Agnes llevaba tres años sobria. Tras medio siglo cabalgando una cogorza, ahora prefería dedicarse por completo al prójimo en vez de enterrar cada noche el culo en el serrín de un bar. Como a muchos ex alcohólicos, otro ex alcohólico la había convencido de agarrar a Dios de la mano cada vez que sus dedos se acercaban demasiado al cuello de una botella. Cuando sus hijos volvieron a tener noticias de su descarriada madre, Agnes se sintió dichosa por tener la oportunidad de zarandear a sus desconocidos nietos y colmarlos de mohines. Un día estabas cerrando un bar en compañía de un vendedor de seguros de Idaho, y al siguiente, habían transcurrido quince años y te habías convertido en abuela, decía. Afortunadamente las lagunas habían quedado muy atrás, y una vez sobria, entre otras cosas, aprendió a cocinar de nuevo.
Cada vez que se acercaba un cumpleaños, pasaba horas y horas encerrada en la cocina hasta conseguir la tarta perfecta. Aquella tarta era una prueba definitiva de su nuevo estatus. El de ciudadana respetable dispuesta a arrimar el hombro. Un ejemplo de superación para todos. Con una de aquellas formidables tartas se disponía a salir por la puerta de casa cuando una silueta en el suelo la hizo detenerse y lanzar un grito de espanto.
Delante de sus ojos, un tipo yacía estirado boca abajo. Tras sobreponerse del susto, Agnes trató de captar la atención del bulto golpeándolo con el pie. Miró a ambos lados de la calle y después dirigió la vista al hombre en el suelo. Parecían encontrarse solos. Sujetaba la tarta frente a aquel sujeto mientras trataba de decidir que hacer en una situación como aquella. Debía de darse prisa si quería llegar a tiempo al cumpleaños del pequeño Kevin. Sabía que si no era puntual empezarían a preocuparse. Acabarían pensando sin duda que quizás la abuela habría hecho una parada por el camino para tomar una copa. Todo lo conseguido hasta ahora se iría al carajo por culpa de las circunstancias. Pero el haberse visto en situaciones semejantes a lo largo de toda su vida le hizo comprender, que no debía dejar que aquel pobre desgraciado siguiese limpiando el suelo. La idea de llamar a la poli no le parecía nada entusiasta. Ella sabía muy bien de lo que era capaz un idiota con una placa. Así que finalmente decidió dejar la caja con la tarta sobre la mesa de la cocina, arremangarse, y tirar de los tobillos hasta dejar al caballero sin sentido sobre la alfombra del salón.
Agnes era una mujer fuerte y comenzó a tirar con decisión del tipo. Mientras lo hacía se alegró de que no hubiese un charco de sangre debajo del cuerpo. Cuando el invitado se encontraba ahora boca arriba y bajo techo, Agnes se aseguró de que nadie los había visto entrar en casa de aquella manera. Después cerró la puerta y fue a colocarse de rodillas junto al tipo misterioso.
Giró el cuerpo con gran esfuerzo, y al hacerlo descubrió que el desconocido debía de tener entre 30 y 35 años. Era bastante guapo y llevaba un buen traje. Para nada se parecía a los cretinos con los que Agnes lidiaba noche tras noche en su vida pasada. Apoyó la cabeza en su pecho tratando de captar algún sonido. Todavía no se había acostumbrado y con frecuencia, le costaba recordar que desde hacía meses sus oídos habían comenzado a fallar. Tiempo atrás, un capullo sin rostro que trataba de abrir la puerta del coche, utilizó la cabeza de Agnes al no encontrar las llaves. De aquello hacía mucho tiempo, pero los efectos del golpe parecieron cobrar fuerza a medida que Agnes se alejaba la bebida. Incapaz de sentir latido alguno, acercó la nariz a la boca del tipo con la esperanza de percibir un poco de aliento. Permaneció allí unos pocos segundos sin captar nada, y al apartarse, los labios del hombre silencioso la rozaron dejándola en un estado de estupefacción. Agnes se ruborizó y dio un salto hacia atrás. Era la primera vez en mucho tiempo que se encontraba a solas con un hombre, y de poder recordar cuando tuvo ocasión de experimentar algo similar, seguramente hubiera querido olvidarlo al momento. Los capullos que cruzaban su camino durante su éxtasis etílico eran como la mayoría de los hombres, solo que con todos sus defectos aumentados al límite. Por el contrario, aquel joven no parecía desearle nada malo. Todo un caballero sin una brizna de consciencia a su disposición. No tenía nada que temer, y aquello ya era mucho.
Agnes metió la mano en el bolsillo de la americana negra que vestía el tipo. La cartera contenía un permiso de conducir y varias tarjetas de crédito. Todo ello a nombre de Rufus Thomas.
Comparó la foto del permiso de conducir con el rostro del tipo. No había duda de que se trataban de la misma persona: corte de pelo clásico, afeitado impecable y unos hermosos ojos verdes. La cabeza comenzaba a darle vueltas. ¿Qué ocurriría si alguien llamaba a la puerta en aquel instante? ¿Estaba segura de que ningún vecino la había visto arrastrar el cuerpo? Empezó a sentirse mareada y confusa. Tomó asiento y se deshizo de los zapatos. Ahora ya estaba segura de que no iba a llegar puntual al cuarto aniversario pequeño Kevin. No podía dejar a Rufus Thomas estirado en el suelo. Tampoco podía pedir ayuda a nadie. Definitivamente aquello no había sido una buena idea. Pero los labios del aquel tipo. Agnes seguía estremecida por el roce.
Quiso tomar una copa. Una copa le habría ayudado a tomar una decisión, o quizás a olvidar todas las decisiones importantes. Entró en la cocina. Una pequeña botella estaba escondida bajo la pica del lavabo camuflada entre un montón de periódicos antiguos. Ni siquiera recordaba que licor contenía, pero fuese lo que fuese no iba a mezclarse con aquello. Abrió la caja que guardaba la tarta perfecta y se sirvió un pedazo. Acabó con el en un santiamén, y tras sentirse algo mejor cogió el resto de tarta y se dirigió al salón.
Agnes pensó que después de acabar con todo el pastel no le sería fácil limpiar el cuerpo antes de la inevitable llamada a la poli. Mientras relamía los restos de tarta de queso, limón y crema con los que había dibujado círculos descremados alredor de los pezones de Rufus Thomas, creyó sin duda, que ningún fisgón con una placa iba a creer que una dulce anciana de sesenta y largos, era capaz de acabar con la vida de un joven fuerte y sano como aquél. Tampoco la creerían con la desvergüenza de celebrar una dulce orgía post Morten con el cuerpo inerte de Rufus, y menos a su edad. Como mucho recibiría una reprimenda por no haber llamado inmediatamente a la policía nada más descubrir el cuerpo desparramado en la entrada. En el peor de los casos, se vería obligada a realizar una declaración en una comisaría cercana, y a última hora de la noche, un agente a punto de acabar el servicio la llevaría de vuelta a casa en un coche patrulla.
Pero Agnes no reparó en que su extraña ausencia en casa de los padres de Kevin, provocaría que estos, preocupados por la fragilidad de su salud mental, y temiendo una recaída, o un simple y desafortunado resbalón en el cuarto de baño, acudiesen en bandada a las puertas de su casa, retirasen la llave oculta debajo del felpudo, y la descubriesen desnuda y cubierta de crema sobre el cuerpo de un conocido, también desnudo, llamado Rufus Thomas. Un taxista contratado por la familia para recoger a la abuela Agnes la mañana del nueve de septiembre de 1964. Fecha en el que el pequeño Kevin, se disponía a celebrar su cuarto cumpleaños. Un taxista al que esa misma mañana se le manifestaron los primeros síntomas de la Tripanosomiasis africana, también conocida como la enfermedad del sueño, momentos antes de disponerse a llamar al timbre.
Y menos aún, se habría aventurado a preveer, que una vez que la familia al completo la sorprendiese en una actitud tan poco cristiana con una tarta perfecta, el apuesto cadáver que yacía entre sus piernas, se levantaría de un respingo y en medio de terroríficos alaridos, se lanzaría en busca de la salida con los ojos de todos clavados en su trasero desnudo desapareciendo en una esquina y perdiéndose calle abajo. Todos menos uno; el pequeño Kevin, incapaz de apartar la vista de aquel traje arrugado cubierto de crema.




