martes 3 de noviembre de 2009

EL CUMPLEAÑOS DE KEVIN


Agnes llevaba tres años sobria. Tras medio siglo cabalgando una cogorza, ahora prefería dedicarse por completo al prójimo en vez de enterrar cada noche el culo en el serrín de un bar. Como a muchos ex alcohólicos, otro ex alcohólico la había convencido de agarrar a Dios de la mano cada vez que sus dedos se acercaban demasiado al cuello de una botella. Cuando sus hijos volvieron a tener noticias de su descarriada madre, Agnes se sintió dichosa por tener la oportunidad de zarandear a sus desconocidos nietos y colmarlos de mohines. Un día estabas cerrando un bar en compañía de un vendedor de seguros de Idaho, y al siguiente, habían transcurrido quince años y te habías convertido en abuela, decía. Afortunadamente las lagunas habían quedado muy atrás, y una vez sobria, entre otras cosas, aprendió a cocinar de nuevo.

Cada vez que se acercaba un cumpleaños, pasaba horas y horas encerrada en la cocina hasta conseguir la tarta perfecta. Aquella tarta era una prueba definitiva de su nuevo estatus. El de ciudadana respetable dispuesta a arrimar el hombro. Un ejemplo de superación para todos. Con una de aquellas formidables tartas se disponía a salir por la puerta de casa cuando una silueta en el suelo la hizo detenerse y lanzar un grito de espanto.

Delante de sus ojos, un tipo yacía estirado boca abajo. Tras sobreponerse del susto, Agnes trató de captar la atención del bulto golpeándolo con el pie. Miró a ambos lados de la calle y después dirigió la vista al hombre en el suelo. Parecían encontrarse solos. Sujetaba la tarta frente a aquel sujeto mientras trataba de decidir que hacer en una situación como aquella. Debía de darse prisa si quería llegar a tiempo al cumpleaños del pequeño Kevin. Sabía que si no era puntual empezarían a preocuparse. Acabarían pensando sin duda que quizás la abuela habría hecho una parada por el camino para tomar una copa. Todo lo conseguido hasta ahora se iría al carajo por culpa de las circunstancias. Pero el haberse visto en situaciones semejantes a lo largo de toda su vida le hizo comprender, que no debía dejar que aquel pobre desgraciado siguiese limpiando el suelo. La idea de llamar a la poli no le parecía nada entusiasta. Ella sabía muy bien de lo que era capaz un idiota con una placa. Así que finalmente decidió dejar la caja con la tarta sobre la mesa de la cocina, arremangarse, y tirar de los tobillos hasta dejar al caballero sin sentido sobre la alfombra del salón.

Agnes era una mujer fuerte y comenzó a tirar con decisión del tipo. Mientras lo hacía se alegró de que no hubiese un charco de sangre debajo del cuerpo. Cuando el invitado se encontraba ahora boca arriba y bajo techo, Agnes se aseguró de que nadie los había visto entrar en casa de aquella manera. Después cerró la puerta y fue a colocarse de rodillas junto al tipo misterioso.

Giró el cuerpo con gran esfuerzo, y al hacerlo descubrió que el desconocido debía de tener entre 30 y 35 años. Era bastante guapo y llevaba un buen traje. Para nada se parecía a los cretinos con los que Agnes lidiaba noche tras noche en su vida pasada. Apoyó la cabeza en su pecho tratando de captar algún sonido. Todavía no se había acostumbrado y con frecuencia, le costaba recordar que desde hacía meses sus oídos habían comenzado a fallar. Tiempo atrás, un capullo sin rostro que trataba de abrir la puerta del coche, utilizó la cabeza de Agnes al no encontrar las llaves. De aquello hacía mucho tiempo, pero los efectos del golpe parecieron cobrar fuerza a medida que Agnes se alejaba la bebida. Incapaz de sentir latido alguno, acercó la nariz a la boca del tipo con la esperanza de percibir un poco de aliento. Permaneció allí unos pocos segundos sin captar nada, y al apartarse, los labios del hombre silencioso la rozaron dejándola en un estado de estupefacción. Agnes se ruborizó y dio un salto hacia atrás. Era la primera vez en mucho tiempo que se encontraba a solas con un hombre, y de poder recordar cuando tuvo ocasión de experimentar algo similar, seguramente hubiera querido olvidarlo al momento. Los capullos que cruzaban su camino durante su éxtasis etílico eran como la mayoría de los hombres, solo que con todos sus defectos aumentados al límite. Por el contrario, aquel joven no parecía desearle nada malo. Todo un caballero sin una brizna de consciencia a su disposición. No tenía nada que temer, y aquello ya era mucho.

Agnes metió la mano en el bolsillo de la americana negra que vestía el tipo. La cartera contenía un permiso de conducir y varias tarjetas de crédito. Todo ello a nombre de Rufus Thomas.

Comparó la foto del permiso de conducir con el rostro del tipo. No había duda de que se trataban de la misma persona: corte de pelo clásico, afeitado impecable y unos hermosos ojos verdes. La cabeza comenzaba a darle vueltas. ¿Qué ocurriría si alguien llamaba a la puerta en aquel instante? ¿Estaba segura de que ningún vecino la había visto arrastrar el cuerpo? Empezó a sentirse mareada y confusa. Tomó asiento y se deshizo de los zapatos. Ahora ya estaba segura de que no iba a llegar puntual al cuarto aniversario pequeño Kevin. No podía dejar a Rufus Thomas estirado en el suelo. Tampoco podía pedir ayuda a nadie. Definitivamente aquello no había sido una buena idea. Pero los labios del aquel tipo. Agnes seguía estremecida por el roce.

Quiso tomar una copa. Una copa le habría ayudado a tomar una decisión, o quizás a olvidar todas las decisiones importantes. Entró en la cocina. Una pequeña botella estaba escondida bajo la pica del lavabo camuflada entre un montón de periódicos antiguos. Ni siquiera recordaba que licor contenía, pero fuese lo que fuese no iba a mezclarse con aquello. Abrió la caja que guardaba la tarta perfecta y se sirvió un pedazo. Acabó con el en un santiamén, y tras sentirse algo mejor cogió el resto de tarta y se dirigió al salón.

Agnes pensó que después de acabar con todo el pastel no le sería fácil limpiar el cuerpo antes de la inevitable llamada a la poli. Mientras relamía los restos de tarta de queso, limón y crema con los que había dibujado círculos descremados alredor de los pezones de Rufus Thomas, creyó sin duda, que ningún fisgón con una placa iba a creer que una dulce anciana de sesenta y largos, era capaz de acabar con la vida de un joven fuerte y sano como aquél. Tampoco la creerían con la desvergüenza de celebrar una dulce orgía post Morten con el cuerpo inerte de Rufus, y menos a su edad. Como mucho recibiría una reprimenda por no haber llamado inmediatamente a la policía nada más descubrir el cuerpo desparramado en la entrada. En el peor de los casos, se vería obligada a realizar una declaración en una comisaría cercana, y a última hora de la noche, un agente a punto de acabar el servicio la llevaría de vuelta a casa en un coche patrulla.

Pero Agnes no reparó en que su extraña ausencia en casa de los padres de Kevin, provocaría que estos, preocupados por la fragilidad de su salud mental, y temiendo una recaída, o un simple y desafortunado resbalón en el cuarto de baño, acudiesen en bandada a las puertas de su casa, retirasen la llave oculta debajo del felpudo, y la descubriesen desnuda y cubierta de crema sobre el cuerpo de un conocido, también desnudo, llamado Rufus Thomas. Un taxista contratado por la familia para recoger a la abuela Agnes la mañana del nueve de septiembre de 1964. Fecha en el que el pequeño Kevin, se disponía a celebrar su cuarto cumpleaños. Un taxista al que esa misma mañana se le manifestaron los primeros síntomas de la Tripanosomiasis africana, también conocida como la enfermedad del sueño, momentos antes de disponerse a llamar al timbre.

Y menos aún, se habría aventurado a preveer, que una vez que la familia al completo la sorprendiese en una actitud tan poco cristiana con una tarta perfecta, el apuesto cadáver que yacía entre sus piernas, se levantaría de un respingo y en medio de terroríficos alaridos, se lanzaría en busca de la salida con los ojos de todos clavados en su trasero desnudo desapareciendo en una esquina y perdiéndose calle abajo. Todos menos uno; el pequeño Kevin, incapaz de apartar la vista de aquel traje arrugado cubierto de crema.

sábado 31 de octubre de 2009

MEDIA NOCHE PORNO EN LA NAVIDAD DE LOS ZOMBIES DOS



Lugosi y Rasputín y Karloff

y seis cajas de arsénico

sin compasión.

una momia malhablada en el

jardín del edén,

Grigorio rasga las vendas

y dentro el gran cañón.

madame Curie

pérfida engreída,

rayos X en el coño

y en el culo dos bujías

medianoche porno en la navidad

de los zombies.

restos en mi taquilla

luces que se apagan

y el vestido de una novia

atropellada.

Quasimodo hermoso,

cagarros en el pantalón

y una verga en la joroba,

jode que te jode en el

culo de una virgen,

su sabor es gominola.

las cuchillas de Ichi

el asesino,

mangueras de sangre

girando en un tiovivo.

la mujer pantera

y una puta de carretera,

vísceras en el asfalto bajo

el cielo azul cobalto.

lluvia ácida entretenida

para la sed del parricida.

medianoche porno en la navidad

de los zombies.

trampas para ratones

atrapadedos juguetones,

y en tu boca

mis cojones.

marea negra y la tormenta

del siglo,

Rosie O´Donell

ya conoce el peligro.

pitufos aplastados y

la rubia en un gang bang,

trolls con la polla dura y

viagra para Satán.

cámaras de video y snuff

hasta el delirio.

alguien trajo una sierra,

clavos y un martillo.

medianoche porno en la navidad

de los zombies.

Sandokan el talibán.

bombas en el metro,

bombas en el tren,

bombas en el ave,

bombas en mi té.

camarada Torquemada

desnudando a Olvido Gara.

calzoncillos en aire,

¡enciéndeme un pitillo!

el horno esta caliente,

niños en un montón.

sombras chinescas

pan con tomate,

aceite y orejas.

una estatua en Milwaakkke

para este carnicero molón

medianoche porno en la navidad

de los zombies

estómago lleno y cadáveres

envueltos en neopreno,

bañera repleta

de culos de piernas

y baldosas con grietas

¿quién limpiará la pataleta?

me dijeron vístete

y agarré mi bicicleta,

até el alien al sillín

y ladera abajo

le vi rodar a destajo

mi furia es un volcán

mi dolor un torbellino

el destino es un cretino

tu placenta mi vino

medianoche porno en la navidad

de los zombies

tengo un as en la manga

un carrusel oxidado,

pinturas de guerra y

nariz de payaso

vivo en la torre más alta

en el infierno más bajo,

soy el trato y el truco

y meneo mi colgajo

me oculto en la luna

me baño en tu río,

de lluvia dorada y

estrellas quemadas.

rostro de ángel

ojos flotando y

nariz respingona,

esclavas mis hadas

medianoche porno en la navidad

de los zombies

Frankieweenie en mis rodillas

Vampirella en mi entrepierna

esta casa es una ruina

cada día es una fiesta.


MEDIA NOCHE PORNO EN LA NAVIDAD DE LOS ZOMBIES



Una polla de hueso atravesando

el coño de una bruja gitana.

Vainas que caen del cielo

y ultra cuerpos enrojecidos.

Una estaca en el culo de Akasha.

La reina condenada y la novia de Frank, montándose un 666 en el catre con Christine.

Medianoche porno en la navidad de los zombis.

Linda Blair y Kathy Bates jugando

a los médicos con un crucifijo.

Brian entra y sale mojado y silbando una canción.

Caroline adolescente que se lo mira resucitada

para la ocasión.

Caliente y convertida en una no muerta por el

Doctor de Reanimator Dos.

¡Vive! ¡Vive!. En medio de la tormenta se oye gritar.

Maese Sonoro esnifando cola

en la bola de cristal y la Bruja Avería

cocinando un bebé para Herman y Lily.

La señorita Blair no puede esperar

y pide comida rápida para llevar.

Restaurante Gran Kajhuna ensangrentado.

Freddy y Mike y Baby y Otis que fueron los primeros en llegar.

Medianoche porno en la navidad de los zombis.

Silvia Superstar se agarra una teta mientras Pat

Bateman la observa con cara de majareta.

Al hombre lobo le crecen las orejas y el rabo mientras la momia le espera en el lavabo.

Luce un sexy top de encaje hecho de papel de wáter

Brillan en su barbilla los restos

de un extasiado Norman Bates.

Calaveras, globos, serpentinas y una hilera de

quinceañeros colgados boca abajo.

Leatherface trabajando a destajo.

Una máquina de coser llamada Misery Machine

creando tendencias con la piel de los muertos.

Un par de orejas que son dos gemelos y unos globos

oculares para poner en el pelo.

Ed Gein da saltos de alegría con su nueva epidermis y yo que me celo.

Medianoche porno en la ciudad de los zombis.

Rasca y Pica jugando a las canicas con las pelotas de Buffalo Bill.

Hannibal Lecter vestido de sirvienta y Jodie Foster abierta de piernas.

Cuando crees que ya lo has visto todo

aparece Elvira cubierta de lodo.

Comiendo el ojo mágico de Vampira

para la enculada de Benicio del Toro,

el nuevo hombre lobo.

Leche fosforita cubriendo los rostros de tus vírgenes favoritas.

Calabazas, caramelos, serpentinas y nazis con gomina.

Bitelchús y Wynona en la cama con Madonna.

Eduardo Manospenes con los brazos en alto…

¿Debe de tratarse de una broma?

Medianoche porno en la ciudad de los zombis.

Velas encendidas, niños en una pila,

payasos en las esquinas.

Stephen King ahogado en la piscina.

Cámaras de video. Tienes un e-mail.

Marca en la cabeza, mordisco en el tobillo.

Luna llena y parturienta de enhorabuena.

El hijo de Sam que se apunta a la verbena.

Corazones rotos y un sarpullido infectado.

Trato o truco en el día del luto.

Medianoche porno en la ciudad de los zombis.

Y cuando crees que todo había acabado llegó el Alien y te la clavó de lado.


lunes 26 de octubre de 2009

LUZ DE LUNA

Cristina me llamó de madrugada. Con los ojos nublados no veía el número que se reflejaba en la pantalla, pero de alguna manera supe que se trataba de ella.
Al principio tardaba en prestarle atención a ese tipo de señales. Los titulares en el diario, las huidas a medianoche.
Las extrañas coincidencias.
Reconocer que todas aquellas imágenes formaban parte de su irrealidad, de su maldición, era algo que no tenía sentido.
-Lo siento, ¿estabas durmiendo, verdad?-me dijo.
-No. Estaba soñando, pero no dormía.
-Ha vuelto a pasar-me dijo. Necesito que vengas.
-¿Dónde estas?-pregunté.
-No lo sé. Creo que en un bosque cerca de la carretera. No recuerdo como llegué aquí...
-¿Y de quién es este teléfono?
-Se lo he cogido a él. Lo tenía en la guantera del coche.
¿Cuánto crees que tardarás?-preguntó.
-¿Y dónde esta "él"?-le dije.
¿Queda algún pedazo reconocible?
-¡Oh! por favor....
-¿Qué?
-No me hagas pasar por esto de nuevo. Tan solo dime cuanto tardarás en sacarme de aquí. ¡Maldita sea!
-Esta bien, esta bien. Necesito que te acerques a la carretera, y que camines hasta que encuentres una señal. Entonces vuelves a llamarme.
-David…
-¿Qué?
-Estoy desnuda.
Le dije que le quitase la ropa a aquel pobre desgraciado. Le dije que cogiese aquella ropa sanguinolenta y que se apañase con ella hasta que yo llegase.
Me senté en la cama, me calcé las zapatillas y encendí un cigarrillo.
-¡Sal a la carretera y busca una jodida señal maldita zorra! Estaba enfadado, o por lo menos lo hacía ver.
¡Y vuelve a llamar cuando la encuentres, joder!-exclamé.
-¿Cariño?
-¿Qué?
-Te casaste conmigo sabiendo que era "una maldita zorra".

Colgué el teléfono y me vestí. Después bajé al garaje y arranqué el coche.
Empecé a dar vueltas haciendo tiempo hasta la siguiente llamada.
Tras veinte minutos circulando en tercera, me dirigí hacia las afueras.
Pasé de los edificios a las fábricas, y de ahí al bosque. Agachando la cabeza de vez en cuando y mirando al cielo. Viendo como la luna se convertía en una bola enorme que se me venía encima.



domingo 25 de octubre de 2009

UN EXITO INESPERADO


Después de probar mi tos y dejar parte del estómago en el suelo, podía decirse que ya estaba despierto. Eso solía ocurrir pasado el mediodía. Entonces trataba de quedarme lo bastante quieto y silencioso para no despertar al hambre.

El hambre y yo compartíamos apartamento. Una caja de zapatos jubilada a la que un tipo le había puesto una ventana y un cerrojo. Al atardecer le echaba un vistazo a la nevera. Metía dentro la nariz, aspiraba un poco de aire fresco y me preparaba un viaje.

Ya de noche agarraba mi sombrero y salía por la puerta con Daisy bajo el brazo. Hora y pico más tarde llegaba al club. El pico dependía de los problemas del camino. A veces los problemas me sacudían en un callejón. En ocasiones lo hacían en un coche patrulla. Pero de una manera u otra me dejaban lo bastante entero para el señor Weinstein. Luego me sentaba junto a los chicos de la banda y pegaba los labios a Daisy. Y así cuatro noches por semana.

Antes de cerrar el club el señor Weinstein colocaba un sobre junto al estuche de mi trompeta. Ella pagaba las facturas, así que por mi estaba bien. No esperaba ninguna palmada en la espalda. Eso me habría tumbado.

Cuatro noches por semana volvía a la caja de zapatos con un sobre delgado y Daisy bajo el brazo. Las lágrimas trataban de asomar la cabeza de vez en cuando, pero afortunadamente para mí, nunca había nadie mirando.

Una noche de vuelta a casa, alguien dispuso una lluvia de estrellas sobre mi cabeza. Me quité el sombrero y contemplé el espectáculo. Era la primera vez que las veía moverse tan rápido, pensé. Cerré los ojos y murmuré un deseo.

Y entonces, sucedió.

Cuando desperté, Rosemary, que así se llamaba mi enfermera, estaba colocando un ramo de orquídeas en un jarrón con agua. Había flores por todas partes. Imaginaba que había muerto e interrogué a la chica. De eso nada señor Shapiro, dijo. Esta usted en el hospital St Vincent. ¿Y quién paga las facturas?, pregunté. No es algo de lo que deba preocuparse, contesto la enfermera tras correr las cortinas. ¿Y las flores? Deben de ser de su ángel de la guarda, soltó antes de cerrar la puerta. Después el sol quemó la habitación y volví a quedarme dormido.

De vuelta a mi apartamento con Daisy bajo el brazo, al casero casi le da un infarto cuando subió as escaleras a toda prisa para decirme que tenía una llamada. ¿Una llamada? Es su agente creo. Creí que había muerto, o cambiado de oficio. Bajé las escaleras de una zancada y agarré el auricular. Howard al aparato.

Uno de mis temas iba a ser incluido en una película. Hollywood, ahí es nada. Tenía que moverme a Los Ángeles y firmar un contrato. De paso tocaría en algunos garitos y repasaría el tema femenino en la costa oeste. La suerte me sonreía por una vez. Que había hecho para merecerla me traía sin cuidado. Antes de partir hablé con mi médico. Me firmó algunas recetas y tuvo esa clase de charla conmigo. Asentí, estreché su mano y tomé un tren.

California era luz y estrellas las 24 horas del día 365 días al año. Pasé los siguientes seis meses recorriendo cada club, cada fiesta y cada cama que me encontraba por el camino. Incluso aparecí en la escena de una película junto al actor Randolph Scott. Se rumoreaba que al tipo le atraían las pollas, pero conmigo fue más que correcto. O puede que simplemente no le gustasen los negros. De todas maneras aquello me abrió las puertas del cine. Con él llegaron más fiestas, más camas y otras puertas. Y entonces alguien me habló de Europa.

París era una fiesta, una fiesta que no parecía querer acabar nunca. Y en aquella perpetua celebración conocí a la que sería mi esposa durante mi año francés, Sofía. Una belleza italiana a la que le encantaba el jazz, el champán y la piel de cobre, sin importar el orden de todo aquello. Gracias a ella Daisy pisó el escenario de la ópera de París. Una noche recibí una ovación de más de treinta minutos. No pude evitar bostezar.

Sabía que estaba en lo más alto, pero ignoraba que una vez arriba cualquier descuido me llevaría rodando de nuevo al callejón. Esa sensación no paraba de rondarme la cabeza.

De vez en cuando recordaba los viejos tiempos y la miseria. Tenía postales de la amargura colgadas en la pared. A mi mente volvían las palabras del doctor; si, aquella charla.

Un día unos tipos echaron abajo la puerta de mi camerino en un teatro de Madrid. Yo estaba tirado en el suelo, nadando en un charco de porquería. Recuerdo a Sofía acompañarme hasta el asiento del avión, y después de eso, tan solo las nubes primero, y las estrellas horas más tarde. Moviéndose rápido, como nunca las había visto salvo aquella noche.

Semanas después recibía una carta de mi princesa italiana. Problemas con el visado le impedían venir a verme a Nueva York. Finalmente la burocracia mató nuestro matrimonio con un sello y una carta certificada. Mientras firmaba los papeles subieron gritos de la calle. La guerra había estallado. Supuse que eso acabaría echando tierra sobre el ataúd, y así fue.

Mientras tanto, y durante algún tiempo, pude seguir tocando en el local del señor Weinstein. Los soldados iban y venían; escuchaban algunas de mis canciones tristes, y se embarcaban hacia Europa. La mayoría iba a perderlo todo, así que sabían de que les hablaba.

Finalmente un día recogí mi sobre delgado y eché un vistazo al club por última vez. De camino a mi apartamento un tipo de uniforme me entregó una octavilla. Leí aquella hoja mientras acababa con las provisiones de mi nevera.

Mirando las olas desde el barco pensé en Daisy olvidada en el escaparate de una casa de empeños. Le dí un último beso a través del Atlántico y volví al catre. La armónica de un muchacho de Louisiana resonó en el camarote durante todo el viaje.

Tras dos semanas mareado desembarcamos. La guerra nos recibió con los brazos abiertos. Para un yonqui no había nada como la alta mar para olvidar el hábito. Aún así, sabía que el hábito no iba a darme la espalda tan fácilmente.

Los dos primeros meses en el frente me bastaron para convencerme de que Dios debía de haberse tomado un montón de días libres. Me dediqué a sobrevivir. Para mi sorpresa se me dio de perlas. Suerte supongo.

Un día frente a la costa francesa me pareció ver de nuevo aquella lluvia de estrellas, pero al amanecer, la única lluvia que vi era de proyectiles, y esa no concedía ningún deseo, a menos que tu deseo fuese acabar muerto.

Y después de todo aquello quién me iba a decir a mi que París seguiría de fiesta. A los alemanes les importaban más las piedras que las personas, y la ciudad todavía lucía como ninguna otra.

Tan pronto como limpiamos la ciudad, alguien me reconoció y no tardó en ponerme una trompeta entre las manos. Aquel instrumento no tenía nombre, aun así cerré los ojos y fingí que se trataba de Daisy.

Esa misma noche hubo mujeres, vino y una fiesta. Alguien me contó las aventuras de Sofía con un sargento alemán. También me explicaron cual era la inscripción de su lápida, y lo que significaba. Al hacerlo brindaron. Había tanto por celebrar. Pero aquello me entristeció, aunque cuando las lágrimas asomaron la cabeza no había nadie mirando.

La noche avanzaba y yo sabía que mi viejo amigo se hallaba cerca, así que cuando una muchacha colocó aquella goma en mi brazo, dejé que el émbolo me empujase hasta lanzarme de nuevo al callejón.


domingo 2 de agosto de 2009

A.L.

El actor de las tres estatuillas le dio la bofetada a la debutante tal como estaba escrito en la página número treinta y siete del guión de Sábanas de Terciopelo. El silencio era tan profundo tras la señal de ¡acción!, que el golpe pareció ser más fuerte de lo en fue en realidad. El equipo de rodaje permanecía aún con la boca cerrada segundos después de la señal de corten. Todos esperaban que la actriz reaccionase de alguna manera, pero antes de que eso pudiese ocurrir dos maquilladoras de la productora se encargaron de arrastrar a cada uno a sus respectivos camerinos. El actor de las tres estatuillas se dejó caer sobre un sofá instalado en una espaciosa roulotte blanca, un vehículo de novecientos mil dólares con cristales antibalas y ducha de agua caliente, y la debutante apoyó los brazos sobre una mesa de plástico en su roulotte algo más pequeña y de un color blanco apagado, pero que en realidad era amarillo, algo en lo que ningún miembro del equipo parecía reparar y a lo que nadie prestaba demasiada atención. Bebo se colocó las gafas de sol y suspendió el rodaje hasta el día siguiente.

Sobre la mesa del catering se amontonaban sándwiches vegetales envueltos en pequeñas bolsas de plástico transparente. También había zumo de naranja recién exprimido; eso era lo que decían, pero el zumo llevaba seis horas en el mismo lugar sin que nadie se hubiese atrevido a probarlo, refrescos dietéticos de cola, vasitos de café, los cuales eran repuestos al instante por los tres inquietos muchachos puertorriqueños que se encargaban de que nadie pasase hambre o sueño durante las horas de rodaje (cada vez que un hueco desaparecía de la hilera del café, una nueva dosis ocupaba su lugar y otra comenzaba a humear en la máquina), servilletas, cubiertos, platos y vasos desechables, piezas de fruta; manzanas verdes, kiwis, melocotones, plátanos. Y muchas naranjas, todas apiladas sin orden o lógica alguna...En la esquina derecha se habilitó un pequeño minibar compuesto por una botella de tequila "Los suicidas"; una marca difícil de encontrar, para algunos la mejor marca mescal del mundo, y a la que muchos y por desconocimiento la consideraban un mito. Un mescal fantasma sacado de la conversación entre un borracho y su propia sombra perdida en la tumba de arena de Sonora.

Había también una botella de Four Roses casi vacía, una cubitera, vasos de cristal rojo, un salero, un recipiente con limones y algunas rodajas esparcidas en un plato plano del mismo color que los vasos, y junto a él, un pesado cenicero de cristal grueso también rojo con una marea de colillas dentro. La última de ellas y antes de morir iba quemando los restos de las que ya eran cadáver hasta que uno de los puertorriqueños, un chaval de rictus plano llamado Salvador echó un poco de agua por encima y retiró el cenicero vertiendo su contenido en una bolsa de plástico, reemplazándolo por otro de igual color y peso, pero limpio como las lágrimas de los ángeles (era así como se expresaba Salvador rememorando palabras y gestos de su abuela muerta "limpio como las lágrimas de los ángeles" o "reluciente como las lágrimas de los ángeles" o "sucio como el gargajo del diablo").

Bebo se acercó al minibar, vació la botella de whisky en un vaso, echó dos cubitos, encendió un cigarrillo, sacó uno de los cubitos, lo dejó caer de nuevo en la cubitera, dio un sorbo a la bebida, dio una profunda calada al cigarrillo hasta que sus pulmones encendieron la señal de alarma, después echó el humo y anunció el fin del rodaje hasta el jueves. Eso significaba que todos tendrían que volver a reunirse en el mismo lugar exactamente diez horas a partir de aquel momento. Tal y como lo decía parecía que el jueves quedase muy lejos. Como si cualquiera de los integrantes del rodaje de Sábanas de Terciopelo, pudiera trazar un puente imaginario hasta el jueves y desde su nacimiento, contemplarlo como el camino hacia a un hermoso lugar donde el tiempo se detiene y el aire se vuelve tan respirable que uno cae al suelo embriagado por la placidez del oxígeno puro, pero que sin embargo, no era más que un descanso fugaz para la bocanada, antes de volver a respirar en la atmósfera pesada convertida por los cigarrillos mentolados y el humor raticida de Bebo, director de la adaptación al cine del best seller de la escritora Felicia Conde, y único miembro del equipo a excepción del actor de las tres estatuillas y la debutante que lo hacían en sus respectivas caravanas, autorizado a fumar durante las horas de trabajo. Decisión tomada de mutuo acuerdo consigo mismo y acatada por todos sin rechistar, y a estas alturas, la única relacionada con Sábanas de Terciopelo que no parecía escapar a su control, con las excepciones ya mencionadas del actor de las tres estatuillas y la actriz debutante, la cual, y tras ingerir dos cápsulas de Promenol (un potente analgésico) y unos tragos de vodka, comenzó a desnudarse cuando Bebo inició la señal secreta golpeando la puerta de la roulotte armilla, sosteniendo con una mano la botella de "Los Suicidas", y con la otra un cigarrillo a punto de ahogarse.

Carolina Herralde antes de ser rebautizada en una agencia de abogados de Los Ángeles como Lucía Montana, había llegado a California siguiendo la estela de cuatro generaciones diferentes de aspirantes a actrices. La última de esa generaciones, la número cinco, era ya consciente de la escasa probabilidad de entrar en la galaxia de estrellas hollywoodenses de ascendencia latina que había llegado a lo más alto (el pastel latino en el mundo del cine ya había sido repartido siguiendo las órdenes estrictas de la industria en la sombra, o lo que es lo mismo, ya no cabía ni un solo cholo más), aunque fuese saltando de papel de puta a papel de narcotraficante, y de ahí a torero, o terrorista árabe, o limpiadora del hogar o puta de nuevo. Para ello no había que perder nunca la sonrisa además de no ganar un solo gramo de carne que se saliese del encuadre. Carolina Herrera no había hecho ni una cosa ni la otra. Ni tan siquiera el día de su bautizo en un despacho de abogados de Los Ángeles, rodeada por tres miembros del bufete con los pantalones en los tobillos, dos blancos y un negro, el tercero, con una polla descomunal que parecía la de los dos colegas blancos colocadas una a continuación de la otra, y que le dolió más que nada en el mundo hasta aquel momento. Carolina Herralde solo abandonó la sonrisa cuando salió del edificio en un BMW blanco de alquiler convertida en Lucia Montana, y tan solo por un instante, antes de comenzar a conducir por la soleada California, y antes de bajar la capota del coche, y solo antes de sintonizar en la radio una emisora que emitía corridos las veinticuatro horas del día desde el uno de enero hasta el treinta y uno de diciembre. Al llegar a su nuevo apartamento, Lucía Montana dejó las llaves del BMW en un enorme cenicero de cristal rojo con pequeñas imperfecciones que formaban burbujas que a simple vista costaban de ver, pero que a medida que uno se acercaba poseído por la curiosidad, tenía la impresión de estar descubriendo un nuevo y diminuto universo congelado hace millones de años y conservado incorrupto hasta la fecha. Lucia se dirigió a toda prisa al lavabo y abrió el grifo del agua caliente. In a nick of time ensayaba Lucía, en un instante el vapor comenzó a cerrar las ventanas del espejo y durante unos segundos Carolina Herralde reapareció bañando de lágrimas el rostro desdibujado que se perdía ante sus ojos. Puedo permitírmelo debió de pensar la futura estrella de Hollywood; ahora y durante unos escasos segundos ¿y a quién le importa unas segundos?, puedo permitírmelo, vaya si puedo. Hay quién cree que los cuartos de baño no pertenecen a ninguna nación o país, tan solo son pequeñas embajadas de la tierra en las que uno devuelve al suelo un poco de la vida que este le dio al principio, como quien paga tributo frente a un altar mal iluminado rodeado de silencio. ¿Quién piensa en esas cosas, más importante aún, por qué me vienen a la cabeza? La joven actriz levantó la tapa del retrete y vomitó hasta que no le quedaron fuerzas ni ganas para nada más, y después de tirar de la cadena y vaciar media botella de elixir bucal pasó a otra cosa.

Darleene apagó las luces de su habitación y se metió en la cama escuchando música en el reproductor que le había regalado su hermano hacía tan solo un par de días. Lo ha robado, estaba segura de ello, y si mamá se enterase le iba a caer una buena a su hermano y después ella tendría que conformarse con irse a dormir en silencio, como siempre hasta la fecha. Darleene tenía siete años. Comenzó a buscar una canción de su artista favorito en el reproductor cuando de repente Dod abrió la puerta y asomó la cabeza en la habitación oscura. Darleene le preguntó por qué no había llamado primero y ella le contestó que estaba a punto de dejarse los nudillos aporreando la puerta de su hijita a la que las orejas parecían habérsele dormido antes que el resto del cuerpo. Darleene sonrió y le preguntó a mamá que quería, y Dod, que era el nombre con el que los tres hijos de Dorothy llamaban a su mamá, le dijo que apagase la tele, el pequeño televisor que el hermano de Darleene había puesto sobre su escritorio el pasado verano, del cual Darleene se preguntaba que había pasado con la caja y a lo que su hermano le contestó que no se preocupase, que si el televisor se estropeaba lo tirarían a la basura y le conseguiría otro nuevo en un abrir y cerrar de ojos. También le preguntó acerca de la factura y si había sellado la garantía en la tienda, lo que hizo que el hermano de Darleene se preguntase si no era aquella pequeña hermana suya una de esos niños superdotadas de los concursos de la tele y si eso significaba que tarde o temprano la pequeña Darleene iba a sacar a toda la familia de Compton para instalarla en Hawai o en Cancún. Darleene miró el televisor y después miró a su mamá, y tras meditar la respuesta le explicó a Dod que el televisor estaba apagado. Pero Dod miró el televisor y luego miró a su hija, y tras maravillarse con sus preciosos ojos le dijo que el aparato se había quedado en standby. Eso significaba que la tele no se había apagado del todo, ya que la luz roja del piloto situado en la parte posterior del mismo permanecía encendida por si alguien tenía mucha prisa por ver los dibujos de la mañana. Darleene sacó un brazo de las sábanas y trató de alcanzar la silla de ruedas, pero Dod se anticipó y se abalanzó sobre su hija besándola en el cuello y haciéndole cosquillas. Darleene se echó a reír y le dijo a Dod que era la mujer vampira negra más guapa que había visto nunca, a lo que Dod le preguntó cuantas vampiras negras había visto en su vida a parte de las de la tele. Eso es un secreto pensó Darleene, pero secreto o no recordó que su reproductor seguía sonando bajo las sábanas y que mamá vampira Dod iba descubrir el nuevo regalo de su hermano tarde o temprano, así que era mejor simular que estaba cansada para que Dod se fuese al sofá a fumar sus cigarrillos, y quizás mañana le hablase de los regalos de su hermano y puede que también de las pesadillas que últimamente le habían empezado a perseguir en sus sueños, cada vez más extraños e inquietantes. Unos sueños rodados en su habitación, en los que la niña, ahora sin silla de ruedas, trataba de huir de una sombra que se extendía de la pared al suelo y que luego se alzaba sobre la moqueta hasta convertirse en una persona. Un hombre blanco de casi dos metros y sin rostro definido, capaz de tocar el techo con la punta de su nariz, y que a punto estaba de abalanzarse sobre su cama, cuando Darleene asustada, se disponía a salir corriendo de allí en busca a sus hermanos, hasta que de repente se daba cuenta de dos cosas: de que la mitad de su cuerpo seguía dormido y de que ella había olvidado como había que hacer para despertar a las piernas. Esas dos extremidades flacuchas que se habían quedado quietas para siempre desde que el marido de Dod perdiese el control del coche y ambos, se saliesen de la carretera para acabar estrellándose contra una valla publicitaria y un bloque de hormigón que nadie conseguía explicarse que hacía allí, en medio de la más completa nada. Una lotería nefasta de la que la única que se salvó fue Darleene, al conseguir salir del auto antes de que el Chrysler de Moisés se incendiase con él dentro, atrapado entre el asiento delantero y el motor. Darleene no estaba muy segura del porque de algo así para ella y a su familia. Quizás y según la religión católica, la suya no había sido una familia muy virtuosa, pero apostaría a que ninguno de sus hermanos y ni hablar de Dod, habían violado nunca los diez mandamientos, por lo menos los que más le preocupaban, o sea uno, el de no matar. No pensaba lo mismo de Moisés, pero incluso teniendo la certeza de que era un hombre malo no lo tenía por un asesino. Era consciente que desde que él ya no vivía con su familia se habían acabado las botellas vacías y la basura que crecía a su paso, los gritos, los visitantes extraños y los moratones de mamá, aunque no las montañas de cigarrillos que se acumulaban en el cenicero rojo de la cocina; un mal hábito, no un vicio como lo llamaba Dod, un mal hábito como lo llamaba Darleene, porque los vicios cumplían años durante toda la vida y los malos hábitos, estos sí, tenían fecha de caducidad y un funeral con toda la pompa de los funerales. Y justo eso era lo que padecían las piernas de Darleene, un mal hábito que las enmudeció de manera provisional desde el día del accidente, o mejor dicho desde la mañana en la que despertó en la cama del hospital dos semanas después de salir de la carretera, pues Darleene juraba que había salido de aquél coche en llamas por su propio pie, aunque Dod le corregía y le decía que eso no era posible, que más bien un ángel había viajado desde el cielo a la Tierra al enterarse de que un hombre llamado Moisés se había matado en un accidente de tráfico, pero que al tratarse de un Moisés tan malo decidió llevarse consigo a la hermosa chiquilla que encontró tirada en el asiento de atrás. Pero como los planes de Dios no contemplaban todavía hacerse con una Darleene en su reino, y aquel ángel era un ángel primerizo, sea por torpeza o por descuido, acabó alzando el vuelo con tan solo la mitad de la chiquilla, dejando caer el resto sobre la cuneta, algo por lo que debió de recibir una buena reprimenda en el cielo. Para Darleene era una historia hilarante, y para Dod también, sobretodo cuando se perdía en los detalles; las plumas del ángel, el color de su pelo, el tiempo que hacía aquel día, hasta que despertaba escuchándose a si misma. Pero de todas maneras, y aunque no lo reconociesen una frente a la otra, ambas eran capaces de aceptar las dos verdades como buenas, el cuento del ángel y el relato de cómo Darleene consiguió arrastrarse a través de una ventanilla rota con el Chrysler del revés, unos cincuenta metros hasta que el fuego quedó muy atrás, y Darleene perdía el conocimiento lo suficientemente cerca de la carretera. Aquella sería la primera vez que el gigante blanco aparecía nada más cerrar los ojos cayendo presa del esfuerzo. Un gigante, un hombre blanco, un hombre de dos metros, un hombre sin rostro, una visita sin bastón y sin sombrero. Durante semanas vino y se largó cuando le dio la gana, siempre en los sueños y alguna vez al despertar, como si le costase tratar de volver al sueño una vez que la primera luz del día se colaba por la ventana. Pero últimamente su presencia se hacía cada vez más frecuente, deslizándose de la pared al suelo, y después alzándose hasta casi tocar el techo con la cabeza. Darleene nunca hablaba de ello, pero sabía que aquel hombre no le quitaba los ojos de encima, de la misma manera que sabía que podía tocar el techo con la punta de la nariz, aunque eso en realidad no era tan importante. Si al menos dejases de mirarme aunque solo fuera un segundo.

Esa noche Dod desenchufó el televisor de la red y abandonó la habitación cerrando la puerta al salir para no volverla a abrir hasta el día siguiente, nueve horas más tarde. La luz había entrado por la ventana bañando de claridad toda la estancia. Dod observó hasta el más mínimo detalle antes de salir corriendo fuera de la casa. El grito despertó a un barrio acostumbrado a los gritos pero no a ese. Eso fue lo que le dijo un chico a la poli. Fueron tres gritos, y después un cuarto hasta que la voz de Dod se convirtió en viento.

Gonzalo conocía hasta el más mínimo detalle del despacho del detective Gutierrez Moya. Conocía por ejemplo, cual era la inclinación exacta de los diplomas de la pared, y por qué ciertos recortes de periódicos que colgaban atravesados por una chincheta plateada en una pizarra de corcho se habían amarilleado más que otros. Cada vez que en su presencia sonaba el teléfono, Gonzalo esperaba hasta el cuarto tono de llamada, y entonces sabía que el detective Moya trasnferiría la llamada a otro departamento o que simplemente descolgaría el auricular para inmediatamente volverlo a colgar sin dar ninguna importancia a quién o qué había al otro lado. Gutierrez se ocupaba de los asuntos uno por uno, y si era Gonzalo el que ocupaba uno de los dos sillones de cuero desgastado al otro lado de la mesa del detective, ya había un asunto del que ocuparse.

En los últimos cinco años Gonzalo ya había visitado los despachos de otros miembros del cuerpo de la policía de Los Angeles, y observó que mientras los compañeros de Moya habían adecuado sus lugares de trabajo a los nuevos tiempos y todos poseían ordenadores de última generación y delgados equipos de sonido con altavoces del tamaño de un paquete de cigarrillos, el detective de homicidios Gutierrez Moya aún mantenía la misma computadora desde principios de 1999, con la carcasa cubierta por la neblina amarilla que produce la nicotina, y olvidada al lado de un puñado de libros con informes enterrados, un radio transistor ajeno a la era digital cuya antena se había partido hacia tiempo, aunque esto último no importaba, ya que rara era la vez que una sola nota musical viajaba a través de aquellas cuatro paredes.

En el tercer cajón de la mesa; una mesa sin más detalle que el de aguantar papeles, un monitor, un teclado y algunos estallidos de ira con los puños cerrados, el detective guardaba una botella de tequila Los Suicidas y dos vasos. La botella estaba cubierta por una servilleta roja con las iniciales J y M bordadas en una esquina. Gonzalo no sabía a quién pertenecían aquellas iniciales. Podría tratarse de Jenny McCarthy, o Joan Margaret, o Jackie Marjorie, o Juana María o cualquier otra JM. Gonzalo siempre pensaba que en todo caso las siglas hacían referencia a un nombre de mujer, alguna mujer en la vida del detective Gutierrez Moya, su novia, una amante o su mamá. Estaba seguro no obstante de que no se trataban de las iniciales de la señora del detective Moya, pues en ninguno de los dos anulares del detective había anillo alguno, y conociendo el historial de Gutierrez, era poco probable que una mujer ocupase una parte importante de su vida, le planchase algunas camisas, y le esperase despierta toda una noche.

El detective de homicidios Gutierrez Moya abrió el tercer cajón de la mesa y tras retirar la servilleta roja sacó de allí la botella de tequila Los Suicidas y dos vasos que colocó encima de un ejemplar de la revista Caza y Pesca. Sirvió sendos tequilazos que chupamos como quién se prepara para recibir la bomba de Hiroshima viéndola venir desde el jardín de casa, y volvió a guardar la botella colocando encima a JM.

Antes de ponerse manos a la obra con nuevo caso, el detective Gutierrez Moya leía el expediente y echaba un vistazo a las fotos. Con el tiempo ciertos gestos en los cadáveres habían dejado de desagradarle, pero aún así la actitud de un muerto, así la llamaba él: "la actitud del muerto", había llegado a fascinarle de tal manera que podía pasar horas en silencio observando cada detalle obtenido en la fotografía como si se tratase de los grabados de la capilla Sixtina o de las líneas afiladas de un cuadro expresionista. El detective hablaba de la escena del crimen refiriéndose a ella como la actitud de la escena del crimen. Para él no había otro lugar que no fuese el de la muerte violenta, que crease un puente entre este y el otro mundo. Era por eso que siempre prefería preguntarle al muerto quién le había mandado al otro barrio. Para ello, el detective Gutierrez Moya tomaba posiciones cuidadosamente junto al cadáver tratando de no manchar "la actitud de la escena del crimen" y en cunclillas le decía al muerto, ¿Quién fue?, ¿Quién fue el que te hizo muertita?, sin prestar demasiada atención a sus compañeros que tan convencido le veían que no podían sino tratar de reprimir la risa sin fortuna claro, por aquello que no comprendían o que quizás preferían ignorar. Tras cuchichearle a la oreja quieta del difunto, el detective Gutierrez Moya estudiaba la actitud de la escena del crimen hasta que daba con ese puente hacia el otro lado, y era entonces cuando podía decirse que el caso comenzaba a resolverse, como quien coloca la primera pieza en un enorme puzzle de una foto de la ciudad de Los Angeles vista desde el satélite.

John Santiago apareció de detrás de un biombo tapizado con anagramas de flor de lis remetiendose los faldones de la camisa dentro del pantalón. Sally Lewsky ojeaba el número de primavera de la revista Affair mientras envolvía un cigarrillo de hierba estirada sobre la cama, apoyada de brazos y leyendo por encima un artículo firmado por Celia Duque acerca de las diez cosas "muy" importantes que toda mujer debe saber acerca de la vida secreta de su marido. Sally Lewsky que había dejado de estar casada tiempo atrás con un arrogante ejecutivo de los estudios para semanas después volver a intentarlo con un ex marine metido a productor discográfico, reconocía en el tono del reportaje la pluma de Felicia Conde. El seudónimo le parecía tan poco convincente como el artículo, y mientras saltaba por encima de las palabras cayó en la cuenta de que era mejor no saber nada de la vida secreta de ningún hombre y menos aún de la vida secreta de un marido, no obstante era bueno conocer los secretos de los hombres con las que una compartía un rato agradable de sexo en una perdida habitación de hotel. Sally Lewsky comprendía el alcance de la contradicción, de hecho creía que se trataba de un importante conocimiento transmitido de madres a hijas durante generaciones que se extendían hasta la época de los dinosaurios. Y era tan importante poseerlo como abstenerse de encontrar su verdadero significado. John Santiago se acercó por detrás peleando contra el nudo de la corbata, se sentó a su lado y tras besarla en el hombro e inclinar su cabeza como el niño que pide una disculpa, se levantó, dejó un sobre abierto sobre la mesita de noche y se dirigió hacia la puerta. Sally Lewsky pudo ver el tipo que esperaba fuera al governador, un negro enorme que la observaba tras sus gafas de sol y cuyo rostro no daba señales de vida. John cerró la puerta y ella los escuchó marcharse durante tres pasos, hasta que el grosor de las paredes se llevó el índice a los labios. Tras agarrar el sobre y contar el dinero encendió el cigarrillo de marihuana y se sentó en el retrete junto al teléfono móvil, y esperó.