martes 30 de junio de 2009

UN CAMPING LLENO DE MOSCAS

Los jota mientras tanto, trataban de establecer una tregua entre aquella jauría de perros de presa sin demasiado acierto, haciendo sonar sus silbatos, y recibiendo de paso alguna patada perdida al acercarse demasiado
Algunos metros más allá, las niñas comenzaron a bajar ordenadamente del autocar, y ayudadas por las dos profesoras que las acompañaban en el viaje y de las que hablaré más adelante, recogieron sus trastos del estómago de la segunda ballena.
La refriega se prolongaría durante cinco intenso minutos. Cada vez que alguno de los jotas (a los que se les habían unido un par de cocineros y otros tantos jotas surgidos de los cobertizos del interior del camping), conseguían separar a parejas de críos unidos por brazos, piernas y dientes, otro conato estallaba segundos después, y así hasta que todos, el personal del camping de las moscas y los diablos politécnicos, acababan agotados y resoplando con las manos apoyadas en las rodillas y la vista fija perdida. Los primeros, poco dados a la mediación entre bestias innobles como aquellas, y los segundos, nada acostumbrados al aire sin aditivos del valle de Adam, que parecía insuflar en los chicos una sensacional sed de venganza contra todas las cosas.
Ya en calma las filas masculinas volvieron a formarse. Amoratados y con las narices hinchadas y sangrantes nos limitamos a decir presente cada vez que éramos solicitados por uno de los jotas. Guardamos silencio en torno a Renée. Ya habíamos tenido suficiente, por el momento.
Uno de los monitores, el que sostenía la lista de los recién llegados se acercó a otro que no nos quitaba el ojo de encima, no fuera que la calma se disipase con el vuelo de una mosca, y le cuchicheó algo al oído al tiempo que le mostraba aquella lista. El tipo levantó las cejas extrañado y comenzó a mirar aquí y allá tratando de ubicar a un par de vainas. Finalmente nos preguntó por el paradero de nuestros profesores.
En un viaje como aquél era necesaria la presencia de al menos dos tutores adultos que se hicieran cargo de la mercancía. Los muy sibaritas habían decidido sin embargo seguirnos en el coche de uno de ellos, el pederastiforme educador físico, y a una distancia prudencial que les mantuviese a salvo de la carga maldita. Se les podría haber caído el pelo por una circunstancia como aquella, sobretodo si la hubiésemos diñado en un desafortunado accidente de tráfico y ellos hubiesen seguido de rositas camino del valle, pero supongo que le soltaron un par de billetes al conductor del autocar para que hiciera la vista gorda y aguantase él solo el trayecto acompañando a los chavales.
Media hora más tarde el Renault del físico legaba a Montpelsec. Él y el asustadizo profesor de ciencias se bajaban del coche con cara de pocos amigos.
Lo primero que hicieron fue saludar a la pareja tutora de las chicas, dos cuarentonas ajadas dadas a la bebida que los sonreían con claras intenciones de pillar cacho en un algún despiste excursionista, a orillas del famoso lago bajo el veraniego manto de lúcidas estrellas. Tras los breves intercambios de impresiones el físico les alertó de lo poco conveniente que sería que las chicas confraternizasen demasiado con los niños a los que el muy capullo señalaba con el dedo.
Después se personaron ante el grupo de jotas. Estos les pusieron al tanto del accidentado desembarco de las criaturas, y tanto el físico como el de ciencias optaron por ofrecer sus disculpas, no exentas de cierta vacuidad, pues ambos agradecían cada momento a salvo de la compañía de los niños, y maldecían haber sido designados por el claustro politécnico como vigías del grupo salvaje.
Para el físico siempre cabía la posibilidad de avistar algún pene colegial en la espesura del valle, pero para el profesor de ciencias solo había complicaciones en un viaje como ese. El pequeño hombre de ciencias mostraba un pavor nada disimulado hacia todo. Conocedor de las mil y una fórmulas que explicaban aleaciones y comportamientos, aguardaba con resignada preocupación la chispa final que convirtiese la clase de sexto curso en una fenomenal supernova capaz de acabar con todo bicho viviente. El haber tenido que detenerse cuando el conductor del autocar les había cortado el paso colocando su ballena en el medio de la carretera vieja a Montpelsec, advirtiéndoles que de nadie iba a moverse de allí hasta uno de los dos drenase la caca que el alumno Tobi Tobias había depositado sobre uno de sus asientos del autocar, sin duda que suponía, el menor de la lista de inconvenientes de su aventura en el camping de las moscas.

miércoles 17 de junio de 2009

UN CAMPING LLENO DE MOSCAS

A toda velocidad nuestro autocar fue sumergiéndose en una arboleda angosta que se extendía a ambos lados de una carretera jamás asfaltada. Los temerosos baches y badenes amenazaban con atraparnos dentro o escopetearnos sin una dirección definida. Yo tenía la impresión de viajar a bordo del estómago de una ballena, atravesando un bosque ondulante de abetos centenarios desde donde las ardillas sin duda nos observarían con profunda preocupación.

El conductor tenía prisa por dejarnos en tierra y alejarse lo más pronto de nosotros. Ya había perdido los estribos cuando apenas llevábamos cubiertos tres cuartos de hora de nuestra ruta, y un anónimo y grasiento sandwich de atún colisionaba contra su coronilla, provocando que la cola de la ballena diese un bandazo que a punto estuvo de hacernos volver a casa en una caja de pino pegada a una cruz. Eran las nueve de la mañana entonces, y cuando poco después de las dos el autocar contratado por la escuela frenaba en seco al llegar al párking de tierra de Montpelsec. El tipo abrió la compuerta del portaequipajes y a toda prisa comenzó a lanzar fuera nuestras bolsas de deporte y mochilas, y también las maletas de Abraham, que al caer al suelo levantaron una terrible polvareda. Parecía exhausto aquél gordinflón haragán. Las destilerías ocultas en los subterráneos de su orondo cuerpo de bebedor licenciado le hacían sudar a borbotones. Si te descuidabas los chorreones podrían arrastrarte hasta la reja de una alcantarilla. Igualmente, si afinabas el oído y te colocabas lo bastante cerca podías oírle mascullar entre dientes, malditos críos hijosdeputa, malditos sean.

Cuando el leviatán había expulsado el último bulto de nuestro equipaje, el conductor le entregó una especie de albarán a uno de los encargados del camping que había salido a recibirnos. Dsùes de aquello, recuerdo verle después salir disparado con el autocar echando humo y pararse unos metros más adelante. Lo veo como si estuviera ocurriendo en este preciso instante. Tobi Tobias baja del autocar en marcha por la compuerta lateral de la izquierda mientras se abrocha los pantalones y acude al trote hacia nosotros. Nada más verlo Percebal agarra su bolsa de canicas y escoge diez bolas de color azul y de mala gana las deposita en las manos de los hermanos Petroveitz. Los Petroveitz vuelven a contarlas y se miran entusiasmados. Mientras, el gordo borrachín reanuda su camino y abandona Montpelsec con dos enormes y humeantes zurullos color chocolate negro ocupando uno de los asientos de ventanilla de la cola de la ballena.

Tras aquella exhibición de Tobi T, dos monitores de dispusieron a recibirnos con los brazos abiertos. Eran todo buenos días, saludos afables y sonrisas de cara cortada. Aquél par de gaitas se nos presentaron como Javier y Julian, pero no tardamos en bautizarlos como los jota. Estábamos tan alegres y divertidos con la conducta de ese dúo tan dinámico que todos nosotros acudimos en masa para entrechocar nuestras manos con las suyas, como niños hambrientos a la caza de una golosina. Pero conforme nuestro abrazo se hacía más cerrado, los jota recularon algo recelosos de nuestra espontánea efusividad, y nos sugirieron formar un par de filas de estilo marcial allí mismo, en el aparcamiento. Ya no volvieron a saludarnos con la mano, algo que de todas maneras estaba fuera de lugar; en alguna ocasión los muy vainas insistían en tratarnos de usted, como a empresarios o a la poli. Creo que estaban conmovidos y algo sorprendidos por un no se qué de corriente eléctrica que emanaba de cada uno de nosotros, estoy seguro de ello.

Iniciamos la representación pronunciando nuestro nombres en voz alta seguidos por el apodo de todo aquél que uno poseía. Los alias equivalían al rango dentro del cuerpo de exploradores chalados de la politécnica escuela privada, y los jota lo encontraban algo divertido y novedoso. Uno de ellos fue tachando nombres a medida que nuestra presencia era confirmada con un vozarrón. Al llegarle el turno a Renée, tomamos aire y entonamos un caustico MARICA semejante al sonido de un graznido a través de una tubería de acero. Renée no pudo hacer otra cosa salvo enrojecerse como el corazón de una sandía. Para los jota aquél fue el momento en el que advirtieron lo que se les venía encima.

Sucedió entonces que un furioso criajo franchute la tomó con Juan Carlos, el imbécil absoluto y al que todos los niños debían pegar con cierta asiduidad, incluso Renée, que al tenerlo más cerca que a cualquier otro, no tuvo un instante de duda, y tras soltarle un guantazo de aquí te espero siguió castigándole las costillas a puntapiés cuando Juan Carlos cayó desorientado al suelo.

Percebal, el único de nosotros que no había llamado marica a nadie y que aún no tenía su bolsa de canicas a buen recaudo, comenzó a balancearla como si de una pequeña cachiporra se tratase, y tras golpear con acierto la nuca del mayor de los Petroveitz, y con el chaval judío tratando de zafarse de una segunda ostia, dio el pistoletazo de salida para que una pequeña batalla campal sirviese de bienvenida sin saberlo, a un segundo autocar, que ajeno a todo, disminuía de velocidad sigilosamente al acercarse a Montpelsec, y desde el cual, docenas de niñas contemplaban atónitas a los chavales de sexto curso luchando entre ellos como aprendices de taberneros, y de entre ellos, a un un desatado gigante africano apodado el Negro, que alzaba por los aires a cuantos chavales encontraba a su paso hasta que fue derribado por el gordito Jorge, quien tras tomar carrerilla desde muy atrás y desplazar sus lorzas con una furia simiesca, se convirtió en un ariete capaz de agujerear una montaña.

continuará...




lunes 15 de junio de 2009

UN CAMPING LLENO DE MOSCAS

A grandes rasgos éramos Renée, que cuyos padres eran franceses y le habían convertido en marica desde la matriz, y Diego, un muchacho sanote al que le gustaba encaramarse al árbol más alto y desde allí arriba escupir a los chicos que lo observaban boquiabiertos, y Percebal, que tenía complejo de hombre justo y que solía arrearte con una bolsa repleta de canicas cada vez que su sentido de la justicia le obligaba a ello, y Ronaldo, que era de Puerto Rico, pero que en realidad se consideraba norteamericano y al que todos nosotros solíamos dar de ostias de vez en cuando para devolverle a Puerto Rico, y Oscar Estrada, hijo de agricultores y que soñaba con conducir un tractor y ponerse a plantar hortalizas nada más acabar la escuela, y por supuesto Sánchez, un matón de barrio que años más tarde acabaría en la cárcel tras hundir la cabeza de un martillo en la nuca de un taxista. También formaba parte de aquella sorprendente excursión Iván Petroveitz, el hermano pequeño de Israel Petroveitz, Aurelio, al que todos al principio del curso creíamos tan marica como Renée, pero que en realidad era el único de nosotros que se había acercado lo bastante a un coño de verdad, cosa que en aquel entonces nos bastaba para bajar la mirada y mostrar algo de respeto. Y Juan Carlos Pedrea, que era un auténtico imbécil, y Abraham, el chico más rico de la clase, siempre con las zapatillas de deporte más caras y un reloj de pulsera con calculadora, cronómetro y linterna; sus padres podían ser millonarios pero la dentadura del crío siempre estaba hecha un ruina, podrida como su alma. Daniel el Negro era nuestra nota de color. Un chaval angoleño con una polla que parecía la trompa de un elefante o un pedazo de pitón atado a la cintura. Medía casi metro ochenta y de noche solía asustarnos posicionándose a un lado de la cama, alumbrándote con unos enormes ojos africanos mientras te agarraba una mano y sostenía su desproporcionado monstruo en la otra. Y como no, Israel Petroveitz, el hermano mayor de Iván Petroveitz, del que se rumoreaba que había sido separado al nacer del abdomen de Iván, hasta que una tarde nos mostraron la cicatriz colocándose uno al lado del otro y todos salimos disparados berreando como animales al descubrir aquel capricho de la creación, todos menos Juan Carlos Pedrea, que tras reírse de los hermanos y soltar una desafortunada broma acerca de la mamá de ambos, acabó recibiendo una paliza a cuatro manos hasta que comenzó a vomitarse encima confundido por la inesperada furia judía de los Petroveitz.

Y Tobi Tobias, siempre preparado para hacer lo que hiciera falta y demostrar cualquier cosa que se le pasase por la cabeza. Y Jorge, un chaval con sobrepeso poseído por el espíritu del rey de los gorilas y que amenazaba con acabar con el lago de Montpelsec de una sola zambullida. Y también estaban Sandro, nuestro suministro de cigarrillos, alcohol, tebeos y revistas con mujeres desnudas, y yo, y otros seis o siete chavales cargados de azúcar e ideas novedosas acerca de como debían hacerse las cosas en aquél paraíso natural.

Los recuerdo a todos y a cada uno de ellos desembarcar del autobús como un mal presagio, y a una bandada de pájaros abandonar apresuradamente su oculta presencia en las grandes copas de los árboles, adelantando el proceso migratorio en presencia de aquella panda de rufianes.

continuará...




sábado 13 de junio de 2009

UN CAMPING LLENO DE MOSCAS

Tobi Tobias no es tu verdadero nombre, ni lo era entonces, pero parte de mi memoria ha decidido mantener el secreto. Tobi Tobias, tu misterio, las cinco letras y el apellido gracioso que las secunda, está a salvo conmigo, a menos de que alguien se presente mientras escribo estas páginas y me abra la cabeza de un hachazo, y más tarde, con la tranquilidad del trabajo bien hecho, el maldito se dedique a indagar en los pliegues de mi cerebro con una lupa de cien aumentos.

Mis recuerdos de lo que sucedió forman varias cordilleras de penachos y cascotes que se extienden por la vasta meseta de mi imaginación, y en otras palabras y para que seas capaz de imaginarlo tu también, la cosa sería de esta manera: como si un horrible terremoto hubiese acabado con las viñetas de Miguel Angel amontonadas o esparcidas en el suelo de mármol, formando un puzzle multicolor sobre el que flotaría una nube de polvo gris aciago, para que rápidamente, un monaguillo con el rostro y el culo de Joseph Merrick acudiese a pies de la catástrofe arrastrando una boa constrictor entre las piernas, un bicho curioso de carácter templado que mea cola de contacto para unir los murales formando un nuevo techo, una reliquia mutada, un cocktail venerable o la revelación de un nuevo lenguaje, todo ello unido con prisas existencialistas para evitar que los turistas que se amontonan tras la cinta amarilla de la policía papal, profanen la capilla en busca de divinos fragmento de roca para colocar sobre el televisor, como aguanta libros, o quizás bajo la pata rota de a mesa del mueble comedor.

Y de entre la polvareda y el olor a esperma pegajoso, Tobi T emerge con la cara arrugada y las yemas de los dedos en relieve por la marea de agua cristalina y tramposa del lago de Montpelsec, y el pelo cubierto de algas dulces y una estrella marina de lago clavada en la sien. De la misma manera apareces Tobi T, como en aquella postal efímera del medio día caluroso del verano de 1986 en el que decidiste beberte tú solito toda el agua de Montpelsec con un trago desesperado, como si el camping de las moscas del valle de Adán no ofreciera las suficientes distracciones.

Y recuerdo también que semanas después de tu huida al país de la muerte, la clase al completo presenció con tontería solemne tu nicho, en el piso tres de una colección de nichos del cementerio de San Argel, con aquel pedrusco tapando la salida al exterior de tu fantasma en el que se podía leer la leyenda“aquí yace un tonto del culo, 1974-1986, tus adorable padres no te olvidan”. Y al salir por la puerta del cementerio guiados por el séquito de borrachuzos pedófilos compuesto por el gordo castrati maestro de ciencias y el andoba de educación física, un inepto que ya podría haber impartido clases de esgrima, de cocina, de cartografía o de números primos, que siempre lo haría con un ojo puesto en los brotes imberbes que nos crecían en la entrepierna, al salir digo, todos los chicos y chicas de la clase comenzamos a vitorear al muerto y a descojonarnos de risa de los peatones, y de los coches que circulaban por allí, ¿y por qué?, y a tocar a los timbres de de los edificios colindantes a nuestro desfile, ¿y por qué?, y a cruzar las calles sin importar los semáforos, ni las señales, ni las rayas en el suelo, ni los agentes de tráfico, ni la posición del sol ni los engreídos anónimos que se atrevían a recriminarnos nuestra actitud y a señalarnos con el dedo, ¿y por qué? Todo ello teniendo en cuenta que nuestra temeridad, podíamos acabar cualquiera de nosotros en uno de aquellos agujeros excavados en la piedra junto a Tobi Tobias y su aburrida lápida, ¿y por qué? Simplemente por que habíamos pasado el mejor verano de nuestras vidas en el camping de las moscas y ninguno de nosotros sentía atracción alguna por volver a sentar el culo para recibir seis, siete u ocho horas de clase diaria durante los siguientes tres años. Así que nos trajimos la algarabía, la cornucopia, la hidrofagia, la sinestesia, la cefalopia y la ingeniería escondida en los bolsillos, en los calcetines, o bajo las uñas de los pies, y luchamos en vano por estirar el verano hasta que el mundo entero lanzase montañas de confeti desde los edificios altos en señal de alegría, reconocimiento y admiración, sobre las cabezas de nuestra comparsa de vital comunión con la vida. Y aunque nosotros solo éramos una colección de disfuncionales mocosos y ellos un ejército de gigantes armados con pantalones de pinzas y reglas de plástico, conseguimos plantarles cara dignamente y con algunas batallas realmente notables. Con batidas, escaramuzas, atentados, guerrillas, granadas, flechas, piedras, aguijones, pedos y escupitajos, y de todo aquello este es el resumen, la historia del camping de las moscas, Tobi Tobías y el verano del 86.

continuará...