Corre el año 2072. Eran muchos los que creían que al llegar al 2012 un meteorito del tamaño de Texas aparcaría el culo en medio del Pacífico. Una ola gigantesca arrasaría entonces las costas oeste y este respectivamente de las dos Américas y Asia aniquilando el 80 por ciento de la vida en el planeta. Los había que iban un poquito más allá e insinuaban que en el momento en el que diesen comienzo las tareas de reconstrucción, un segundo meteoro, esta vez del tamaño de Irán, caería sobre el Atlántico fulminando un diez por ciento más de humanos, animales y plantas. Mismo modus operanti: ola gigante y no hay salvavidas para todos.
Finalmente el diez por ciento restante, los afortunados supervivientes de las dos tragedias, acabarían luchando unos contra otros por el control de los alimentos. Obvia decir que según los futurólogos a partir de la última quincena del siglo no habría más carne comestible que la que había sobrevivido a las dos mareas.
Los agoreros se equivocaban.
Meteoros y cometas pasaron de largo. De haber un cerebro dirigiendo sus trayectorias pensaría que no valía la pena vérselas con alguien tan insignificante y optaron por lanzarse contra un planeta de mayor categoría.
Durante el siglo XXI los habitantes de la tierra han demostrado ser poseedores de un enorme abanico de posibilidades para aniquilarse sin necesidad de ingerencias externas. Desde la voladura controlada de aquellos edificios de la extinta ciudad de Nueva York, pasando por las guerras del gas a las hambrunas de América de Sur o las pandemias experimentales en el continente negro. Sin olvidarse claro de las actos terroristas de las decenas de grupos armados surgidos en Europa durante la primera mitad de siglo, puede afirmarse sin problemas que cuando se trata de rellenar fosas anónimas o poner a tipos encorbatados dentro de un ataúd los humanos caminan erguidos y con la frente muy alta. Eins, zwei, drei, vier...
Se recuerda al año 2067 como el año de la mosca rubia, conocida coloquialmente como "la tampa". Un insecto de apariencia inofensiva tras el que muchos han creído ver la mano del hombre. En concreto una mano amarilla con unos ojos rasgados observándola desde arriba. La tampa, un bichejo ávidamente fornicador y ponedor de huevos, con capacidad para sobrevivir a todo tipo de pesticidas y temperaturas extremas, ha sido la causante de la terrible devastación de bosques y cultivos de final de siglo. Dos de las pocas cosas que daban color al planeta cuando uno lo observaba desde el espacio. Los extensos maizales de la recompuesta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y la salvaje vegetación que trepaba por las ruinas de Canadá, granero y pulmón de la Tierra respectivamente, ahora aparecen como sendas manchas grisáceas absolutas cuando las contemplas aburrido desde cualquier punto de la estación aerospacial militar de Nueva Jerusalem mientras tomas uno trago. Para la mosca rubia solo fueron necesarios unos escasos veinte meses para comérselo todo y llenar de larvas lo que quedaba. No está mal.
La tecnología ha sido capaz de recrear tomates, lechugas y patatas. Sin duda que este va a ser una paso de gigante para la humanidad, acostumbrada a escarbar en la basura, puro instinto de supervivencia. Pero cuando ya no hay nada que rebuscar uno se pregunta si por fin hemos llegado a nuestro límite. Si la línea de meta es esta y si al otro lado se haya el precipicio más oscuro e inacabable que puedas imaginar.
Las últimas provisiones despegaron desde Tenerife hace tan solo seis horas. El vuelo se retrasó cuando las rumores acerca de su carga se expandieron por toda terranet. Dos intentos frustados de sabotaje, y una novedosa forma de viruela causando estragos en la población de la isla. De los doce miembros del comité de naciones unidas, siete ya han manifestado su disconformidad más rotunda y amenazan con tomar "todas las medidas que sean necesarias" para evitar que los últimos cigarrillos de la tierra acaben en manos de los miembros de la tripulación de Nueva Jerusalem. China aún permanece en silencio.
Tabaco, alcohol, alimentos, café y agua viajan a bordo del Arca. Su sistema de defensa es limitado y poco eficiente, tratándose de un carguero de ayuda humanitaria. Sabemos que poco antes de salir de la atmósfera terrestre varias Cazadoras han alzado el vuelo y se disponen a hacer regresar al Arca o a acabar con ella cueste lo que cueste.
Mis hombres y yo estamos listos y preparados para entrar en combate en cualquier momento. Quedan algo menos de cuarenta y cinco minutos para que el Arca llegue al punto de no retorno, y cualquiera con dos dedos de frente sabe que más allá de ese punto solo hay oraciones y cuerpos flotando más allá de toda la eternidad.
Quizás las predicciones sean ciertas y nosotros seamos el meteorito.
Que se jodan, nos quedamos con los cigarrillos.
Finalmente el diez por ciento restante, los afortunados supervivientes de las dos tragedias, acabarían luchando unos contra otros por el control de los alimentos. Obvia decir que según los futurólogos a partir de la última quincena del siglo no habría más carne comestible que la que había sobrevivido a las dos mareas.
Los agoreros se equivocaban.
Meteoros y cometas pasaron de largo. De haber un cerebro dirigiendo sus trayectorias pensaría que no valía la pena vérselas con alguien tan insignificante y optaron por lanzarse contra un planeta de mayor categoría.
Durante el siglo XXI los habitantes de la tierra han demostrado ser poseedores de un enorme abanico de posibilidades para aniquilarse sin necesidad de ingerencias externas. Desde la voladura controlada de aquellos edificios de la extinta ciudad de Nueva York, pasando por las guerras del gas a las hambrunas de América de Sur o las pandemias experimentales en el continente negro. Sin olvidarse claro de las actos terroristas de las decenas de grupos armados surgidos en Europa durante la primera mitad de siglo, puede afirmarse sin problemas que cuando se trata de rellenar fosas anónimas o poner a tipos encorbatados dentro de un ataúd los humanos caminan erguidos y con la frente muy alta. Eins, zwei, drei, vier...
Se recuerda al año 2067 como el año de la mosca rubia, conocida coloquialmente como "la tampa". Un insecto de apariencia inofensiva tras el que muchos han creído ver la mano del hombre. En concreto una mano amarilla con unos ojos rasgados observándola desde arriba. La tampa, un bichejo ávidamente fornicador y ponedor de huevos, con capacidad para sobrevivir a todo tipo de pesticidas y temperaturas extremas, ha sido la causante de la terrible devastación de bosques y cultivos de final de siglo. Dos de las pocas cosas que daban color al planeta cuando uno lo observaba desde el espacio. Los extensos maizales de la recompuesta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y la salvaje vegetación que trepaba por las ruinas de Canadá, granero y pulmón de la Tierra respectivamente, ahora aparecen como sendas manchas grisáceas absolutas cuando las contemplas aburrido desde cualquier punto de la estación aerospacial militar de Nueva Jerusalem mientras tomas uno trago. Para la mosca rubia solo fueron necesarios unos escasos veinte meses para comérselo todo y llenar de larvas lo que quedaba. No está mal.
La tecnología ha sido capaz de recrear tomates, lechugas y patatas. Sin duda que este va a ser una paso de gigante para la humanidad, acostumbrada a escarbar en la basura, puro instinto de supervivencia. Pero cuando ya no hay nada que rebuscar uno se pregunta si por fin hemos llegado a nuestro límite. Si la línea de meta es esta y si al otro lado se haya el precipicio más oscuro e inacabable que puedas imaginar.
Las últimas provisiones despegaron desde Tenerife hace tan solo seis horas. El vuelo se retrasó cuando las rumores acerca de su carga se expandieron por toda terranet. Dos intentos frustados de sabotaje, y una novedosa forma de viruela causando estragos en la población de la isla. De los doce miembros del comité de naciones unidas, siete ya han manifestado su disconformidad más rotunda y amenazan con tomar "todas las medidas que sean necesarias" para evitar que los últimos cigarrillos de la tierra acaben en manos de los miembros de la tripulación de Nueva Jerusalem. China aún permanece en silencio.
Tabaco, alcohol, alimentos, café y agua viajan a bordo del Arca. Su sistema de defensa es limitado y poco eficiente, tratándose de un carguero de ayuda humanitaria. Sabemos que poco antes de salir de la atmósfera terrestre varias Cazadoras han alzado el vuelo y se disponen a hacer regresar al Arca o a acabar con ella cueste lo que cueste.
Mis hombres y yo estamos listos y preparados para entrar en combate en cualquier momento. Quedan algo menos de cuarenta y cinco minutos para que el Arca llegue al punto de no retorno, y cualquiera con dos dedos de frente sabe que más allá de ese punto solo hay oraciones y cuerpos flotando más allá de toda la eternidad.
Quizás las predicciones sean ciertas y nosotros seamos el meteorito.
Que se jodan, nos quedamos con los cigarrillos.
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