedo. Pude ver entre los hierros más de lo que hubiera deseado.
_ ¿Dónde te crees que vas?-preguntó.
_ Verás amigo, aquel hombre me ha dado un par de guantes de la misma mano y...
_ No puedes abandonar tu puesto hasta que suene el silbato.
_ Si, si, eso ya lo sé, pero es que...
_ Dame eso.
Boca de alambre debía de medir casi un par de metros. Agarró mi par de guantes de la misma mano y los levantó por encima de mi cabeza. Se quedó mirándolos durante algunos segundos. El resto de currantes nos observaban sin dejar de manejar cajas y grifos. Boca de alambre lanzó uno de los guantes a un contenedor y me entregó el otro.
_ Problema solucionado. Ahora vuelve a tu puesto.
Volví a la línea 17 con la mano izquierda a buen recaudo. Miré el reloj. Las ocho.
A las diez el calor ya había hecho mella en cada uno de nosotros. Cabeceábamos al ritmo de la producción, zozobrando en cualquier dirección. A veces abríamos los ojos segundos antes de acabar en el suelo. La provisión de grifos no menguaba y el mundo de fuera nos había escondido tras un biombo. Quedaban cuatro horas hasta las dos y yo no estaba seguro de poder aguantar ni veinte minutos más ejerciendo de brazo mecánico. Mi cuerpo se rendía, me ardían los pies y mi mano derecha no pasaría un detector de metales. Tenía cortes por todos lados y quemaduras aquí y allá. Algunas virutas de hierro se habían incrustado de tal manera que no había por donde agarrar para extraerlas de mi mano. El traqueteo del acero parecía perseguir cada instante de respiro armado con un bate. Hacia las once sonó el silbato y todos desaparecieron en dirección al comedor. El ruido bajó de intensidad. Miré hacia atrás y allí estaba el chicarrón boca de alambre sujetando su taza de café. Dio un sorbo y me sonrió. Comencé a pensar en arena de playa. En gotas de sudor resbalando piel tostada. En olas rompiendo en la orilla y en una hoguera a medianoche. La mayoría de veces funcionaba y lo hizo. Por lo menos hasta que el silbato volvió a sonar quince minutos más tarde y todos volvieron a sus puestos. Entonces la realidad oxidada y envuelta en el vapor del acero de la fábrica de grifos con su temperatura de treinta y cinco grados no oscilante cayó como una losa sobra las cabezas de los que habían disfrutado de su pausa para almorzar.
A las doce del mediodía me detuve. No moví un solo músculo, o mejor dicho dejé de moverlos todos a una. Boca de alambre se colocó en mi espalda. Parecía estar en todas partes y en ninguna. El hombre era un enemigo declarado de cualquier forma descanso, a excepción del suyo. Su presencia automatizaba el ritmo de los operarios de la fábrica de grifos. Los mantenía ajenos a la pesadez y dando el callo frente a las máquinas grotescas como si de una prueba de fe se tratase. Pero ninguno de ellos iba a tener una revelación al acabar el turno, tan solo les esperaba la visita obligada al vestidor con olor a pies y el cara a cara con el reloj de fichar.
Alguno de ellos torció el cuello. Mi situación no era deseable. Había optado por plantar cara al sistema. Al otro lado y de espaldas a la fábrica de grifos la gente se servía un trago de agua en la comodidad de sus hogares, tan solo girando el grifo, sin más. Ignoraban la parte baja de la cadena, donde estaban los hombres que habían perdido el tren o deseaban colocar el cuello sobre las vías. Y todo ello había sucedido de forma inconsciente. Sin plan, sin premeditación. Simplemente al cuerpo de la traía floja los peligros del mundo moderno en una estructura mecanizada. Cuando los huesos y la carne dijeron basta, el cerebro acató las órdenes y poco importaba quedar al descubierto frente a la mole atemorizante.
¿Qué podía hacer yo? No estábamos en el ejército. Allí no existía nadie con suficiente nombre como para ponerme la mano encima. No podían sacarme al patio entre un par de operarios y asarme a latigazos. Tampoco podía besar sus puños y mucho menos servirles de mujer para un alivio rápido. ¿Qué había que temer entonces?
A boca de alambre no había quién lo moviese del sitio. Podía sentir su mirada agujereándome la nuca como la bala de un terrorista. Su fin era ese. Insuflar terror al que tenía dolor de pies y alma. Y más tarde y de alguna manera, escarbar carne adentro hasta llegar al coraje. Tirar fuerte de los tendones y provocar a la mente débil para que los brazos recojan otros treinta quilos de grifo y alimenten la boca hambrienta de la máquina.
¿Cómo aguantaban los que habían estampado una firma para morir aquí?
La mayoría de ellos tenían familia a dos mil quilómetros al otro lado del océano. Malvivían en cajas de zapatos comiendo alubias en lata, y en la mayoría de casos aceptaban cada vez que el patrón pedía horas extra. La vida fuera del horario laboral la pasaban durmiendo, lamentando, bebiendo o apalizando una mujer, todo aquél que la tuviera cerca. Aquello no era vida, pero era la vida que les esperaba a la mayoría. Aquello era como estar muerto sabiendo que en el cielo nadie te quería. El infierno tenía paredes desconchadas y una máquina de café que provocaba diarrea. Para colmo uno tenía que pedirle permiso a boca de alambre para ir a mear. Opté por esto último aunque en realidad lo que necesitaba con urgencia era hacer de vientre.
¿Qué podía hacer yo? No estábamos en el ejército. Allí no existía nadie con suficiente nombre como para ponerme la mano encima. No podían sacarme al patio entre un par de operarios y asarme a latigazos. Tampoco podía besar sus puños y mucho menos servirles de mujer para un alivio rápido. ¿Qué había que temer entonces?
A boca de alambre no había quién lo moviese del sitio. Podía sentir su mirada agujereándome la nuca como la bala de un terrorista. Su fin era ese. Insuflar terror al que tenía dolor de pies y alma. Y más tarde y de alguna manera, escarbar carne adentro hasta llegar al coraje. Tirar fuerte de los tendones y provocar a la mente débil para que los brazos recojan otros treinta quilos de grifo y alimenten la boca hambrienta de la máquina.
¿Cómo aguantaban los que habían estampado una firma para morir aquí?
La mayoría de ellos tenían familia a dos mil quilómetros al otro lado del océano. Malvivían en cajas de zapatos comiendo alubias en lata, y en la mayoría de casos aceptaban cada vez que el patrón pedía horas extra. La vida fuera del horario laboral la pasaban durmiendo, lamentando, bebiendo o apalizando una mujer, todo aquél que la tuviera cerca. Aquello no era vida, pero era la vida que les esperaba a la mayoría. Aquello era como estar muerto sabiendo que en el cielo nadie te quería. El infierno tenía paredes desconchadas y una máquina de café que provocaba diarrea. Para colmo uno tenía que pedirle permiso a boca de alambre para ir a mear. Opté por esto último aunque en realidad lo que necesitaba con urgencia era hacer de vientre.
La menor estancia posible en el wáter sin taza, por el bien de la empresa. Siempre.
_ Creo que tengo que ir al lavabo.
_ Ves al lavabo cuando acabe tu turno chico.
_ Entiendo. Pero es ahora cuando me meo.
_ Ya me has oído chaval. Aquí ningún nuevo se la menea hasta que no suena el silbato.
_ Verás, no creo que pueda levantar otra caja sino descargo antes, no sé si me entiendes.
_ No estoy aquí para solucionar tus problemas. Estoy aquí para que cargues grifos en esa máquina.
_ Pero...
_ Ni peros ni ostias. Como se te ocurra moverte del sitio te vas a la calle sin cobrar.
_ Creo que tengo que ir al lavabo.
_ Ves al lavabo cuando acabe tu turno chico.
_ Entiendo. Pero es ahora cuando me meo.
_ Ya me has oído chaval. Aquí ningún nuevo se la menea hasta que no suena el silbato.
_ Verás, no creo que pueda levantar otra caja sino descargo antes, no sé si me entiendes.
_ No estoy aquí para solucionar tus problemas. Estoy aquí para que cargues grifos en esa máquina.
_ Pero...
_ Ni peros ni ostias. Como se te ocurra moverte del sitio te vas a la calle sin cobrar.
Y claro, como cualquiera, yo también quería el dinero.
Boca de alambre ni siquiera parecía enfadado. Disfrutaba con calma y saboreaba su interpretación. Los muchachos cargaban. La fábrica seguía respirando sin tener en cuenta mi orina y menos aún el traqueteo en mis intestinos.
Boca de alambre ni siquiera parecía enfadado. Disfrutaba con calma y saboreaba su interpretación. Los muchachos cargaban. La fábrica seguía respirando sin tener en cuenta mi orina y menos aún el traqueteo en mis intestinos.
Quedaban algo menos de dos horas para ver de nuevo el sol. Fuera de allí el verano existía, y uno podía deslizarse entre las olas dejando un rastro de meada imperceptible. Era una ironía sin embargo disfrutar de un calor tan extenuante. Recuerdo muy bien inviernos pasados. Había recorrido la enfermedad del frío por fábricas de pintura y fábricas de cables. El azar quiso que mi entrada en el gremio coincidiese con la ausencia absoluta de calefacción y calderas. Nadie se quejaba, y quien lo hacía acababa en la calle hacinado bajo un abrigo viejo. Y ahora el calor. Pensar en aire acondicionado era utópico y cerca de la hora de la salida parecía el síntoma de una alucinación por la falta de agua.
Durante el resto del día cargué mis quilos con movimientos robóticos. A excepción de parte del equipo de protección (seguía con mi mismo guante de la mano izquierda), me había transformado en uno más de la fábrica. Al parecer había superado todas las pruebas. Tenía establecidos vínculos con el suelo y pensé que si nadie me daba un empujón quedaría plantado en el cemento a espensas de los pedidos de fuera.
Cuando ocurrió, apenas fui consciente del silbato que anunciaba la salida.
El lazarillo vino a mi y me acompañó hasta el cuartucho del encargado. Recorrimos el camino a la inversa. Me fijé de soslayo en las caras de mis compañeros y sus cuerpos desnudos apilándose a orillas de la ducha. Había ojos y boca tras aquellas máscaras de tela. Puede que también ganas de conversar, aunque más allá de un murmullo desvalido no pude apreciar nada audible. Los tipos habían perdido la humanidad y parte del instinto animal. Con el tiempo acabarían transformándose en autómatas revestidos de tejido vivo. En el mejor de los casos solo daban muestras de reflejos al sonido del silbato.
No era una buena vida no, ni siquiera lo parecía.
Firmé el parte de asistencia. Boca de alambre permanecía al lado de Julián revolviendo papeles en un archivo. Ya no me prestaba atención y yo apenas sentía desasosiego en su presencia.
Cuando salí a la calle me senté en el suelo apoyado en una farola y encendí un cigarrillo. Metí la nariz debajo de mi camiseta y olfateé lo que subía. No sabría como explicar algo así en casa, pensé.
Caminé unos seis quilómetros y llamé al timbre. Por suerte gran parte de la mierda había ido cayendo por el camino. Nadie contestó así que abrí la puerta y subí las escaleras. Asomé la cabeza en casa y allí había nadie. Una vez en el lavabo me deshice de los calzoncillos, del pantalón, la camiseta y los calcetines. Lo metí todo en una bolsa de basura y me dí una ducha. Parecía estar borrando las huellas de un crimen.
Cuando llegaron mis padre me preguntaron por mi primer día de trabajo. Había un brillo de orgullo en los ojos de papá. Aquella luz me cegaba. Mamá había preparado unos sandwiches y me acercó una cerveza helada.
No había nada que contar excepto la verdad, y al caer la noche me dejé caer sobre la cama e intenté descifrar las luces del techo.
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