Corría y corría a través de las callejuelas serpenteantes del barrio antiguo. Corría y corría y jadeaba sudando bajo un montón de ropa gruesa que se empapaba y me hacía pesar el doble. Atrás el gentío acortaba distancias. Cada vez que echaba una rápida mirada por encima del hombro podía ver las bocas abiertas, los brazos en alto y el polvo de la estampida.
Las fauces desencajadas de la ciudad.
Yo seguía hacia delante esquivando a todos los que me encontraba por el camino o tropezando directamente con piernas, niños, bolsas, macetas, borrachos, bicicletas y bebés. Más tarde se levantarían como los demás. Los vería muy por encima del hombro.
Agitándose.
Confundiéndose unos con otros.
Dando a luz a la histeria colectiva que habría de arrasar con todo lo que estaba mal.
Agitándose.
Confundiéndose unos con otros.
Dando a luz a la histeria colectiva que habría de arrasar con todo lo que estaba mal.
Era fantástico.
Era superlativo y era la ostia.
Era tan bueno que cuando llegamos aquí ya nadie sabía por que corría.
Era tan bueno que cuando llegamos aquí ya nadie sabía por que corría.
1 comentarios:
Correr es de cobardes cuando te persiguen. Cuando no lo hacen es porque llegas tarde.
Cuando ni te persiguen ni llegas tarde y aún así corres es el único momento en el que merece la pena hacerlo. O no, yo que sé.
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